No veo, no escucho, no hablo…

Fácil no soy, pero esto no es una confesión de habilidades sociales. Digamos que es un momento de escritura, (mucha) diversión, reflexión y un poco de catarsis. De pronto, una llamada… “necesito verte”, se oye del otro lado del teléfono que sostengo. “Es urgente”, insisten. “No puedo”, contesto. “Te espero, tengo que platicar contigo”. Reacciono lento, de seguro le pasa algo, se escuchaba preocupada. Dejo todo y acudo al llamado. Escucho… sonrío. No digo nada…

¿Por qué a alguien, no importa si te estima o no (eso no está en discusión, ni cambia el contexto de la pregunta), le interesaría compartirte lo que la gente comenta de uno (por su puesto no buenos comentarios)? La cabeza no me da para tener opciones viables, posiblemente todas me lleven a lo mismo. No tengo idea, sería la respuesta inmediata. Pienso que, en mi particular punto de vista, jamás perdería mi poco tiempo libre en ocuparlo en ello. ¿Será que las personas quieren cuidarnos? ¿Será que quieren preocuparnos? ¿Será que quieren alertarnos? ¿Será que quieren que desistamos? ¿Será que quieren que cambiemos? Y sigo con mi reflexión. No hay respuesta correcta. No hay respuesta. No sé. ¿Qué quieren? ¿Qué necesitan que hagamos? ¿Qué desearán con transmitir esa información? Ahora que ya cuento con ese “chisme” tan valioso … ¿qué se debe hacer? ¿En qué debería cambiar mi vida? ¿Debería estar más atenta de la gente a mi alrededor? ¿abrir los ojos? ¿Vivir con miedo?

Sigo pensando en ello y me digo, suelo cuidar mucho mi alimentación, “me río mucho”, hago ejercicio, “me río mucho”, escucho música y canto (muy mal), “me río mucho”, leo libros, “me río mucho”, trabajo, “me río mucho”, platico con gente querida, “me río mucho”, escribo, “me río mucho”. Cuido mis sentidos. Cuido lo que ingiero y bebo, me gusta tocar las manos de mi madre y de mis seres queridos, abrazar mucho, oler la comida y los perfumes suaves con olor floral-frutal. Oler y saborear un café humeante. Suelo, también, cuidar lo que escucho. No soy parte de cónclaves de rumores y quejas de personas ajenas a las que nos encontramos reunidas. Hablo de frente. Si ves que no hablo es que no tengo nada que decir. Posiblemente no tengo interés en compartir mi opinión, no suelo perder el tiempo. Cuando hablo es porque el ambiente que impulsa a una charla se da. No forzo nada y menos las relaciones, busco en ellas un futuro energético, sino lo hallo, simplemente de ahí no soy. No me acerco. Y si ya estoy cerca, sin duda me alejo. Así de simple soy.

En un ejercicio de imaginación, pensemos que fue ayer fue el Super Bowl,* no me fue posible verlo. Todo el mundo está en ello (pláticas, noticias, en el trabajo). Todos habla del juego, del marcador, del medio tiempo. Yo he logrado no hablar con nadie, no prender la televisión. No escuchar la radio. Pretendo llegar a casa el día siguiente, 24 horas después del magno juego, poder ver el partido y simular como si fuera el partido en vivo. Pero (ahí viene el famoso e imprudente “pero…”), a punto de llegar a mi casa, en la noche del lunes, con botana, cervezas y alitas BBQ en mi coche, ya con portón abierto para poder entrar y tirarme a prender la grabación, un vecino se acerca presuroso a saludarme, trato de evitarlo a toda costa, pero trae en sus manos una charola, al parecer es un panqué de zanahoria que de seguro me habrá preparado su esposa (mmm… ¡sabe que me encantan!), ya no puedo fingir que no lo he visto. He logrado evitar a todas las personas, pero no creo que él me diga nada, pienso. Se acerca, me sonríe, le sonrío. Me hace plática (es muy amena su charla) y sí, me da un panqué que se ve delicioso (su esposa está practicando repostería y yo me he prestado como conejillo de indias); le agradezco, mando saludos a su esposa, se da media vuelta, pero antes de seguir alejándose, se voltea y me comenta muy enojado el marcador del partido (él le iba al equipo perdedor). Ufff… Para él, hay enfado en su plática; para mí, una rotunda decepción. Desconozco, si por saber el resultado o por mera frustración por no haber logrado mi objetivo, a unos escasos pasos de llegar a la meta.

