ありがとうございましたArigatōgozaimashita

Me gusta tu sonrisa. Tu plática también. De hecho es lo que más me gusta, es un baile… ponle la música que quieras… a mí me gusta bailar… Puedo contarte todo, puedes contarme todo. Escuchamos al otro. Con cuidado. Con respeto. Con ojos de interés. Se nos va volando el tiempo. De tantas cosas por hacer, solo pudimos platicar y el tiempo se acabó. Sentí que fue cosa de minutos, han pasado ya 3 horas. Han pasado ya 5 años.

La historia nos ha traído y llevado… muchos guiones…; en el pasado, esperaba tu plática; en otros tiempos; me escondía de ti; hoy, confieso, la busco, la necesito.

Hoy platicamos de cosas muy serias, demasiado serias sin quitarle las risas, maduramos. Me gustó verme a cinco, diez, años… Nunca había logrado completar este ejercicio de visualización; hoy, lo conseguí!

Te acuerdas que platicábamos si siempre podía aplicar la palabra “Gracias”?… sí aplica…

G R A C I A S.

A por ello…

Ayer Sexto día de entrenamiento, hoy descanso… mi primer semana que acaba… distancia larga en pendientes. Mis piernas bien. Primeras vueltas con subidas y bajadas. Pensé no lograrlo. 12.5K bien y sonriente. Salí de viaje. Entreno fuera de casa. Otra experiencia. No dormir en casa propia puede ser malo. Decidí que no lo fuera. Gran experiencia. Corrí entre varios runners y ciclistas. Todos teníamos nuestro objetivo. Todos somos corteses. Todos terminamos felices. Nos sonreímos. Nos despedimos. Sabemos que lo logramos. Una desmañanada más que disfrutamos. Somos aves madrugadoras. Nos gusta. Cómplices sin conocernos.

Cruzar la mirada y reconocernos. Muchos en grupo, en duplas. Pocos solitarios. Me gustan mucho los corredores solitarios.

Desayuné en un lugar que no iba hace 4 ó 5 años. Mejor que antes. Nuevos recuerdos. Hoy me preguntaba, cómo se pueden hacer nuevos recuerdos sobre algo antiguo; algo que se recordaba y se recordaba muy bello. Puede mejorarse el recuerdo?… sí, si se puede. Se consiguió. Todo estaba en su sitio. Pero había algo diferente. Posiblemente yo. Yo soy la diferencia. El diferenciador que suma. Mucho tiempo fui resta. Hoy soy el signo de “+”. Me gusta. Me gusto.

Recordaba la mesa en la que había estado sentada hace unos años. Vi ese espacio vacío. La ubicación que me dieron fue mejor. Insuperable. Los alimentos calmaron cualquier cansancio de piernas. La plática colmó cualquier silencio incómodo. Nada inquietaba mi mente. Después caminé. Caminé mucho. Cascadas… Manantiales… Tierra mojada. Piedras sueltas. Agua… mucha agua. Descanso de piernas con otro ejercicio. Descanso del alma con respiración y ese olor a la aventura. A la sorpresa de conocer lugares hermosos. De conocerme mejor. Superar mis límites.

Día para enmarcar y poner en el buró junto a mi cama. Nada fue planeado; todo salió mejor. El ejercicio me hace ver otros colores. Ya no los primarios. Combinaciones de rosa mexicano con verde limón. Así mis ojos. Un tercer ojo ha surgido. Ya huelo la aventura. Saboreo la tierra mojada. Escucho las sonrisas y toco la tranquilidad. Me gusta lo que soy. Me gusta hacer equipo. Disfruto este entrenamiento. A esta que soy. A esta que soy en este viaje de reconocimiento.

Mis perras me acompañan, sus primeras vacaciones. También nos reconocemos. La que es tímida resultó la valiente. La que me cuida resultó más endeble. Seguimos adaptándonos. Nos queremos más.

La idea era dudosa, viajar, pero por primera vez se me hizo fácil intentarlo. Eso se volverá costumbre. Hábito, como escribir.

Mis ojos están puestos en un “gomero plateado de montaña”, me digo, estará sembrado en mi nueva casa. Después de esto, sin dudarlo, quiero una casa con jardín. Mi nuevo hogar. Mi casa. Ya me ví… jardín, casa, perros, escritura, café y Tú. Quiero viajar ligero… a hacer maletas, me digo! “Por mi eucalipto plateado”… A por ello… por nuevas aventuras, también.

Cursilería

Qué tonto preguntar si me quieres. Si no me quisieras no preguntaría. Jugamos a saber lo que ya se sabe. El juego de arrumacos y preguntas de color pastel… Cuando uno deja de jugar… Cuando no hay preguntas…Cuando uno duda de la respuesta. Mejor no preguntar. Mejor ni hablar. La cursilería entonces desaparece. Se esconde… Volverá a salir? Dudar con certeza. Hermosa duda. Me aferro a esta pregunta. Amo preguntar.

Passport, passeport, reisepass, pasaportto

¿Vamos a viajar mucho?, preguntas esperanzado; ¡toda la vida!, respondo segura.

Viajamos diario: cuando platicamos, planeamos y recordamos; construimos experiencias, todos los días viajamos… eso es viajar, ¡sí que viajamos diario!. El pasaporte solo sirve para eso… seguir platicando, planeando y recordando; construyendo experiencias; la única diferencia es que es en otro país: itinerario, planes, maletas, hoteles, comidas nuevas, museos, cultura diferente, restaurantes, calles interminables, monumentos imperdibles, experiencia, conocimiento, gente interesante; diario viajamos juntos… Sí! Anda… pide el pasaporte con vigencia vitalicia. Nuestros viajes se prevén para toda la vida! Turismo a perpetuidad…

Viernes 13 de celebración (!)… Día de la madre(?)

A las mamás que nos acompañan:*

*Discurso para desayuno de celebración. Leído por una mujer.

Me gusta la fecha de hoy, viernes 13, un día que para muchos podría ser apocalíptico y de mala suerte, nosotros lo hemos convertido en un día de celebración, un día del “No Día de la madre”; ha pasado el 10 de mayo que todos celebran; este es un claro ejemplo que nosotros podemos hacer de un día convencional, el día de quien quizá sea la mujer más importante en nuestras vidas y poder celebrarlo, como hoy. “Día de la madre” un festejo que paraliza a todos, en México y en el mundo. La madre no tiene nacionalidad es el ángel, la compañía, la maestra, la cocinera, la doctora, la abogada, la amiga, la que todo lo sabe, y si no lo sabe, lo aprende; lucha, lucha todos los días. A veces, con solo vernos sabe irremediablemente lo que necesitamos y muchas veces la medicina inmediata resulta el abrazo; ya después, habrá tiempo para resolver lo demás. Pero primero, lo importante, el abrazo de una madre.

Les invito a que cierren los ojos por un momento y recuerden un día cualquiera en nuestras vidas, el más aparentemente simple, piensen en uno; si a ese día cotidiano, le sumamos el trabajo que desempeñan en esta Institución, la mente y la lógica no nos da para pensar cómo deben multiplicarse para ser mujer, madre y trabajadoras a la vez, todo en 24 horas que las convierten en 25 o 26. Son privilegiadas, porque han podido desempeñar con orgullo los roles de mujer y trabajadoras, sin descuidar la oportunidad y privilegio de dar vida, cuidar y educar a esos hijos que las hacen despertarse todas las mañanas como parte de nuestra motivación para ser mejores cada día; ahora ya no sólo por ustedes, sino también por ellos y ellas, por el buen ejemplo que quieren darles. Ser madre nos invita a la exigencia.

“Admiración”, es la palabra que viene a mi mente cuando pienso en personas que, como ustedes, suman esfuerzos en una institución como esta. Siempre decimos que esta institución es una gran familia. Y sí que lo es, lo es en gran parte porque ustedes como madres han sembrado valores que en lo individual tienen en sus familias. Dejaron de pensar en singular para sumar en plural. Fuera el individualismo; ustedes ya piensan en hacer equipo, piensan siempre en plural.

Siempre he pensado, y puede que sea tachada de exagerada y pido una disculpa si me excedo, pero, las mujeres somos como el mar que embellece el paisaje, que refresca en un día soleado; las madres son como las olas que mantienen en armonía el mar, ese sonido tranquilizador que siempre existe para los hijos, no hay día complicado si nuestra madre está; por último, las madres trabajadoras, forman tsunamis; sí, verdaderas y majestuosas olas, eso son. Son nuestros tesoros. Nuestras joyas que atesoramos y que hoy gustosos celebramos.*

*Discurso atemporal. Léase en cualquier día. Para celebrar el “no día de la madre”. Que es todos los días.

 

Una jirafa por favor

Ciento diecinueve pesos, aproximadamente, cuesta divertirse con adivinanzas ya desde el inicio perdidas, mientras se disfruta un sabor que no se encuentra en el postre más gourmet; llámenme básica, simple, de paladar no refinado; no importa, posiblemente lo soy, hablo de las galletas de “Animalitos”; azúcar, huevo, harina, manteca y esencia de vainilla, que en complicidad hacen de una bolsa aparentemente no llamativa, un manjar que encierra un supuesto zoológico a nuestro alcance, exquisitez heredado según sé, de Inglaterra. ¿Qué será lo que salga al meter mi mano? Posiblemente un bisonte, camello, canguro, cebra, elefante, foca, hipopótamo, jirafa, león, mono (con ropa), oso, oveja, pescado, puma, rinoceronte o tal vez un tigre; leí alguna vez, que ha habido 54 tipos de diferentes animales; hoy con el último agregado, un koala. Todas las galletas parecen iguales, podrían causar discusión respecto a su identidad; los expertos sabemos reconocer las diferencias disfrazadas de mal corte en la galleta que te conduce a un animal, cual seguro Picasso hubiera creado en el cubismo con composiciones fragmentadas y des construidas, que podrían ser vistas desde distintas perspectivas.

