Corazón de manos de café

Platicaba ayer con una amiga, atiende una cafetería con café gourmet de especialidades (manoscafe.mx), suelo, si el trabajo lo permite, tomar café con ella recurrentemente. El olor que se desprende acaricia, su plática y sonrisa lo acompañan. Suelo ordenar un “Café Salvaje”, así se ha tornado nuestra contraseña barista. El nombre no está en la carta. Ella sabe qué es lo que necesito, a veces me ve hecha trizas, el café que me ofrece, con el mismo curioso adjetivo, “salvaje”, es más espeso, más cargado, más aromático, que otras; mismo adjetivo distintas mezclas; ella formula por cortesía la pregunta, la respuesta siempre la misma; sirve el elixir que mi cuerpo y mente heridos requieren. Dar el primer sorbo me arranca una sonrisa, a veces un chillido porque suelo quemarme, ese error lo cometo, me parece que apropósito, las más de las veces, ya es parte del ritual; café negro con notas de frescura para comenzar, unas veces el día; otras, la tarde o las menos veces, la noche. Oportunidades para que el mismo sabor me impregne de forma variada. El café conquista, atrapa, cubre.

No sé si oler el sabor o saborear el olor, son los motivos que me llevan irremediablemente a ese brebaje, lo he intentado dejar, esfuerzo fallido, irremediablemente vuelvo a él; es un verdadero amor; me hace abrigar seguridad, mimetizar titubeos y las más, torna inseguridades en sensaciones de certezas, las necesitamos, siempre certezas. Certezas en dripper, chemex, prensa francesa, clever, aeropress, sifón japonés, espresso americano; ya sea en mezcla tipo gourmet que llevan nombres que atrapan, Amanecer, Dulce Armonía, Rayo de Sol, Rubí, Bermellón, Bambú, Campesino, Criollo, Chipilín, Cascada, Bosque de Robles, Niebla; pero siempre certeza.

Poder escribir con un café recién hecho se antoja un deseo alcanzable; las letras, con paladar bañado en café deberían por obligación transformarlo todo, transformarnos, incluso la ruta a tomar del significado de las palabras, tendrían otro peso, otro sentido; el cerebro inundado por el olor; invita, alienta, motiva, vibra, hasta a los dedos más perezosos. Me imagino entonces escribiendo en una cafetería. Pedir un café negro, mi café de diario, buscar una mesa alejada de todas, con visibilidad hacia los que comparten mi gusto cafetero. Sacar hojas, plumas, apuntes, computadora y entonces comenzar; comenzar a observar y escribir entre sorbo y sorbo lo que siento mientras observo, lo que escucho; los ruidos también dicen mucho y te conducen a caminos que construyen historias. La imaginación como buena aliada puede hacer un trabajo estupendo si le pides que acuda en tu ayuda, el café, bebida de dioses también ayuda. Imaginación, escritura y café charlan de la mano, hacen fiesta. Las imágenes, historias, sucesos logran crear lo que uno quiera, o incluso tomar control de nuestra corta o experimentada capacidad para trazar. La realidad nos limita, nos acorta la vista y los sueños. La escritura nos crea el universo ideal; la utopía, que aún no hemos hecho propia, la asumimos hasta que queda plasmada en papel. Entonces, el mundo que no existe a los ojos de cualquiera, se construye por el sabedor de palabras, proyectando cielos nuevos para todos los que se atreven a leerlo. Todo eso con una taza inocente de café.

Por ello antes de comenzar un proyecto, cualquiera que sea, tenga o no un café en mano, imagino una taza, de un tamaño suficiente que no permita que el contenido se enfríe; con un líquido aromático con notas iniciales de nuez, canela, vainilla y caramelo con sensaciones finales achocolatadas; que la bebida sea tan pesada que su cuerpo sedoso se permita iniciar un vals, mientras que las manos que lo sujeta, lo estremece al compás de tragos que con timidez lo invitan a danzar; el gusto siempre a la orden de esa algarabía. Mi eterna búsqueda, mi café de todos días que sirve de apaciguo en mi día y que, en lugar de alterar nervios sensibles, como suele hacerlo en muchos; pone de manera irremediablemente mi corazón en su altar. Olor, sabor, tacto, muchas veces compañía, escritura, lectura, charlas, todo eso encerrado en una taza del mejor café que hay, el que se toma solo o acompañado. Algunos refieren que tengo corazón de pollo, otros dicen, corazón de perro, pero están equivocados; mi corazón es de granos tostados y molidos de los frutos. Mi corazón no es espontáneo, se cultiva. Mi corazón es de un cultivo de café. “Café salvaje”, refieren mis amigos; en prensa francesa, de preferencia, por favor, ordeno yo.

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