Pues así hoy, hubo una descarada decepción, he burlado la contaminación auditiva de chismes por mucho tiempo. Rumores de todo y todos, sobre todo de los que puedan girar alrededor mío. Quien me conoce sabe que nunca me entero de nada, porque no me interesa. No me gusta. Amo vivir en esa ignorancia. Le huyo al chisme intrusivo y al rumor que tanto daña. Hoy en mi llamada, me encontré a ese vecino (pongámosle el nombre que sea) acercarse para que con un señuelo llamado café, me contara todo lo que supuestamente o no: hago, soy, digo, no hago, no soy, no digo; ¿la fuente? supuestas personas que apenas si pude reconocer por sus nombres, que no (re)conozco del todo; con las que nunca he platicado siquiera. Tomé mi café y mientras degustaba esa bebida humeante que tanto deleito, pensé que mis oídos estaban en “mood” basurero y que una vez terminada la plática, necesitaba urgentemente desecharla. Una vez que pude salir de ahí, comenzó la sanación, me puse mis audífonos con cancelación de ruido ambiente y comencé a respirar lento… muy lento.

No quiero permitir en mi vida la presencia de ese vecino alertador, cualquiera que éste sea, que pretenda “spoilearme” la emoción del suspenso, en el que pienso quedarme siempre, del cómo y cuánto soy juzgada por las personas que puedo conocer o incluso que ni me conocen ni conozco. Me quedo, sin duda, con la estampa de recordar cómo me mira la gente que me quiere mirar (bonito). Lo demás, nunca ha sido importarme… Lo tengo claro y lo confirmo… Proclamo por mi espacio libre de chismes… Sin duda, confirmo que comulgo con la sabiduría budista… Pregono hoy y siempre el “No veo, no escucho y no hablo…”. Ese dogma, haría sin duda, un gran cambio en el mundo…

Nota. Por lo pronto, y como todo tiene solución, pasaré el trago amargo en compañía de un panqué de zanahoria.

* En homenaje a “How I Met Your Mother” (lunes! Noche de fútbol).

Mi pequeño capricho

He invertido (¿gastado?) mi vida buscando. No sé qué. Buscaba sin saber ver. Buscaba por buscar y no encontrar. Buscaba para no encontrar. Cansada de no encontrar lo que aparentemente buscaba por muchos años, dejé de hacerlo. Primero por cansancio, luego por desinterés. Solté todo. Ocupé mi atención en otros temas. Los libros fueron mi escape. Un gran trabajo fue retomar la lectura. La angustia por no encontrar ocupaba mi poco tiempo libre. Ya no era el encuentro lo que me preocupaba, sino la búsqueda. La búsqueda en sí. La búsqueda tan agotadora. A veces buscaba. Otras, anhelaba encontrar. Otras, anhelaba buscar. Otras, encontré. Muchas me decepcioné. Muchas más de lo deseado los decepcioné. Así por años, varios años. ¿Búsqueda infructuosa?, no sé. Sí (muy) cansada. Llena de hastío. Sin emoción, dejé de intentarlo.

Un día, después de años (muchos años) se apagó el botón del interés. Se prendió el de la indiferencia. Con luz tenue descansé. Me dediqué a leer y a escribir. Respiré lento. Medité. Dejó de importarme buscar y menos aún encontrar. Dejé de buscar. Dejé de pensar en encontrar. Dejé de pensar.¿estaba haciendo algo mal?, tampoco importaba. Ya no.

Una vez tranquila. Comencé a ver. Me encontraste. Te encontré. Mi tranquilidad no cambiaba. Mi tiempo tan mío (y solo mío) ya no era solo mío, se compartía. Se fortalecía mi ecuanimidad. Se enaltecía mi sosiego. Compartía mi aire. Nuestro aire.