Buen reto, incluso para los que tienen vista perfecta. Los identificas y debes dar una razón del por qué ves a tal o a cuál animal. Las galletas podrían ser vistas como la metáfora de la vida. Todos vemos la vida según nuestra apreciación.Todos podemos ver un animalito distinto. Hay quien osa decir que todos son iguales. Esa es indiferencia por la vida, aléjate de esas personas que no pueden advertir las tenues diferencias que los hacen ser identificables: patas, cabeza, cuerpo, cortes, si hay melena o no, cola, los tamaños. Una vez escuché una canción que decía algo que me pareció ofensivo; después, me reí a carcajadas, decía: “eres corriente como galleta de animalito”, después en otro lado, leí como referencia a lo dicho en burla, la respuesta: “sí…, pero muy sabrosa”.

Y en esta alegoría diría, no soy sabrosa como galleta de animalito; corriente, podría ser, porque no soy excepcional, soy habitual, común o frecuente; no así extraordinaria, a veces un poco rara; pero pudiera ser una hermosa galleta de animalito que aparentemente no tiene muy explícita la forma. Decirme así, sería un cortejo, más que algo ofensivo; porque sin llegar a tener glamour entre la gente, entre las mujeres; sentiría que yo hago la diferencia, entre cualquier postre majestuoso que la vida nos pueda ofrecer en bandeja de plata engrasada y enharinada, a punto de meter al horno, previo a guardar en el santuario de las bolsas de plástico, en dónde se ofrecen al público versado en sabor. Mientras tanto… solo te pido me acerques la leche y me pases de preferencia una jirafa.

Día de Strudel y helado de vainilla

No hay palabras, solo recuerdos, los mejores, ¿te acuerdas cuando me recogías de la escuela, muchas veces lloraba en las escaleras de la casa… te acuerdas?, ¿cuándo me regañabas?, ¿cuándo me ayudabas con mis tareas? ¿cuándo ibas a nuestros fines de curso? ¿cuándo esperabas que saliera de mis exámenes de mi carrera para saber si había pasado? ¿cuándo nos hacías fiestas de cumpleaños e invitábamos a nuestros amiguitos?, siempre espagueti, hamburguesas y pastel, todo hecho con tus manos hermosas, ¿te acuerdas? ¿cuándo nos íbamos de vacaciones? Esos son momentos tan de un tiempo determinado. Hubo una fecha, una hora, no tengo esa precisión, pero sí que lo hubo. Me gusta regresar a ellos, son un tesoro, mi lugar seguro.

Si te pregunto, ¿te acuerdas cuándo te hacía sentirte orgullosa? ¿te acuerdas cuando me has querido? ¿te acuerdas cuando me has perdonado? ¿te acuerdas cuando me has apoyado? ¿te acuerdas cuando te has reído de mis malos chistes? ¿te acuerdas cuando te cuento algo y me pones atención? ¿te acuerdas cuando concilias algo? ¿te acuerdas cuando me has tenido paciencia?… Esos momentos son nuestros, no puedo ni enumerarlos, ni ensuciarlos con palabras que no serían suficientes; existieron, desde siempre, nunca han visto el fin, sigues a mi lado. Trato de cuidarte para que así sea. Desde que tengo conciencia has sido una constante: un abrazo; una palabra; una mirada; un bacalao (el mejor… el único); un pollo con pasitas; un pollo con col; un mancha mantel; un caldito de pollo; un caldo de camarón; un mole de olla; un pipián; un mole negro; unas bolitas de masa; un pastel de harina de hotcakes; un pozole; unas tortitas de plátano, o de papa; un arroz rojo o blanco (que no te sale tan bien y que me encanta molestarte); un arroz con leche, una cena de navidad con su mesa bien puesta; una preparación de año nuevo (vienen todos tus hijos, debe ser perfecta); una celebración cualquiera, un cumpleaños, una comida de sábado o de domingo; un ¿qué necesitas?, un ¿estás bien? Un ¡ay hija me preocupas!… 

¿Qué te digo que no sepas?, hoy todo lo sabes de mí; porque te lo comparto, porque lo adivinas, lo investigas o sabes hacer las preguntas adecuadas, juntas piezas; nadie se escapa de ti; yo no, tampoco quiero escapar. Sin menospreciar el día, hoy me es un fin de semana atípico en el que nos reuniremos como un pretexto más, para saludarnos, reír, platicar de las series, pelis, las que vemos, las que recomiendan, de los chismes, de hacer cosas “normales”; se abre la oportunidad de molestarnos todos, quejarnos de algo, comer posiblemente pay de atún y ensalada; abrazarnos, decir tonterías, muchas; que, sin duda, suele ser nuestra especialidad. Es día de strudel con helado de vainilla. Sin duda eso es lo que hace al día diferente, una celebración. Todo lo demás de fiesta y algarabía para mí es de todos los días, nuestros sábados y domingos familiares.

Budismo… Causa-efecto

Cumplo veintiún días de haber comenzado a escribir, posiblemente se ha vuelto un hábito. Aunque tenga muchas cosas que decir, a veces los días no son buenos para escribir y menos aún algo que pueda publicar, pero los días malos pueden ser para cualquier cosa que emprendamos, simplemente no llega la inspiración y nuestro trabajo se torna torpe. Escribir me parece que no es el problema, es escribir sin que parezca que tienes voces que te gritan (muchas) ideas al mismo tiempo. No es una confesión de que escucho voces, es una declaración de tener, a veces, muchas ideas, peleándose por ser una peor que la otra.

No hay pena porque me lean; no hay pena de ver a la cara a la gente que me lee, aunque no siempre me gusta lo que escribo, tampoco siento vergüenza de releerme, algo que pasaba recurrentemente; antes de iniciar este proyecto, no había dejado que nadie me leyera, fue un gran consejo de alguien a quien quiero, solo salté y me dejé ir.

¿Se pueden acabar las ideas? posiblemente, deberían sobrar las ideas que surgen por día, las (des)aventuras que nunca faltan, pero el caso es que así evidenciamos la monotonía de la vida, ¿qué se escribe cuando siempre se hace lo mismo?. La escritura ayudará incluso a tratar de hacer cosas distintas. Mi mente que sea mi única prisión, incluso de esos días grises.

Hoy pasa nada fuera de lo común, ni en el café he visto a alguien del que quiera comentar, todo está en el mismo desorden de siempre, el aire; todo quieto, en armonía. Busco algo para recordar. Los recuerdos han ido cobrando dimensiones y posiblemente ahora esos recuerdos ya estén alejados de lo que es la realidad. Si el recuerdo es de un libro y tengo dudas, habrá que releerlo; si es una película, se vuelve a ver; pero ¿qué pasa si es del pasado, de nuestro pasado? Posiblemente no habrá testigos fidedignos de lo que realmente sucedió. Esto es recurrente cuando en casa platicamos, todos tenemos versiones en donde hay cambios sustanciales. Personas distintas participaron, se dijeron cosas que cambian el sentido, llegamos a distintos acuerdos, de ahí surgen otros recuerdos, otros temas, el hoy; pero siempre con la verdadera duda, ¿quién tiene la razón? ¿qué es lo que realmente pasó?

Viene a mi mente, irremediablemente, una película que vi hace unos meses; hace unos años la había visto; verla nuevamente me hizo pensar en este ejercicio de los recuerdos distorsionados, no solo porque cambió el cómo la recordaba; importa incluso con quién se ve, el momento en que se esté pasando, esa es la clave para abstraer ese recuerdo, todos los recuerdos. La película trata de cómo uno puede distorsionar los recuerdos, la razones pueden ser diversas: por falta de memoria, una muy recurrente; otras, los mecanismos de defensa para que ese recuerdo lo conduzca por el camino correcto en donde la estampa haga menos daño en un futuro, el hoy presente; daño menor del que causó en su oportunidad, te hablo de: “El sacrificio del ciervo sagrado”.*

Trata de las consecuencias de nuestro actuar, el Karma; en tener que elegir a uno de tus seres queridos para que sobre esta persona y elección, se pueda obtener el Dharma, y alcanzar con ello una nueva oportunidad. Lavar tus errores, ocasionando un caos en tu vida. Pero sabiendo que después de ello y sin poder volver a vivir, te permitas seguir sobreviviendo con culpa, no ya por el pasado, sino por la presente; expiando las culpas para ti y los tuyos del pasado con una resta que pretende ser vista como un aprendizaje de vida. Restas para sumar. Matemática confusa. Las culpas que matan de forma literal.

