Panza llena, corazón contento…

Compartí con una amiga unas barritas de amaranto junto con temas que nos inquietaban. Recordamos sin duda la hora del recreo en que salíamos presurosos a comer el “lunch” que nuestras madres habían preparado para nosotros. ¿no les pasaba que generalmente siempre se les antojaba más lo que traía el de junto?… y no es que mi madre me diera un lunch desabrido; generalmente mis compañeros llevaban sus alimentos, de esos que se compran en tiendas; a esa edad, los ojos tiemblan cual nipona de anime, cuando ves en el de junto los productos que solían detener tu respiración ante los comerciales y que te decían “¡cómprame!”; mientras, de seguro, disfrutabas de tu caricatura favorita; a tan corta distancia, en un recreo, en verdad que te descontrola; los colores de lo desconocido, hechos para niños, sí que llaman la atención. Mientras escribo pienso que lo que usualmente llevaba de lunch era sin duda cocinado por mi madre, de seguro y contra mi voluntad, debió ser muy nutritivo, pero apuesto que también delicioso; no cambiaría ningún platillo de mi madre por otro ni en mis recuerdos y menos en el presente; afortunada soy, aun los disfruto. 

Esperábamos el recreo; posiblemente era algo en el que todos los compañeros al unísono estábamos de acuerdo; no recuerdo si era porque teníamos hambre, queríamos platicar, estábamos hartos de la lección, cansados de las clases, de los profesores, de la balanza entre el conocimiento-ignorancia; no recuerdo una razón precisa, pero era un derecho que como alumno pequeño teníamos y hacíamos valer; todos. Posiblemente en esos recreos es donde forjamos amistades que hasta hoy conservamos, o a lo peor tuvimos “grandes” ideas que a lo mejor nos han acompañado desde antaño. Era ese el momento para ver a nuestros amigos que año con año pedíamos a todos los cielos, ese cielo inocente que le concede todo a los niños, que se quedaran con nosotros, en nuestro salón.

El tiempo, la presencia, las risas, las clases se debían compartir en el momento, la comunicación como hoy de adultos, no se nos daba; entre muchas, la gran diferencia de ser niño a no serlo; cuando eres niño hay urgencia por compartir en la amistad, todo se quiere hacer con el amigo del aula; de grande, todo cambia, eso posiblemente es parte de la madurez; los amigos aunque sean inseparables, tienen sus vidas y buscamos el momento para compartir cosas, problemas, alegrías, no importa qué, solo compartir; temas que sucedieron en el lapso de nuestra ausencia, posiblemente prolongada, eso hacemos los adultos; ese día generamos nuevas experiencias que vamos sumando en nuestro jenga de amistad; sin embargo cuando niños, en caso de que nos hubiera caído la maldición de la separación del aula, a esa edad era una muerte pequeña y dolorosa, perdimos a un amigo; a menos que nuestras madres hubieran sido amigas o en su caso compartiéramos vecindad.

En ese ir y venir de amistades en nuestra vida, hoy tenemos la oportunidad de elegir a los amigos adecuados, aunque siempre siguen brotando como fuentes nuevas posibilidades de amistad; de conservar a los que ya se tienen; o incluso, a otros, darles las gracias y dejarlos ir. Por ello, el compartir un snack con una amiga de oficina, es compartir lo mejor de esa nostalgia de niños en dónde decidías abrir tu lonchera e intercambiar tiempo con tu amigo a cambio de un trueque de comida ya sea nutritiva o llamativa. El código de Intercambiar no era algo por la apariencia o el precio; se intercambiaba complicidad, secretos; disfrazados de botanas, cajitas de cereal azucaradas, chocotorros, dulces, fruta, frutsi, galletas, gansitos, gelatinas, panditas, pastelitos de chocolate, peperami, platívolos, pingüinos, sándwiches, squeezit, triángulos de queso, hasta verdura (zanahorias, jícama y pepino).

En la edad madura eso se perdió, desapareció; no el intercambio de comida que podemos seguirlo haciendo, sino ese tiempo que nos era designado de lunes a viernes como algo que nadie se cuestionaba; al sonar la primera chicharra, ese tiempo se daba, se exigía al profesor, se necesitaba; el tiempo que se designaba de 15 o 30 minutos para tener esos espacios para conocer gente, para cultivar la amistad con la boca y panza llenas. Posiblemente de ahí venga el dicho… “Panza llena, corazón contento”. Efectivamente, eran buenos tiempos, los minutos del día en que el alimento, sonrisas y charla; nutrían y enlazaban la panza y el alma. Después de tantos años… con amaranto en la barriga, una gran amiga y con pláticas catárticas; agradecida estoy de volver a vivir con nostalgia el recreo, este recreo… shhh… Suena la segunda chicharra… “el sonido indiscutible de regreso a las clases… hoy a las labores”…

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