Ya no busco. Ya no encuentro. Ya Busqué. No encontré. No busqué. Te encontré. Ya te veo. Siempre estuviste. Te veo. Te reconozco. Me gusta lo que veo. Disfruto como capricho ver mis ojos, sobre todo cuando se reflejan en los tuyos.

No gracias… solo vengo a ver, no a comprar…

Me dije que no iba a gastar, solo iba a ver. Caminé cautelosa. Mucha gente. No quería mezclarme con todos. Quinta ola Covid. Busqué un stand vacío. No había. Mucha gente. No importa, me dije. No voy a comprar. Vine a ver, insistía. Acudí como una de mis tradiciones perdidas pre pandemia. Intento retomar mi vida, mis costumbres. No cabe un libro más en casa. Muchos aun sin leer. No puedo comprar más. Me llevaste. Me acompañaste. Caminamos juntos. De la mano. Me gusta caminar contigo de la mano. Llevaba una bolsa reciclada grande, solo por ese “si acaso”, me seguía diciendo. Bolsa que de forma alguna piensas no ocupar. “Por si las dudas”, te dices. Mi padre siempre decía que era mejor prevenir. Bolsas, chamarra, lo que se necesitara. Decía, si no los llevas los ocupas. Mejor llevarlos y no ocuparlos. Tenía su lógica. Contrariar al destino. Especialista en ello. Solo seguía sus consejos. Ese paso vertiginoso para solo indagar, se fue haciendo lento. Me gusta ver a la gente. Me gusta observar lo que hace. Lo que lleva en las manos. Ver sus ojos. Antes sus sonrisas, ahora solo los ojos. Es un vicio que tengo, observar. Una fascinación, diría yo.

Comenzaron a aparecer ante mí, nombres de editoriales desconocidas, disfruté no sentir interés alguno. Indiferencia. Pintaba el escenario para salir invicta. Mi intención iba en línea seria, no comprar. Más pronto de lo que quisiera a lo lejos letreros de editoriales que por sus colores y letras parecían conocidas. Con pretexto de no tener una buena vista me fui acercando. No intencional, vine a ver y si no alcanzaba a ver, debía acercarme. Lógica pura. Mis pasos me llevaban. Está en la ruta trazada para caminar por todas las carpas, pensaba. Aunque tampoco hice mucho para evitar ese encuentro. Viendo, no tocando, me decía. Me fui desplazando por los pasillos. Mucha gente. Había prisa en ellos, disfrutaban lo que hacían. Se acababa el tiempo del evento. Hay gente formada para ver libros, para tocarlos, para comprarlos, para buscar. Mucha gente preguntando, platicando, apasionada por ese viaje que nos brinda el libro. Una estampa hermosa. Mucha gente compartiendo el gusto por los libros. Un domingo viendo libros, me decía. Mucha gente con el mismo pasatiempo. Con este vicio que se ha vuelto un lujo. Orgullo encontrarme con tantas personas.“Sacrificando” un domingo de descanso por ir a ver, comprar, oler, tocar libros. No necesariamente en ese orden.Y “sacrificando”, palabra que obvio no aplica cuando algo te apasiona.

Quedaban dos escasas horas para que terminara el evento. Me fui desprendiendo de mis promesas. Me acercaba a los libros. Fuera la timidez, me dije. No hay mucho tiempo. Me “deschongué” (diría la abuelita). Al principio, veía a lo lejos editoriales. Después, estaba leyendo la contraportada de algún libro. Encontré un autor que me gusta mucho, Leonardo Padura. Nunca pensé encontrarlo en este “Remate de Libros”. Busqué a un vendedor, pedí todos los libros que tuviera de ese autor. Mi mano ya sujetaba un libro. Luego dos. Cuatro. Ocho. El vendedor muy bueno, encontró otros autores de mi interés. Me ayudaste a racionalizar emociones. Comparaste precios de librerías. Confirmábamos juntos, que era una “ganga” a la que no me podía resistir. No podía dejar la hilera de libros que abrazaba con vehemencia: “La neblina de ayer” (Leonardo Padura), “La decadencia de Nerón Golden” (Salma Rushdie), “Deja que se Muera España” (William Navarrete), “A qué volver”(Mónica Lavín), “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”(Robert L. Stevenson), “Veinte poemas de amor” (Pablo Neruda), “Máscaras” (Leonardo Padura), “La prueba del ácido” (Élmer Mendoza), “El Rey Criollo” (Parménides García Saldaña), “Nombre de perro” (Élmer Mendoza), “La leona blanca” (Henning Mankell), “La Pirámide” (HenningMankell) y “Pisando los talones” (Henning Mankell).