No la recordaba tan cruda, tan estresante; a penas que la volví a ver, me dejó una angustia, ansiedad; sin contarla, pero invitándote a; el padre debe elegir qué vida debe de dar a cambio para limpiar sus errores. La solución es fácil pero cruel. Su elección debe ser rápida; en caso contrario, no podrá proteger a los demás. Escribo estas líneas y vienen a mí imágenes de la película, sobre todo la escena del sillón; en la sala familiar se desarrolla la escena más alejada a la tranquilidad y seguridad que tantas veces se busca en ese lugar acogedor de la casa. En un pasado se sentaban a platicar, hoy se derrama la tragedia, la elección de la vida o la muerte; de la angustia o tranquilidad; la tranquilidad que es a lo que se aspira, a lo que yo aspiro. Para algunos sería fácil decidir, si en un camino hay una señal que dice muerte, lo más seguro es que nuestros pasos se desviaran al camino contrario; pero si en el camino en dónde una elección se debe de tomar, no es tan claro si es el camino de la vida o la muerte; nuestras elecciones poco seguras, se vuelven, entonces, balbuceos de voluntad en donde el tartamudeo de movimiento podría llevarte al camino incorrecto. De esto se trata. El camino que se elige desde el principio, para poder encontrarse con las opciones correctas.

Es una película que trata con actuaciones supremas de: aciertos, amor, compromisos, confianza, culpas, Dharma, desamor, desaprender, desconfianza, desesperación, discusiones, enfermedad, enseñanza, inocencia, intimidad, Karma, ligerezas, locura, más preguntas que respuestas, perdón, promesas, oportunidades, oscuridad, reflexión, remordimientos, responsabilidad, respuestas, salud, silencios, suspenso, verdades, valores y venganza, mucha venganza pensando que ello podría devolverte a tu ser querido. Sabemos que eso, ni nada, lo devuelve.

Fue tan desconcertante en su tiempo que decidí olvidarla, solo la guardé convenientemente como una película extraña que por sus metáforas valía la pena regresar a ella. Regresé, las consecuencias de nuestros actos se tornan Dharmas o Karmas según nuestro actuar, no importa lo que se haga, se dicta en la Ley del talión; a veces sin que se analicen las malas o buenas intenciones, las consecuencias son las mismas; la privación de un ser amado, no por ello dolerá menos si fue sin intención a con, la ausencia es la misma. ¿Qué tan importante es que siempre dirijamos nuestro actuar, si bien sin perder la espontaneidad, pensando en que se tienen consecuencias?, buenas o malas, pero consecuencias, siempre las hay. Somos resultado de esa gota que constantemente dejamos caer; hasta que el vaso se llena y sale el agua acumulada en libertad; agua que pierde su estabilidad y cae. Los esfuerzos se desperdician, dilapidan buenas historias disfrazadas de intenciones alejadas de maldad. Todo, gota dentro del vaso o gota que se desploma, que se desperdicia o no; todo tiene consecuencias. Dharma o Karma. “Para cada acción hay una reacción de fuerza equivalente en la dirección opuesta”. Veintiún días. La rueda de la vida. “Causa”, escribo; “efecto”, ¿ser escritora?…

*The Killin of a Sacred Deer. Directed by Lanthimos. 2017.

El arte de la reverencia de Japón…

Nada que decir, las palabras no salen. Mucho ir y venir, intentos, reclamaciones, malos entendidos, heridas que no alcanzan a cicatrizar y surge una nueva, la piel ya muy lastimada, hay llagas. No se ven señales de alerta; hay tantas, soy miope. Hay amor, sin duda, pero es suficiente? Qué tanto puede amarse a alguien que no comprende, no lo digo por el otro, lo digo por el uno. Entrar a un laberinto que difícilmente se encuentre salida, cada vez más obstáculos, pero se sabe que si hay amor todo se supera. Eso siempre lo hemos leído, tema recurrente en novelas. Se lucha con el tiempo, a contra reloj, se trata de corregir lo que no gusta, que son muchas cosas, cada vez más, se incrementan, se comienza a dejar de ser para tratar de convertirte en lo que él quiere, y sigues esforzándote, pero siempre cometes errores, muchos errores, pierdes seguridad, nunca había pasado, todo es insuficiente. Cada vez uno está más perdido. Pero lo intenta; sigue siendo uno víctima o egoísta, nada mejora. Todo empeora, todo roza.

Entonces se llega el momento, todo está claro, la línea del tiempo la fija uno, pero cada vez será más complicado, sin salida y sin que haya un “lo conseguimos”, no hay premio de consolación por seguir, el tiempo corre en nuestra contra, nada cambiará, nada mejorará, uno será peor para el otro, para sí mismo, hay peligro de lastimarse más. Siempre habrá dolor, en una despedida, siempre lo hay. Se despeja el final. La cancha está lista para seguir el juego. Doloroso sí, pero las alternativas de antes ya no existen, sabes que es humo, debes soltar. Las reglas cambian y lo que debe ser fácil, amarse, ya no lo es.

No importa lo que admires de él, no importa si es una persona buena, no importa lo que fue, la risa, las charlas, la historia; importa el hoy y la pregunta que nos debemos; la obligada de todos los días… eres feliz?

Si esa pregunta se contesta con el corazón, debe uno dirigir esos pasos, acelerar el fin, ser feliz; el corazón debe estar en ese lugar tranquilo en dónde debe latir, en el santuario en el que debe habitar; los altibajos deben ser excepciones porque siempre los hay, debe haberlos, es parte de la vida, del cambio; pero deténte si es parte de la generalidad; confundir excepción con generalidad es negar la realidad y sobrevivir, no vivir.

Quiero vivir, disfrutar, sonreír, compartir, sentir la libertad de ser yo; en el momento en que comienza uno a dejar de ser espontánea debería de sonar una alerta, una voz fuerte que nos diga, que nos grite: no es ahí, muévete. Estorbas. No ocupes un lugar que no te corresponde. Salte.

Dar las gracias por el tiempo compartido. Nadie lo toma a bien. Las despedidas se oyen a pelea, pero es justo de lo que se quiere huir. Las despedidas deberían ser fiesta, se reconoce que somos los suficientemente maduros para dejar que el otro, el uno, encuentre en su recuperación, aprendizaje; que sirva para que el golpe del dolor se convierta en agradecimiento porque fuiste parte de mi vida, fui parte de la tuya, lo intentamos, nos quisimos, nos respetamos y nos soltamos para seguir creciendo. Qué razón tenía mi padre cuando me veía llorar!, el tema es lo de menos, lágrimas de seguro hubo muchas; me decía, “el crecer duele”. Hoy estoy creciendo. Hoy duele. Coincidir es parte de nuestro crecimiento. La nostalgia del coincidir duele. Ha sido, sin duda, un verdadero honor, crecer contigo. Arigato*

*Gracias en japonés. 最敬礼 saikeirei (reverencia de respeto).

El mejor regalo… Gracias Papá.

Tengo poco tiempo, quisiera hacer tantas cosas, tantos libros por leer; acumulo en mi casa al menos cuarenta libros sin haberlos abierto siquiera; solía cada año en dos épocas ir a “relajarme” buscando sin saber qué libros o autores quisiera conocer; era importante para mí, encontrar al vendedor con el que pudiera platicar horas y horas, entonces cuando encontraba al indicado compraba, compraba mucho, de ahí la acumulación que he guardado cual tesoro.

Hace mucho había una librería muy pequeña en una plaza comercial en el sur de la ciudad de México, Perisur, estaba en la planta de abajo cerca del Palacio de Hierro, tonta de mí, nunca puse atención de su nombre, nunca le pedí los datos al dueño, que era un guardian de la cultura, sin embargo, iba regularmente a platicar con él; la librería era fascinante, sus vendedores no eran cualquier persona, no solo vendían libros, se comían los libros y parte de su misión era platicar sus libros con los clientes que como yo, llegaban sin saber qué leer; tuve muchas recomendaciones tanto del dueño como de sus cultos vendedores; un día, sucedió, antes de irme con mi compra del mes, me presentaron el libro de Marcos Zusak, la ladrona de libros; un verdadero libro.

El libro no es comparable con la película, tocan fibras distintas. Son dirigidos a públicos cautivos diferentes; recuerdo que al vendérmelo, el dueño comentó “te encantará el narrador”; llegué a casa fascinada tratando de averiguar sus últimas palabras, la muerte narraba; la muerte explicaba, la muerte con voz preocupada contaba la vida de Liesel Meninger; la muerte amorosa daba testimonio de la vida de esa hermosa niña. El libro lleva su nombre porque Liesel aun y cuando no sabía leer, lo cual va a ser como insólito, robarte un libro si no lo sabes leer; ella roba su primer libro por el momento que le significa, lo roba sabiendo que no sabe leer, pero que quiere aprender. Roba un libro extraño. El manual del sepulturero. La muerte que narra estaba ahí porque se estaba llevando en brazos a su hermanito menor.

Su padre adoptivo, al que ella ama con locura, con la paciencia que solo tiene un padre, le enseña a leer en contra y contra el tiempo que tienen, incluso contra una madre adoptiva estricta; en las noches niña y padre aprendían juntos a leer. El padre ya sabía. La hija no, quería aprender. El padre le hizo un libro y con ese, Liesel pudo aprender. Se huele ternura en esos capítulos y suspenso por la complicidad de sus desvelos.

