Gasto o inversión

No soy una bailarina nata, gusto del baile, algunas veces me encuentro con los pasos apropiados, otras soy solo dos pies izquierdos que se divierten y descoordinados dirigen su propia danza; sobre todo si hay pena en hacerlo, mi cuerpo suele ser más torpe. Hace un lustro, cuando cumplí años, pedí un regalo, andaba con el mood turista, conocer mi ciudad, la Ciudad de México, ese era mi objetivo; había leído en una revista que era obligación si nos preciábamos de ser capitalinos ir al Patrick Miller. Recomendación que seguí, no porque su descripción me invitará a conocerlo, fui como parte de una planeación de vida; es parte del chek list de los pendientes que quería cumplir, antes de entregar el alma o mejor aún, colgarlos los tenis, como dicen.

Fui con un hermano y unos acompañantes. Un viernes, no podía ser otro día, solo los viernes abren. Ya eso invita a sentirse exclusivo. Nos estacionamos a dos calles de la calle Mérida, nos dirigíamos al número 17; llegando pensé, es broma, parece una bodega, nos van a matar, acallé mis temores, no quise espantar a nadie; nos precedía una larga cola por vencer, nos formamos, nos mirábamos, solo cumplían lo que yo les había pedido; mientras esperamos para entrar, en la banqueta a nuestro lado izquierdo, cual concierto, había puestos de ropas, souvernirs, discos; todo en alusión al lugar que visitábamos. El lugar que ya era per se, intrigante.

Entramos, pagamos un precio que sin despreciar el dinero diría que no vale la pena ni escribir, luces neón, bolas de espejo disco blancas y de colores, ochenteras. El tiempo detenido. Y no porque hubiera vivido ese tiempo y con nostalgia lo recordara, sino porque sabía que el aire que había dejado del otro lado de la puerta era distinto al que ahora compartías con extraños; extraños no solo porque no los conocías, sino extraños porque sí que lo eran, en su forma de vestir; aunque había un ingrediente en esta mezcla coctelera que no se advierte fuera de este lugar estilo granero; a todos, nos era inclusive la vestimenta, los peinados, la actitud, las tribus urbanas que transitaban, o el dinero que pudieras ostentar.

Sé que hablar de esto pareciera algo clasista y fuera de lugar, pero en verdad no lo era, no lo es, veía perpleja que en dicho santuario no había clases, hagamos a un lado las sociales; no había diferencias en nada de nadie; todos íbamos con un solo motivo, divertirnos; bailando o viendo bailar a los más osados, a los grandes; bailarines espectaculares que no podía dejar de ver; los ojos me dolían, necesitaba pestañear, no quería perderme un solo movimiento, no de sus pies que eran elásticos, de su cara, de su seguridad, de esos ojos que transmitían fuego, mientras bailaban y dejaban en ello todo. Formación de círculos para poder retar a un peligroso contrincante; las armas, los cuerpos que acompañados de la música transformaban unas paredes de aluminio en paisajes, en mi mente me transportaba al ayer, eso me pasó, nadie me lo contó, lo viví; el duelo era a morir, bailarín experimentado versus bailarín audaz, ¿quién ganaba si no había jueces, estilos? solo querían bailar. ¿Quién gana cuando no hay reglas en una competencia?, Nadie pierde, todos ganan, todos se divierten y dejan el alma en ello. Todos son extremos positivos, nadie negativo. Se palpaba armonía. Se respiraba sudor con aroma a diversión, a felicidad. 10,080 segundos para muchos asiduos al baile, en espera de su regreso a mover el cuerpo, cada viernes.

Mis ojos vieron niñas que hablaban con tono adinerado que traían velos simulando ser novias, comprendías que una de ellas se casaba, festejaban su despedida de soltera; enternecía pensar que habían decidido ir a ese lugar de todos los habidos y por haber, para disfrutar de esa noche, su noche; pachucos, onderos, punks, cholos, skatos, emos, chacas; preferencias sexuales, todas; no importaba; ahí estaban coincidiendo en el mismo espacio, con objetivos de diversión variada; envueltos todos por una bandera ondeante blanca en donde no había gritos, reclamos, líderes, profesiones, edades, delincuentes, inundaciones, terremotos, incertidumbre, hambre; no había carencias, todos escuchaban la misma música y tomaban los mismos refrescos, cervezas y si lograban ser osados, hasta red bull; se comía a cucharadas Paz.

Se podía ver en los ojos, el hambre de conquista, la satisfacción por haber logrado un movimiento mejor que el de al lado. Cuando las doce campanadas suenan se abre la pista y se encienden los juegos de luces que amenizan, que indican que todos somos iguales, tan solo o solo tan humanos como siempre debemos serlo, como unos y otros, no vale diferencia alguna; hasta novecientas personas tienen la oportunidad de vivir cada viernes ese socialismo no viciado y correctamente aplicado.

Terminó mi diversión a las 2:00 a.m., salimos felices con algunas cervezas que motivaban nuestro nuevo descubrimiento; busqué, entonces, el puesto de la entrada, quería un recuerdo de la noche, necesitaba comprar mi taza con el logo “PM”, iba a ser mi prueba fehaciente de que había sido parte de esa noche; me sorprendí, ya no estaban los “puesteros” que en su momento critiqué, dicen los que saben, que se acaban la venta temprano, venden todo el producto que llevan; nos dirigimos al coche, silencio mientras caminábamos; habíamos salido de la máquina del tiempo y regresábamos a las profundidades de la realidad cotidiana donde los cláxones de los coches y a veces gente desconocida que camina junto a ti a esas horas, te hace guardar respiración, rezar un padre nuestro, todo puede suceder, ya no estamos en un lugar seguro; entramos al coche, rumbo el camino de regreso a la realidad, lo normal, lo cotidiano. Ya no más ese castillo de la pureza, de las banderas blancas, de armonía, a pesar de tanto ruido que genera esa música que desconozco, música estruendosa que transforma el ambiente en armonía.

Sí, el Patrick Miller es la puerta al tiempo, de barreras, de torres de babel; lugar que te invita a meditar, con voluntad, pudiéramos hacer de una noche, de un día, de horas; momentos tales como los que en ese templo que se erige solo los viernes, se consigue; necesitas como contraseña para entrar a ese emporio, ya no una bodega, aproximadamente cincuenta o cien pesos; sin duda que en el mundo financiero sería el ejemplo certero del dinero mejor invertido, versus gasto. Ya regresaré a comprar mi taza, ejemplo inequívoco de gasto versus inversión.

6 comentarios sobre “Gasto o inversión

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