Con (muchos) libros cargando, seguía la ruta de más editoriales. Caminaba con sonrisa y nariz cubierta, como hace mucho hemos hecho para sobrevivir. Segura estoy que todos sonreíamos. Estábamos satisfechos. La cacería había terminado para muchos. Ya no vemos esas sonrisas, las echo de menos. Las personas nos reconocíamos con esa expresión de felicidad que hoy solemos conectar con la mirada. Con movimientos de cabeza. Con lenguaje no verbal. Con ese paso ligero. Personas solas, parejas, familias enteras, hijos cargando libros. Gente leyendo mientras caminaba. Otros, revolviendo libros buscando el que no sabían que necesitaban, pero que de seguro encuentrarían.

Yo satisfecha, con tu mano en mi mano, caminando con mis nuevas aventuras en brazos, empastadas en formato de libro. Oliendo a libro nuevo. Sin duda, el mejor perfume que tengo. Riéndome de mí… ¿solo vine a ver no a comprar? Jajajajaja… Otra vez incumplí mi promesa… ya veré el siguiente año!!!

 

Género “para valientes”

Siempre me pasa, mayores posibilidades me hacen sentir más confusa. Así con las series. Muchas opciones, poco tiempo. A veces en escoger me tardo al menos un cuarto de hora. Cuando por fin tomo la decisión, transcurren tan solo cinco o diez minutos como máximo; lo mismo, me decepciono pronto de la tan supuesta bien pensada opción. He perdido mucho el tiempo en ese análisis por miedo a perder el famoso tiempo que busco no gastar; un galimatías, sin duda. Busco recomendaciones en redes sociales, algunas no a fin a mis gustos, otras ya las he visto; otras, las más, confieso, son de esas que tuvieron su oportunidad sin tener suerte, según mis “exigentes” estándares; sin lograr cruzar ese tiempo de prueba, que de una manera injusta me he impuesto. He decretado ver solo aquello que pueda cautivarme. Así como las personas, no suelo tardar tiempo en darme cuenta con quien puedo crear lazos de amistad. Con quien pueda cristalizar magia. Fuera de eso, prefiero dedicarme a leer. Mi libro de turno siempre está en espera a volverse la opción por búsquedas infructuosas. Por eso he avivado la lectura. Este tiempo he leído demasiado, a veces incluso más de lo que quisiera. Siempre hay un libro esperando por mí. Libros pasan y pasan, sin que aparezca esa Serie que logre pausar la lectura.

El fin de semana llegó en twitter una posible opción; opinión emitida por el gran maestro Guillermo del Toro: “Reservation Dogs”. No es una recomendación cualquiera, pensé en el “Laberinto del Fauno” (2006)*, ha sido una película que injustamente se perdió en los premios de la Academia; pero que como sanguijuela penetró en mi piel, sobre todo en la parte final. Recuerdo cómo sin pensarlo me puse de pie para ver los últimos minutos, me vuelve a doler la boca del estómago, de fijar esa estampa; “Ofelia, nuestra protagonista trasciende, el fauno la felicita por pasar la última prueba que era derramar su sangre antes de la de un inocente”. Sentí un gran dolor; también solté en llanto, no de esas lágrimas que se resbalan simétrica y pausadamente como una mala actuación de drama; no, mi llanto se convirtió en un lamento acompañado por una especie de tormenta que salía del estómago, subía a mi tráquea, consiguiendo que con prisa se resbalara por mis lagrimales; hasta que la sal, supuestamente dicen, apaciguadora de la tristeza, cobraba factura. Aun así, no podía dejar de admirar lo que en mí estaba logrando del Toro, ni sorprenderme por disfrutar lo que estaba sintiendo. Cómo si al quedarme como soldadito de plomo, parada y quieta, pudiera evitar sentir esa tristeza que al final me atacó como una cobarde. Cobarde que aplaudía al final. Final doloroso con matices tiernos; desconozco si más ternura que dolor o viceversa, como de seguro, resulta el sufrimiento en la piel abierta y herida de un niño. Por un lado, la imaginación como protagonista de la película; por el otro, como antagonista, la realidad. La cruda realidad. Esa que parece que es muy mala suerte, pero que está. Que existe, para muchos.