Ya embelesada por la lectura, Liesel necesita leer, no tenía dinero, debía robar libros; generalmente de la destrucción o quema de libros que había en el régimen nazi. Impresionante pensar qué muchos tenemos la oportunidad de saber leer, es lo que sigue en nuestra educación, dentro de los grados obtenidos, no lo cuestionamos. Todo lo damos por hecho. Lo tenemos muy claro no hay otra posibilidad, somos almas privilegiadas. La oportunidad del aprendizaje, no tenemos que preocuparnos por trabajar, solo por estudiar. Ese libro consiste en eso, las personas que no tienen la oportunidad como la ladrona de libros de haber aprendido a leer, a pesar de todas las probabilidades en su contra, lo logra, aprende; se vuelve una devoradora de libros, roba libros y entre lectura y lectura, hay amor… amor de su padre a ella, de ella a él. Ese padre que enseña ese amor por la lectura, ese regalo inmaterial de amar los libros.

Libro imperdible. Lo he regalado quince veces, no solamente porque es un libro bueno, si no por que he hecho un experimento, el penúltimo capítulo es algo demencial, catártico, recuerdo la primera vez que lo leí, estaba animada con el libro embelesada con la historia, el papá, la ladrona de libros… de pronto el penúltimo capítulo y me pasaron dos cosas; por un lado, no podía dejar de llorar; por el otro, no podía cerrar el libro, sabía que lo que le debía a Marcus Zusak con esa obra de arte, era continuar y vivir ese hilo de la historia sin ponerle pausas, se necesitaba continuidad y valor. Se abrió una llave, en muy contadas ocasiones la he tenido en la vida, por un libro jamás. Recuerdo que los ojos se me hincharon, apenas entre sollozos podía continuar leyendo, terminé ese capítulo exhausta, avancé al siguiente que era el último y me tranquilicé, seguía leyendo pero sabía que la ladrona de libros estaba bien, sabía que a pesar de todo, la muerte no la agarraba de la mano, la cuidaba, era su sombra. La lectura a través de los ojos de ella y la muerte, la importancia de sostenerse ante la tragedia más vil por la cual mis lágrimas no encontraron retorno, no encontraban su cauce.

He regalado quince veces el libro, es un fenómeno curioso, cuando lo he regalado les pido que me digan cómo sintieron el penúltimo capítulo. Al primero que se lo regalé, el que me generó esta curiosidad o confirmó que realmente yo no era unas hormonas sacudidas por las emociones, fue mi hermano, mi hermano el mayor, es un lector como pocos, se da tiempo para todo, pero la lectura para él es sagrada, es con él con quien comparto la lectura, con el que comparto mis libros, libros van y vienen, libros de mi casa y de su casa; nos gusta platicar de libros y de series, encontrar alguien con quien pueda conversar de libros no es sencillo y es bueno que sea de la familia, lo tengo muy cerca; él fue parte de mi experimento, el primero; le regalé el libro, pensé, es ecuánime, centrado, no sé si sensible; leyó el libro en tres días; dijo que no podía parar de llorar, entendí que yo no era tan dramática y que él no era tan insensible; así que cuando veía que alguien le gustaba la lectura si se iba a acercar un no cumpleaños o una fecha cualquiera, donde yo quisiera hacerme presente, regalaba ese libro, sólo les pedía que me platicarán su experiencia; hay quien me decía que estaba espantado porque no podía parar de llorar, hubo quienes tuvieron que cerrar el libro, no se podían tranquilizar, todas experiencias conducían irremediablemente al llanto; libro qué aplasta almas insensibles, que te hace recordar ese amor, ese amor por alguien, ese amor filial, que se tiene y que no necesariamente tiene que haber un lazo de sangre, que no necesariamente tiene que ser un padre, puede ser a cualquiera en el orden del mundo, pero que ese cualquiera para ti sea una persona (tu) importante, (tu) todo.

El libro trata de lectura y el amor por la lectura, de dar gracias por lo que tuvimos, de oportunidades; que el narrador, la muerte a quien respeto y no puedo pasar de largo, con entonación pálida, refiere al amor, de ese amor que se le entrega a una persona, que anhela uno caminar juntos; no solamente es el amor de él hacia ella, de ella hacia él, con ojos de agradecimiento; que la vida es corta muy corta; la muerte no deja que lo olvidemos en el libro, si bien lo sabemos, el libro nos deja claro el cómo era ese amor en vida, y cómo el amor vuelca después de la muerte y entonces, qué queda?.

Sin duda de los mejores libros que leído, me lleva irremediablemente a mi padre y a mi madre; a mi padre quien me enseñó el amor por los libros, a cómo, al subrayarlos y glosarlos, los hacía míos. Recuerdo que trabajaba mucho, expedientes estaban en casa, hoy entiendo que era para estar con nosotros más tiempo; posiblemente no jugaba con nosotros todo el tiempo pero él necesitaba estar presente, que nosotros supiéramos que estaba ahí para no perderse nada; recuerdo algo que uní con ese libro, cuando estaba en ese penúltimo capítulo, se abrió una llave, una laguna, un mar, iba y venía el tono del llanto, cuál olas; recordé que tenía pocos años y mi padre se había llevado expedientes para estudiar, era noche, de puntitas bajé las escaleras, él estaba en el comedor trabajando, entrar a la cocina cerrada, con cuidado, no distraerlo, solo observarlo, ese era el objetivo; había una ventana alta en la puerta, yo era una enana traviesa, solo quería verlo, espiarlo, puse una silla y lo vi leer, trabajar; sabía que ese hombre yo lo admiraba; sabía que esta mujer quería ser como ese hombre, mi padre. Hoy amo las letras por ese hombre. Hoy la narradora de siempre, la muerte, se lo llevó, a cambio me dejó mi amor por los libros y esta pasión por escribir. Gracias papá.

*La ladrona de libros/ Marcus Zusak

Shhh!!!

El silencio tiene tantos significados. Precede a… o sucede de… “Abstención de hablar”, “falta de ruido”, refiere la Real Academia Española. No acostumbro cuestionar lo que ha decretado esa tan honorable Institución de la lengua española, que suele ajustarlas a las necesidades de la realidad, a la evolución. La palabra “silencio” en un mundo donde reina el ruido no debería ser parte de la normalidad del ser humano que per se somos estrepitosos. ¿Cómo definir algo que no existe?… Alboroto todo el día en todos lados, con todas las personas, en todos los temas, aspectos, momentos; en casa, en el trabajo, en la calle, celulares, voces… muchas voces… “Silencio” en una época en que hay redes sociales que impiden acallar al mundo, siempre hay algo que decir, siempre quien decida comenzar y quien asuma seguirlo. “Silencio” en una mente en que constantemente se piensa. Concepto “silencio” irreconciliable para esta realidad, pero con definción. El “silencio” tiene intención. El limbo del ruido solo existe en caso de que intencionalmente haya una pausa, un desconecte. Cuesta llegar a él, el nirvana. 

La meditación, se dice, pretende que, con ruido, música; sola, dirigida, acompañada; se logre llegar al lugar donde nuestra mente requiere estar, para su sanación. Vender un espacio de mutismo para detener todo y tocar base, cual antaño en la infancia se jugaba, sería la invención del Siglo. De la Era. Vender silencio y guardarlo en una fragancia, en una caja, en una botella, en tu casa; como coctel químico de olor a coche nuevo o de lignina, cual libro viejo.

El silencio tiene brechas, caminos, personas, situaciones; es una palabra en donde caben todas las preposiciones: a, ante, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, has, hacia, para por, según, sin, so, sobre, tras; todas acompañadas, no solas. Un sustantivo que necesita verbo y complemento, en la realidad. El verbo de (in)acción y el complemento de un “nosotros”.

El “silencio” acompaña a alguien o algo. El “silencio” no es una palabra carente de significado como la ausencia de algo, es más una acción que una inacción; a veces encierra mucho significado que se asemeja a ruido con el asegún que, carente de garantía de audiencia, de posible queja o defensa, no se pueda interrumpir. No hay con quien. El otro, está ausente o decide no romper el sonido del aire. 

“Silencio”, palabra que tiene más intención que olvido. En el derecho penal, por ejemplo, se diría que es un delito doloso y no culposo. El “silencio” se analiza inconscientemente, si se quiere. Y se regala a alguien. A alguien que se le quiere hacer daño, aunque lo quieras, es un regalo mal pensado. El “silencio” es una plaga que cubre los sentidos y te aniquila, dejas que conquiste la situación; usurpación que hasta que ya con mucho camino recorrido se olvida, no se detiene y se pierde; tanto el “silencio” como a la persona. 

Se deja de hablar con la gente. El “silencio” es en relación con ellos, pero el ruido sigue. El silencio guarda relación con el otro. ¿Será que el “silencio” no lo es tal, sino el castigo a uno, al otro, a los involucrados? O a lo peor, ¿será que el silencio es el resultado de la indiferencia?, porque es un “silencio” que cuando lo recuerdas, si es que te sorprende en mente, ya no hay retorno, efectivamente es la ausencia, la abstención, la falta del ruido. Entonces, ¡sí!, el “silencio” ha triunfado, ha cumplido su misión. El concepto de nuestra lengua española que ponía en tela de juicio, también.

