Meterse al agua…

Hace unos once meses, aproximadamente, me comentaste que ojalá cumpliera el sueño de escribir. Me diste un solo y valioso consejo, que solo se puede aprender a nadar echándome al agua. También me explicaste que gracias a ese consejo has podido escribir cuatro novelas y varios libros de ensayo.

Pues bien, te comento que esta gran admiradora de Beatriz, tu Beatriz, mi Beatriz, la que ilumina tu libro, “Demasiado amor”, ha comenzado a meterse al agua; en una alberca, rodeada de adultos que saben nadar, soy la única niña, pero en la orilla me siento segura; el tiempo me dirá cuándo puedo mudar mis miedos a una alberca más grande o posiblemente desprenderme de ellos. Comencé esta aventura el lunes 18 de abril, posiblemente el día lunes como inicio de semana, siempre los lunes son una buena oportunidad para transformarse, hay ganas de cambiar; pensé también en esperarme hasta el 1º de enero del 2023, un primero de enero, tal como lo hace Isabel Allende como tradición, pero no quise esperar tanto; llevo aún muy poco tiempo; el binomio entre tu consejo y mi apatía por hacerlo, me estaba pesando; después de tantos meses pude meterme a la alberca. Aún no puedo nadar, no sé nadar; estoy en la curva de aprendizaje, que puede ser lenta; falta tiempo cierta estoy; quiero que las manos me duelan por teclear con sentimiento o me salgan llagas en los dedos por hacerlo con pluma; he comenzado en computadora, pero quiero escribir con pluma indeleble, quiero dejar plasmados mis cambios, testar mis equivocaciones para después aprender de ellos; he comenzado a salpicarme y a mojar mi cara, muevo mis piernas y brazos de formas torpes para intentar aprender a coordinar braceo y pataleo; también dicen que mover la cabeza para la respiración es importante. De la inacción en que me encontraba hubo un gran salto de fe, traducido en la acción, con aún poco valor y mucho miedo. ¡Cómo se necesita el valor en y para todo!

Le envié mis escritos a un amigo que ha logrado alcanzar con perseverancia como director del cine un modus vivendi, después de una lucha de aprendizaje y experiencia que ha durado años; se disculpaba por el poco tiempo que tiene y que no ha podido leerme; mi respuesta después de pensar en ello fue, te envío mis balbuceos escritos, mi sopa de letras, con el único fin, no de que me leas, aunque me encantaría, sino para darme valor de enviar mis escritos. Busco dejar evidencia de este proyecto, de tu recomendación Sara querida, de ese aprender a nadar.

¿Es normal escribir y al releer no reconocer que tus dedos sean los artífices?, ¿Les pasará a todos? Me ha pasado recurrentemente. Pasa, siempre pasa, al momento, escribo, regreso la mirada, no transcurren más de 5 minutos; todo es nuevo y sorprendente, no porque admire necesariamente lo que escribo sino porque no lo hago mío, soy una cobarde en reconocer lo que expreso; mis manos niegan su participación, me miran y dicen no ser ellas las ejecutoras de esas palabras, ¿ahora imagina lo que pasa si ya han pasado horas? Imposible verme a través de mis palabras; es otra Yo la que escribe, otra Yo la que se lee. Dos personas que además habitan en mí y ninguna confiesa su autoría. El escrito está. La sorpresa también. Y muchas veces las ganas de borrarlo todo, también. Por ello debo de comenzar a utilizar pluma que no me permita borrar la huella de mis intentos. Quiero tener la trazabilidad de esta aventura, la historia, la evolución.

Este ejercicio, el escribir, también se torna de fe hacia uno, de reconocernos, de buscar en la lectura la seguridad de que las palabras se crearon en mi mente y se expresaron con mis manos. Un trabajo en equipo, se ha logrado. Las palabras bailan en la página en blanco y cuando ya se ha expresado un párrafo, uno se sorprende pensando que han recibido una orden; una orden que ha conseguido acomodarlas, fijarlas, centrarlas, en el lugar que mágicamente les corresponde.

Quisiera contar con tus consejos, pero no sé qué preguntar, el mejor consejo que me diste no te lo pedí y heme aquí, haciéndote caso. Quisiera me leyeras, me corrigieras pudiéramos comentar mis escritos, pero no se le puede pedir a nadie que te lea; la lectura es como la amistad, no se mendiga se toma, se asimila, se apropia; no como una petición de alguien, sino como una declaración unilateral, un yo afirmo que quiero leer(te), leer esto. Así la lectura, debe fluir la voluntad para. Si me preguntas qué me gustaría, te diría que me encantaría intercambiar correos por este medio, me gustaría leerte recurrentemente, aprender de tu experiencia, lo que en libros no se aprende; saborear tus respuestas, aprender de ti, para que como ósmosis pueda absorber el conocimiento y seguir con ello admirando tu escritura, tus formas, tu sensibilidad, a la pluma creadora de mi Beatriz. Y entonces poder sentir que la ruta que he elegido es la correcta, la de tomar el riesgo y tener el valor de meterme al agua y aprender a nadar. Tan fácil que se escribe, tan difícil que es, tan factible que es ahogarse.

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