Gasto o inversión

No soy una bailarina nata, gusto del baile, algunas veces me encuentro con los pasos apropiados, otras soy solo dos pies izquierdos que se divierten y descoordinados dirigen su propia danza; sobre todo si hay pena en hacerlo, mi cuerpo suele ser más torpe. Hace un lustro, cuando cumplí años, pedí un regalo, andaba con el mood turista, conocer mi ciudad, la Ciudad de México, ese era mi objetivo; había leído en una revista que era obligación si nos preciábamos de ser capitalinos ir al Patrick Miller. Recomendación que seguí, no porque su descripción me invitará a conocerlo, fui como parte de una planeación de vida; es parte del chek list de los pendientes que quería cumplir, antes de entregar el alma o mejor aún, colgarlos los tenis, como dicen.

Fui con un hermano y unos acompañantes. Un viernes, no podía ser otro día, solo los viernes abren. Ya eso invita a sentirse exclusivo. Nos estacionamos a dos calles de la calle Mérida, nos dirigíamos al número 17; llegando pensé, es broma, parece una bodega, nos van a matar, acallé mis temores, no quise espantar a nadie; nos precedía una larga cola por vencer, nos formamos, nos mirábamos, solo cumplían lo que yo les había pedido; mientras esperamos para entrar, en la banqueta a nuestro lado izquierdo, cual concierto, había puestos de ropas, souvernirs, discos; todo en alusión al lugar que visitábamos. El lugar que ya era per se, intrigante.

Entramos, pagamos un precio que sin despreciar el dinero diría que no vale la pena ni escribir, luces neón, bolas de espejo disco blancas y de colores, ochenteras. El tiempo detenido. Y no porque hubiera vivido ese tiempo y con nostalgia lo recordara, sino porque sabía que el aire que había dejado del otro lado de la puerta era distinto al que ahora compartías con extraños; extraños no solo porque no los conocías, sino extraños porque sí que lo eran, en su forma de vestir; aunque había un ingrediente en esta mezcla coctelera que no se advierte fuera de este lugar estilo granero; a todos, nos era inclusive la vestimenta, los peinados, la actitud, las tribus urbanas que transitaban, o el dinero que pudieras ostentar.

Sé que hablar de esto pareciera algo clasista y fuera de lugar, pero en verdad no lo era, no lo es, veía perpleja que en dicho santuario no había clases, hagamos a un lado las sociales; no había diferencias en nada de nadie; todos íbamos con un solo motivo, divertirnos; bailando o viendo bailar a los más osados, a los grandes; bailarines espectaculares que no podía dejar de ver; los ojos me dolían, necesitaba pestañear, no quería perderme un solo movimiento, no de sus pies que eran elásticos, de su cara, de su seguridad, de esos ojos que transmitían fuego, mientras bailaban y dejaban en ello todo. Formación de círculos para poder retar a un peligroso contrincante; las armas, los cuerpos que acompañados de la música transformaban unas paredes de aluminio en paisajes, en mi mente me transportaba al ayer, eso me pasó, nadie me lo contó, lo viví; el duelo era a morir, bailarín experimentado versus bailarín audaz, ¿quién ganaba si no había jueces, estilos? solo querían bailar. ¿Quién gana cuando no hay reglas en una competencia?, Nadie pierde, todos ganan, todos se divierten y dejan el alma en ello. Todos son extremos positivos, nadie negativo. Se palpaba armonía. Se respiraba sudor con aroma a diversión, a felicidad. 10,080 segundos para muchos asiduos al baile, en espera de su regreso a mover el cuerpo, cada viernes.

Mis ojos vieron niñas que hablaban con tono adinerado que traían velos simulando ser novias, comprendías que una de ellas se casaba, festejaban su despedida de soltera; enternecía pensar que habían decidido ir a ese lugar de todos los habidos y por haber, para disfrutar de esa noche, su noche; pachucos, onderos, punks, cholos, skatos, emos, chacas; preferencias sexuales, todas; no importaba; ahí estaban coincidiendo en el mismo espacio, con objetivos de diversión variada; envueltos todos por una bandera ondeante blanca en donde no había gritos, reclamos, líderes, profesiones, edades, delincuentes, inundaciones, terremotos, incertidumbre, hambre; no había carencias, todos escuchaban la misma música y tomaban los mismos refrescos, cervezas y si lograban ser osados, hasta red bull; se comía a cucharadas Paz.

Se podía ver en los ojos, el hambre de conquista, la satisfacción por haber logrado un movimiento mejor que el de al lado. Cuando las doce campanadas suenan se abre la pista y se encienden los juegos de luces que amenizan, que indican que todos somos iguales, tan solo o solo tan humanos como siempre debemos serlo, como unos y otros, no vale diferencia alguna; hasta novecientas personas tienen la oportunidad de vivir cada viernes ese socialismo no viciado y correctamente aplicado.

Terminó mi diversión a las 2:00 a.m., salimos felices con algunas cervezas que motivaban nuestro nuevo descubrimiento; busqué, entonces, el puesto de la entrada, quería un recuerdo de la noche, necesitaba comprar mi taza con el logo “PM”, iba a ser mi prueba fehaciente de que había sido parte de esa noche; me sorprendí, ya no estaban los “puesteros” que en su momento critiqué, dicen los que saben, que se acaban la venta temprano, venden todo el producto que llevan; nos dirigimos al coche, silencio mientras caminábamos; habíamos salido de la máquina del tiempo y regresábamos a las profundidades de la realidad cotidiana donde los cláxones de los coches y a veces gente desconocida que camina junto a ti a esas horas, te hace guardar respiración, rezar un padre nuestro, todo puede suceder, ya no estamos en un lugar seguro; entramos al coche, rumbo el camino de regreso a la realidad, lo normal, lo cotidiano. Ya no más ese castillo de la pureza, de las banderas blancas, de armonía, a pesar de tanto ruido que genera esa música que desconozco, música estruendosa que transforma el ambiente en armonía.

Sí, el Patrick Miller es la puerta al tiempo, de barreras, de torres de babel; lugar que te invita a meditar, con voluntad, pudiéramos hacer de una noche, de un día, de horas; momentos tales como los que en ese templo que se erige solo los viernes, se consigue; necesitas como contraseña para entrar a ese emporio, ya no una bodega, aproximadamente cincuenta o cien pesos; sin duda que en el mundo financiero sería el ejemplo certero del dinero mejor invertido, versus gasto. Ya regresaré a comprar mi taza, ejemplo inequívoco de gasto versus inversión.

Corazón de manos de café

Platicaba ayer con una amiga, atiende una cafetería con café gourmet de especialidades (manoscafe.mx), suelo, si el trabajo lo permite, tomar café con ella recurrentemente. El olor que se desprende acaricia, su plática y sonrisa lo acompañan. Suelo ordenar un “Café Salvaje”, así se ha tornado nuestra contraseña barista. El nombre no está en la carta. Ella sabe qué es lo que necesito, a veces me ve hecha trizas, el café que me ofrece, con el mismo curioso adjetivo, “salvaje”, es más espeso, más cargado, más aromático, que otras; mismo adjetivo distintas mezclas; ella formula por cortesía la pregunta, la respuesta siempre la misma; sirve el elixir que mi cuerpo y mente heridos requieren. Dar el primer sorbo me arranca una sonrisa, a veces un chillido porque suelo quemarme, ese error lo cometo, me parece que apropósito, las más de las veces, ya es parte del ritual; café negro con notas de frescura para comenzar, unas veces el día; otras, la tarde o las menos veces, la noche. Oportunidades para que el mismo sabor me impregne de forma variada. El café conquista, atrapa, cubre.

No sé si oler el sabor o saborear el olor, son los motivos que me llevan irremediablemente a ese brebaje, lo he intentado dejar, esfuerzo fallido, irremediablemente vuelvo a él; es un verdadero amor; me hace abrigar seguridad, mimetizar titubeos y las más, torna inseguridades en sensaciones de certezas, las necesitamos, siempre certezas. Certezas en dripper, chemex, prensa francesa, clever, aeropress, sifón japonés, espresso americano; ya sea en mezcla tipo gourmet que llevan nombres que atrapan, Amanecer, Dulce Armonía, Rayo de Sol, Rubí, Bermellón, Bambú, Campesino, Criollo, Chipilín, Cascada, Bosque de Robles, Niebla; pero siempre certeza.

Poder escribir con un café recién hecho se antoja un deseo alcanzable; las letras, con paladar bañado en café deberían por obligación transformarlo todo, transformarnos, incluso la ruta a tomar del significado de las palabras, tendrían otro peso, otro sentido; el cerebro inundado por el olor; invita, alienta, motiva, vibra, hasta a los dedos más perezosos. Me imagino entonces escribiendo en una cafetería. Pedir un café negro, mi café de diario, buscar una mesa alejada de todas, con visibilidad hacia los que comparten mi gusto cafetero. Sacar hojas, plumas, apuntes, computadora y entonces comenzar; comenzar a observar y escribir entre sorbo y sorbo lo que siento mientras observo, lo que escucho; los ruidos también dicen mucho y te conducen a caminos que construyen historias. La imaginación como buena aliada puede hacer un trabajo estupendo si le pides que acuda en tu ayuda, el café, bebida de dioses también ayuda. Imaginación, escritura y café charlan de la mano, hacen fiesta. Las imágenes, historias, sucesos logran crear lo que uno quiera, o incluso tomar control de nuestra corta o experimentada capacidad para trazar. La realidad nos limita, nos acorta la vista y los sueños. La escritura nos crea el universo ideal; la utopía, que aún no hemos hecho propia, la asumimos hasta que queda plasmada en papel. Entonces, el mundo que no existe a los ojos de cualquiera, se construye por el sabedor de palabras, proyectando cielos nuevos para todos los que se atreven a leerlo. Todo eso con una taza inocente de café.

Por ello antes de comenzar un proyecto, cualquiera que sea, tenga o no un café en mano, imagino una taza, de un tamaño suficiente que no permita que el contenido se enfríe; con un líquido aromático con notas iniciales de nuez, canela, vainilla y caramelo con sensaciones finales achocolatadas; que la bebida sea tan pesada que su cuerpo sedoso se permita iniciar un vals, mientras que las manos que lo sujeta, lo estremece al compás de tragos que con timidez lo invitan a danzar; el gusto siempre a la orden de esa algarabía. Mi eterna búsqueda, mi café de todos días que sirve de apaciguo en mi día y que, en lugar de alterar nervios sensibles, como suele hacerlo en muchos; pone de manera irremediablemente mi corazón en su altar. Olor, sabor, tacto, muchas veces compañía, escritura, lectura, charlas, todo eso encerrado en una taza del mejor café que hay, el que se toma solo o acompañado. Algunos refieren que tengo corazón de pollo, otros dicen, corazón de perro, pero están equivocados; mi corazón es de granos tostados y molidos de los frutos. Mi corazón no es espontáneo, se cultiva. Mi corazón es de un cultivo de café. “Café salvaje”, refieren mis amigos; en prensa francesa, de preferencia, por favor, ordeno yo.

Meterse al agua…

Hace unos once meses, aproximadamente, me comentaste que ojalá cumpliera el sueño de escribir. Me diste un solo y valioso consejo, que solo se puede aprender a nadar echándome al agua. También me explicaste que gracias a ese consejo has podido escribir cuatro novelas y varios libros de ensayo.

Pues bien, te comento que esta gran admiradora de Beatriz, tu Beatriz, mi Beatriz, la que ilumina tu libro, “Demasiado amor”, ha comenzado a meterse al agua; en una alberca, rodeada de adultos que saben nadar, soy la única niña, pero en la orilla me siento segura; el tiempo me dirá cuándo puedo mudar mis miedos a una alberca más grande o posiblemente desprenderme de ellos. Comencé esta aventura el lunes 18 de abril, posiblemente el día lunes como inicio de semana, siempre los lunes son una buena oportunidad para transformarse, hay ganas de cambiar; pensé también en esperarme hasta el 1º de enero del 2023, un primero de enero, tal como lo hace Isabel Allende como tradición, pero no quise esperar tanto; llevo aún muy poco tiempo; el binomio entre tu consejo y mi apatía por hacerlo, me estaba pesando; después de tantos meses pude meterme a la alberca. Aún no puedo nadar, no sé nadar; estoy en la curva de aprendizaje, que puede ser lenta; falta tiempo cierta estoy; quiero que las manos me duelan por teclear con sentimiento o me salgan llagas en los dedos por hacerlo con pluma; he comenzado en computadora, pero quiero escribir con pluma indeleble, quiero dejar plasmados mis cambios, testar mis equivocaciones para después aprender de ellos; he comenzado a salpicarme y a mojar mi cara, muevo mis piernas y brazos de formas torpes para intentar aprender a coordinar braceo y pataleo; también dicen que mover la cabeza para la respiración es importante. De la inacción en que me encontraba hubo un gran salto de fe, traducido en la acción, con aún poco valor y mucho miedo. ¡Cómo se necesita el valor en y para todo!

Le envié mis escritos a un amigo que ha logrado alcanzar con perseverancia como director del cine un modus vivendi, después de una lucha de aprendizaje y experiencia que ha durado años; se disculpaba por el poco tiempo que tiene y que no ha podido leerme; mi respuesta después de pensar en ello fue, te envío mis balbuceos escritos, mi sopa de letras, con el único fin, no de que me leas, aunque me encantaría, sino para darme valor de enviar mis escritos. Busco dejar evidencia de este proyecto, de tu recomendación Sara querida, de ese aprender a nadar.

¿Es normal escribir y al releer no reconocer que tus dedos sean los artífices?, ¿Les pasará a todos? Me ha pasado recurrentemente. Pasa, siempre pasa, al momento, escribo, regreso la mirada, no transcurren más de 5 minutos; todo es nuevo y sorprendente, no porque admire necesariamente lo que escribo sino porque no lo hago mío, soy una cobarde en reconocer lo que expreso; mis manos niegan su participación, me miran y dicen no ser ellas las ejecutoras de esas palabras, ¿ahora imagina lo que pasa si ya han pasado horas? Imposible verme a través de mis palabras; es otra Yo la que escribe, otra Yo la que se lee. Dos personas que además habitan en mí y ninguna confiesa su autoría. El escrito está. La sorpresa también. Y muchas veces las ganas de borrarlo todo, también. Por ello debo de comenzar a utilizar pluma que no me permita borrar la huella de mis intentos. Quiero tener la trazabilidad de esta aventura, la historia, la evolución.

Este ejercicio, el escribir, también se torna de fe hacia uno, de reconocernos, de buscar en la lectura la seguridad de que las palabras se crearon en mi mente y se expresaron con mis manos. Un trabajo en equipo, se ha logrado. Las palabras bailan en la página en blanco y cuando ya se ha expresado un párrafo, uno se sorprende pensando que han recibido una orden; una orden que ha conseguido acomodarlas, fijarlas, centrarlas, en el lugar que mágicamente les corresponde.

Quisiera contar con tus consejos, pero no sé qué preguntar, el mejor consejo que me diste no te lo pedí y heme aquí, haciéndote caso. Quisiera me leyeras, me corrigieras pudiéramos comentar mis escritos, pero no se le puede pedir a nadie que te lea; la lectura es como la amistad, no se mendiga se toma, se asimila, se apropia; no como una petición de alguien, sino como una declaración unilateral, un yo afirmo que quiero leer(te), leer esto. Así la lectura, debe fluir la voluntad para. Si me preguntas qué me gustaría, te diría que me encantaría intercambiar correos por este medio, me gustaría leerte recurrentemente, aprender de tu experiencia, lo que en libros no se aprende; saborear tus respuestas, aprender de ti, para que como ósmosis pueda absorber el conocimiento y seguir con ello admirando tu escritura, tus formas, tu sensibilidad, a la pluma creadora de mi Beatriz. Y entonces poder sentir que la ruta que he elegido es la correcta, la de tomar el riesgo y tener el valor de meterme al agua y aprender a nadar. Tan fácil que se escribe, tan difícil que es, tan factible que es ahogarse.

Embellecer los errores

La cultura oriental es extraordinaria, sé poco; la historia, costumbres, mitos y todo ese velo que envuelve la sabiduría y su enseñanza que se transmite por generaciones, me representa una exigencia de orden y honor que me apropio; ese orden es algo que intento hacer mío, a pesar del caos en que pueda estar situada. Entro y salgo del desconcierto continuamente, tratando de que mi actuar sea lo menos alejado de lo aprendido en Japón.

Hay una palabra que pretende develar lo que continuamente hemos tratado de esconder, las heridas. Todos hemos o estaremos rotos en alguna ocasión o en muchas, no hay límite para esa experiencia; desgajamiento que se matiza en grados; según edad, problema, solución, persona, situación, si es propia o involucra a terceros; siempre muchos tipos, muchas posibilidades, muchas fisuras, muchos hoyos negros en donde se puede estar perdido y la orilla que te lleve a buen puerto no necesariamente se ve cercana. 

En algunas ocasiones se pide ayuda, en otras no; las razones deben ser diversas, las personas reaccionamos distinto; la posibilidad que en esa “Y” de la vida se puede elegir, es por segundo. Por segundo podemos elegir el camino equivocado. Siempre nuevos caminos por recorrer con posibles errores. Prueba y error, así la vida. Método heurístico para avanzar en la sensatez; logrado.

Kintsukuroi es el arte japonés de reparar emociones y objetos. No hay duda que todo lado negativo se intenta mudar al lado positivo, eso nos lo enseñan desde pequeños, es parte instintiva; entonces se piensa que reparar como un polo positivo, es un verbo que debe de accionarse si algo está descompuesto, nuestro polo negativo; esto se hace en todas las culturas, en todos los tiempos; el arte asiático nos enseña que el reparar no implica que una vez zurcido el sentimiento se oculte el hecho de que las piezas han sido “re”unidas, sino que debe ostentarse que estaban desunidas, uno estaba descompuesto, roto, herido; hoy, después de esa unión, otra vez se ha conseguido ser funcional, mucho más fuerte. No es un remiendo fino, es un tejido que se ve y que llama la atención porque te muestra heterogéneo, pero esa misma diferencia es ahora parte de ti. No tenías conocimiento y ahora lo tienes. Representado con el dolor-aprendizaje. Las composturas invisibles suelen indicarte: “¡mira no pareces descompuesto, hasta pareces nuevo!”. 

Lo que el arte japonés formula es que, si bien todo se puede y debe reparar, hay que unir los pedazos rotos con laca de oro; peguemos los pedazos con algo que sea visible y más fuerte. Este objeto o emoción fragmentada si bien debe repararse, debe ser con un pegamento más fuerte pero además con una unión que haga perceptible que nos rompimos. Nuestra herida es visible para nosotros y para los demás porque el rompernos y pegarnos, nos renació. Hoy somos más fuertes, nuestra valía es superior. Hemos ganado. Tenemos con esa resina de oro, líneas brillosas que cual insignia muestran que somos sobrevivientes de la hendidura; ganadores.

Somos ya no lisos de inexperiencias, sino callosos de imperfección. Abrazamos la imperfección a través de los pedazos rotos que después de un tiempo se encuentran en su lugar. Nos decimos y le mostramos a todos, lo hemos logrado. Fui rota, hoy soy más fuerte.

Esas fisuras de líneas de oro son las que nos hacen crecer y las presumimos, porque esas y no los años son la manifestación del verdadero transcurrir del tiempo. El paso de nuestros años medidos por líneas de un metal valioso que ni el mejor orfebre pudo crear.

Ver las heridas no como dolor sino como aprendizaje, como lo que sigue a lo que la ocasionó y al sentimiento que asoma de inmediato; herida como sentimiento que perdura, como aprendizaje y orgullo por haberlo logrado. 

Palabra japonesa que no tiene par en el idioma español. Aferrarnos, ostentar y amar nuestra imperfección es parte de lo que somos, de lo que nos hemos convertido. Amo la laca de material platino que hoy cubre mi ser, que ha llegado a poner sombras y tonos que logran armonía con mi entorno imperfecto. Busco seres para platicar con fisuras, que tengan lacas de distintos materiales, no importa si son de oro, busco que sus heridas sean orgullosamente visibles, que me inviten con ellas a presumir que tanto ellos como yo, somos parte de diversos y divertidos, llantos y fracasos…

Mi talismán…

Siempre hay personas que no se suelen ver seguido, sabes que están, siempre están para ti, solo tienes que alzar el teléfono y si bien no sabes si podrán tomar la llamada, de seguro te la devolverán. Hoy es un fin de semana de reencuentro con esas personas mucho tiempo ausentes, es un fin de semana de fiesta y algarabía. Tantos recuerdos… el tiempo no se desaprovecha, pláticas, risas, comida, baile, canto y así sucesivamente hasta que el tiempo llega a su fin. Hay que partir. Eso es lo que preocupa, justo eso. Las despedidas que saben a incertidumbre. ¿Nos volveremos a ver? ¿tendremos esa suerte? ¿en cuánto tiempo? ¿en qué circunstancias?

Es día del trabajo, es domingo y pienso, ¿qué mejor trabajo deberíamos tener que darle seguimiento a nuestra gente, a los nuestros? ¿qué mejor trabajo que el decirle a la gente que los queremos?

Hace unos ayeres vi la película de “Left Luggage”,* fui con un gran amigo… Habíamos escuchado que la película daba un giro al final que calaba hasta al más valiente, posiblemente iba a ser buen momento para llorar, pensé dudosa. Llega un momento en que no a lo lejos, al unísono, gemidos y lloriqueos por doquier. La tristeza se vuelve parte de. Una película 4D. Se enciende la luz y no se puede abrir los ojos, el llanto y la pena de llorar frente a los otros; hemos limpiado los ojos; quien logra comprender el mensaje, que al parecer somos todos, sabrá que ya no es el mismo que cuando entró. Nos hemos transformado. El mensaje pareciera decir que debemos cambiar la cultura y dilapidar sin piedad la palabra “te quiero” a la gente que es parte de nuestra piel; al fin, las palabras no se gastan si se saben utilizar.

Tardé un tiempo en acostumbrarme a ella, al te quiero, más aun a utilizarla; es fácil decirla en una relación amorosa, pero en una amistosa no; se torna una palabra de declaración de amor que da miedo, el miedo provoca parálisis; miedo para quien lo dice y más para quien lo recibe; el receptor suele huir despavorido; el que la dice, por otro lado, aprende la lección y en un futuro a ser recatado en sus sentimientos.

La palabra en sí es una declaración de cariño, de amor; nos cuesta hacer declaraciones; es raro que lo que es más como seres humanos, nos hace sentir menos; al sumar restamos. La complejidad del ser humano.

Comencé a hacer mis experimentos con amigos open mind, al principio hasta ellos me veían de forma extraña, yo me sentía tan fuera de lugar, pero poco a poco, como todo y en todo, la práctica nos hace ser mejores y una palabra que al principio se decía sin el tono que conlleva el sentir, fue practicándose hasta que concepto y significado pudieron conciliarse. Ya puedo expresarla sin pena alguna.

Acostumbro hoy a decirle a todos los que conlleven ese sentir, que los quiero, pienso irremediablemente en esa película y me aferro al presente, porque el futuro no es un aliado seguro y muchas veces se torna traicionero. Esta fiesta, estos seres queridos, este fin de semana y después la inminente despedida. Final de la fiesta. Nos despedimos todos, nos abrazamos, unos lloramos, nos apretujamos. Y en mi aprendizaje me cuelgo de todos y cada uno de ellos y como Chaja con Simcha, los veo en el “hasta luego” y les digo que los Quiero, con “Q” mayúscula. Ese Te Quiero abarca el presente y todo el tiempo en que el tiempo nos separe en la distancia. Un Te quiero que les digo al oído por el ayer, por el hoy y también por miedo; el miedo a no decir esa palabra y que algo se le ocurra al futuro; por si el tiempo nos alcanza, por si no los vuelvo a ver o justo porque le grito al destino que a ellos que les digo Te Quiero es la promesa de que pronto los voy a ver; el “por si no te vuelvo a ver” es una frase que no invoco; pero siempre por las dudas, pienso que es una obligación: “Nunca te Vayas sin decir te Quiero” porque después de ese momento, de esa oportunidad, pueden ser y no ser muchas posibilidades que no queremos ni debemos pensar. Entonces pienso, si lo decimos muy posiblemente esas palabras se vuelven un talismán para pronto… muy pronto volvernos a ver.

*Left Luggage (Nunca te vayas sin decir te quiero). 1998. Basada en el libro de Carl Friedman Twee Koffers (Dos maletas llenas).

The Groundhog Day

Día del niño en mi país y yo sin ser ya una niña, desde hace mucho tiempo, ya no hay celebración para mí. Muchos adultos este día acostumbran subir sus fotos cuando infantes a las redes sociales, creo que yo no tengo fotos o tengo muy pocas, ni me interesa verme de pequeña ni que me vean; todas las estampas de mi infancia están en mi mente. En este ejercicio conmemorativo pensemos, si pudiéramos regresar a ser niño, pensemos entre 5 a 10 años ¿tendríamos claro el día, el momento, el recuerdo en que quisieran regresar el tiempo? Sigamos en este ejercicio lo mismo de siempre, encontramos de pronto una lámpara que no sabíamos mágica, la limpiamos y en eso un genio regordete y simpático se nos aparece, se presenta, nos dice que, por ser el día del niño, se nos concederá un solo deseo, sí, te aclara, un deseo encaminado a viajar al pasado, sí a regresar el tiempo; las instrucciones son sencillas, el deseo refiere, insiste, a un recuerdo; pero ese genio de la lámpara tiene prisa y quiere que decidas pronto, porque si no decides pronto puedes perder tu única oportunidad, ¿cuál elegiría?… pienso.

Seguimos en este ejercicio del día del niño… estoy frente a ese genio mágico que tiene prisa y no parece amable, con la oportunidad de mi vida, de pronto llegan a mí varios recuerdos que como oleada de nostalgia se pelean por salir y querer ser (re)vividos, pero solo cuento con una oportunidad, una estampa; pienso en lo afortunada que fui sin lugar a dudas… una casa, comida, estudios, padres estupendos, hermanos, todo lo tuve, todas las oportunidades que la vida generosa te pudo ofrecer y que las tomaste; sí, todas fueron mías, para mí y para mis hermanos, así que recuerdos que haya que revivir y vivir, pueden ser muchos.

Y de pronto lo tengo claro y comienzo a pensar en cualquier noche, no importa cual, sobre todo, entre semana, cuando mi padre regresaba de trabajar, en la noche cansado, muy cansado, muy tarde; mi hermana y yo, en nuestro cuarto compartido, nos lo peleábamos para que nos contara un cuento que, por supuesto inventaba, aun con el cansancio seguía trabajando, ahora en historias, además yo entre sueños me daba cuenta que no era igual al contado en otra ocasión, lo corregía, él se defendía diciendo que era otro cuento. Pelearnos a nuestro padre para que nos ayudara a dormir con un cuento, con su voz, con su presencia. Ese es mi deseo, le digo al Genio ya desesperado, sí regresar y sin que nadie me vea grabar su voz, nuestra conversación, el cuento inventado; eso haría, eso quiero, tomar la foto del momento, escuchar mi voz, mi voz de pequeña, mi voz con sueño, verme como la que dejé de ser pero la que me ayudó a ser quien soy. Ver a mi hermana con la que antes si bien nos llevábamos solo era mi hermana, no la amiga en la que se ha convertido, vernos los tres, un padre y dos niñas, que de seguro se acostaron una vez que hubiéramos terminado nuestros deberes de escuela, con la esperanza del día de mañana reunirnos con nuestros amigos en la escuela, esa era nuestra vida de responsabilidad, solo estudiar y aprender, decía mi padre. Reconocer en ese viaje a los recuerdos mi casa, mi cuarto, mis cortinas, mi cama, mi librero; saber que al día siguiente tenía que ir a la escuela, posiblemente una tarea a presentar o incluso un examen, sería de seguro a lo más a lo que nos hubiéramos enfrentado. Tener el estómago satisfecho, de seguro antes hubo una cena preparada por mi madre con esas manos mágicas, acompañada de otras voces, mis hermanos. Vivir de nuevo ese momento y todas las circunstancias que la precedieron, grabar los sueños que tenía en esas noches. Si bien no es una fecha y hora precisa, el momento sí que lo es, el instante que fueron la suma de muchos momentos. Posiblemente darle las gracias a mi padre porque procuró que mi yo niña siempre fuera honrado y respetado; fuimos niños mis hermanos y yo cuando debimos serlo, ¡cuántos no lo han podido ser!, y nosotros lo fuimos. Disfrutamos nuestra edad. Nuestra casa. Nuestra familia. Nuestros padres. Nuestros hermanos. Nos disfrutamos todos. Nuestra infancia. Siendo niña no recuerdo que un día en especial fuera del día del niño. Siempre fue nuestro día. Siempre fue para mis padres y en mi casa, el eterno día del niño. Ese sería para mí un gran día. Posiblemente haría una pequeña trampa en mi deseo al genio. Mi día del niño ideal sería que cayera una tormenta y que cual Phil Connors (Bill Murray) ese recuerdo se convirtiera en un Groundhog Day y se repitiera día a día como antaño.*

 

*Atrapado en el Tiempo, 1993

Que soy adoptada?

La vida siempre es un ganar-ganar, pero el tiempo para saberlo o aceptarlo no siempre es inmediato, cuesta comprender los cambios. Hace dos años, con ánimo de cambiar mi aura, por haber perdido a mi compañera de vida durante 14 años; me invitaron a transitar el dolor a través de conocer un lugar donde las caritas hermosas, orejas paradas, colas sonrientes te esperan a que abras la puerta para comenzar a juguetear con ellos; lugar en donde muchos perritos con ladridos desesperados te dicen que los escojas a ellos, que los acaricies, que juegues con ellos.

La historia puede ser tan grande como quiera contarla si la mido en emociones; recuerdo ese martes desde que salí rumbo a, hasta que regresé a mi casa con el sí de no una princesa peluda, sino de dos. Mis planes estropeados de ir solo a conocer el lugar, fueron superados y burlados por su inteligencia y argucias caninas; y mi poca determinación; los ojos de todas los orejones te invitaban a acariciarlos, me faltaban manos… quería llevarme a todos; una, primero, escondiéndose, con resolución poco confiada, me abrazó cuando comprendió que no la iba a lastimar; confió en mí casi de inmediato, hoy mi blanca pachona no me suelta, ni quiero que lo haga; la otra, la desbocada en una verdadera actuación de guardiana, me defendió de un perro que al parecer me ladró, fue tan buena su actuación que obtuvo el sí antes de saber si ella quería mudarse conmigo. 

Me aletargaron tanto, que cuando me estaban enseñando el lugar, mientras ocho pares de cojinetes me seguían entre tantos ojos, orejas, colas, ladridos; me sorprendí dando mis datos al veterinario y preguntando ¿qué necesito para adoptar? Me dijeron ¿respecto a cuál? ¿cuál te interesa?, ya estaban en mente tres, pero pudo asistirme la razón del espacio en casa así que solo pude señalar a dos, las que no dejaban de seguirme en esa casona llena de peludos felices: Tina y Palomita, ya se llamaban así, intenté llamarlas Horchata y Canela pero no fue posible, ellas ya se habían apropiado de su nombre que hoy amo, tienen sus nombres un peso en su personalidad de divas orejonas. 

Eso fue un martes, el sábado ya estábamos emprendiendo una nueva aventura juntas, primero entraron con miedo a casa, pronto, tan solo unos días después, se apoderaron de ella. Mucha ausencia, muchas compras, mucha emoción, eterna espera, 168 horas preparando su llegada, necesitaba volverlas a ver.

La vida es así, de sorpresas, riesgos y compromisos; llegué con curiosidad por conocer un Refugio “Presenciaanimal” (Instagram-Twitter), nunca había ido a alguno; salí liada en el evento de mi vida; dos peludas parecidas; una, más a un coyote cobrizo con orejas que se mueven de forma coqueta y extraña; cola que tira todo a su paso y que no puede parar de mover si te ve, emociones a través de su cola enorme, forma de dormir extraña, con ladridos firmes, podría ser terrorífica si se lo propone y lo hace seguido, pero cautivadora, no hay ojos más hermosos que los de ella; la otra pálida, con ojos de almendra, con cuerpo abrazable, se comunica de forma inusual, empuja su nariz a mi cuerpo, cual símil de voz, manos, gritos; la nariz es su herramienta para reclamar de forma urgente que necesita atención, caricias; esas, para ella no pueden esperar, se necesitan y deben darse, su requerimiento de urgencia por amor es continuo. Hoy las tres somos compañeras, familia, mi terapia, mis ojos, mi estabilidad, mi corazón en su lugar, mis momentos zen, mis guardianas, mis risas, mis caídas, mis enojos, mis caricias, mis paseos madrugadores, mis desvelos y muchas veces la que marcan mi agenda.

¿Quién rescató a quién? ¿Quién es la verdadera adoptada? Hoy por hoy, todas las mañanas me despiertan con el más alegre tono de despertador, sus quejidos al otro lado de la puerta que indican desesperación por abrazos y apapachos de un nuevo día, siempre con el ansia traducida a la ausencia de la noche, una noche eterna en que no estuvimos juntas; despierto con abrazos, pelitos cobrizos y blancos que llenan mi ropa, besos (muchos besos), parece que a veces quieren hablar con sonidos raros que indican felicidad; sin duda los días comienzan bien, ellas son la mejor taza de café con leche, un “Pintadito”, que alguien que, como experta barista sabe apreciar, puede degustar y nunca dejará de tomar. ¿Qué yo las adopté a ellas? Jaja… Sin duda soy yo la adoptada.

Tina y Palomita

El singular… old-fashioned

Qué? ¿Qué? ¡Qué! ¿qué quieres un abrazo?, ¿qué te abrace?, ¿por qué necesitas abrazarme? ¿para qué quieres que te abrace? ¿qué ganas con un abrazo?; ¡No, nada de abrazos eres un extraño!, ¿Por qué debería abrazarte? ¿Que no eres un extraño?… hace mucho te convertiste en un extraño; ¿qué alguien que conociste ya no será jamás un extraño? ¿Qué para ti ser extraño es cuando nunca habías visto a una persona? ¿Qué tú y yo ya nos conocíamos? ¿qué un abrazo tranquiliza? ¿Qué un abrazo también puede inquietar? ¿qué un abrazo es necesario? ¿necesario para qué? ¡uff qué locura!, entonces, ¿por qué un abrazo?

 

Sí, muchas aparentes preguntas… ¿Qué nos espera detrás de la puerta entreabierta de un abrazo? ¿Vale la pena cruzarla?… Posiblemente el abrazo tenga sabor a reencuentro, una esperanza, un recuerdo, nostalgia. ¿A qué sabe un abrazo? ¿Por qué el abrazo es tan requerido se pida o no, se reconozca o no? ¿cuál es la precuela de un abrazo? ¿cuál su secuela? ¿por qué ahora que estuvimos ausentes de nuestros seres queridos, una video llamada si bien nos era apaciguadora, no nos fue suficiente? 

 

¿Qué tiene ese tan anhelado abrazo que no tenga un beso, una mirada, una plática? ¿por qué de todos los sentidos necesitamos la presencia, su presencia?, tocarlo, como si la vista no bastara y se dudara de ella, teniendo que validar con manos y olfato que sí existe; decirnos: que está bien, estoy bien, estamos bien; incluso pensaba, no basta tomar(se) de la mano, aun así; se sigue, seguimos, en la aspiración de ese abrazo.

 

Desde el inicio de la pandemia, en mi ociosidad, relevante o no, hice un listado; respecto a lo primero que haría cuando la línea de salida a la libertad del encierro se anunciara; sí, qué hacer cuando este miedo a contagiar y que uno se contagie se disipe. Mi larga lista se centraba en el mismo verbo en infinitivo, abrazar. Me(te) engañaría si te dijera que no pensé en viajar, en ir a reuniones, a museos, a conciertos, correr al aire libre. Pero en todos mis propósitos los visualizaba no sola; todos los imaginé diferentes a lo que hace tan solo 3 años hubiera deseado, todos se tornaron en plural; el singular, sin duda, había pasado de moda; ahora los verbos se conjugaban por al menos entre dos personas, en presente y futuro; compartir con alguien mi propósito de 10 deseos era algo que para mí ahora ya estaba dado por sentado, no cabía duda, la pandemia nos cambió, me cambió. El abrazo debería ser catalogado como un identificador, un pase de lista; un, espera, antes “te abrazo” y después te cuento todo; no te preocupes, estoy bien; calla y abraza.

 

Un abrazo debería ser la contraseña dinámica respecto a la que cada uno tiene posesión y control, con propiedades suficientes para poder acceder a la gente querida, no importando cuándo fue la última vez que la viste; incluso, considero que mientras más tiempo haya pasado de ausencia, el requerimiento de abrazo se debería volver más obligación que necesidad; un grito, una orden. Muchas aparentes preguntas, una sola respuesta… ¿Qué no podría arreglar un abrazo?*

 

*Tome sus precauciones. El sector salud no estaría de acuerdo en que comencemos a abrazarnos.