Pues bien, manos a la obra (Tú) me acompañaste a verla (hemos compartido el gusto por ver series desde hace tiempo); no te quito el crédito, fue tu propuesta. Fuiste tú quien me envió ese “screenshot” de la recomendación, que por muchos días había dejado en el tintero; la reseña no me llamó la atención; te confieso algo (en murmullos): no tenía esperanza alguna en volver a sentir esa cosquilla de ansiedad, sin querer espantarte, “enfermiza”, pero que ya conoces desde hace tiempo, que se posa en mí como espíritu maligno, aunque muy divertido, que se enterca y no me permite apagar la televisión, una vez que descubro la Serie “elegida”. Un pequeño ejemplo es descubrirme un domingo (el pasado) en la madrugada con una taza de café recién hecho, reanudando de una manera insistente un capítulo más, uno más, me digo, solo uno más.

“Reservation Dogs” (2021)* lo consiguió, volvió en mí la esperanza por hallar buenas Series, hasta el fin de semana pensada perdida. Encontré actores, que si bien la edad y hasta ese momento para mí desconocidos, podrían hacer que dudara en cuanto a su desempeño; me quedé impactada; actuación natural y espontánea. Me sorprendió Paulina Alexis y Lane Factor, sin duda no dejaré de ponerles atención, segura estoy de su capacidad histriónica. Los guiones bien valen la pena. Hay que (re) escucharlos y comentarlos. Las ocurrencias, sin duda te arrancan una carcajada. Las locuras son un deleite. La realidad como siempre, muy seria, muy cruda, pero bien planteada. La imaginación, la que debería de tener cualquiera, pero que no tenemos, que gustosos con envidia queremos retomarla. La muerte, dolorosa y permanente, como siempre; siempre estorba, pero siempre está, no nos libramos de ella. La lucha por la vida, por la sobrevivencia. Los recuerdos que siempre nos ayudan a superarnos. Abuelitas deseando nietos. Niños sin abuelitasque no sabían que las necesitaban. Amores perdidos. Padres sin ganas de ver por sus hijos. Hijos buscando a sus padres. Madres dando todo por sus hijos. La amistad, la base de todo. La ilusión, el elixir de la vida eterna.

No sé qué más decir sin contar de qué trata, no quiero que se pierdan el hechizo de encontrarse con algo fresco e inocente, como lo viví desde los primeros tres minutos. No puedo permitirme privarte a descubrirlo… Lloré, aunque eso no es parámetro, soy la maestra del llanto cuando algo me gusta. Una serie única, cínica, desvergonzada, sin duda. Aunque posiblemente no para verse, ni valorarse por todos. Su clasificación es “para valientes”.

En resumen, me enfrenté con genialidad pura que colma esos gustos sibaritas inverosímiles que me caracterizan al admirar esas Series que salen de la convencionalidad, pero que son más reales de lo que nos permitimos aceptar. Comienza la cuenta regresiva para la inminente Segunda Temporada… sin duda, me considero una valiente!!!!

 

*Guionistas: Sterlin Harjo y Taika Waititi

Directores: Sterlin Harjo, Blackhorse Lowe y SydneyFreeland

Productora: FX Networks

Mis invitados tóxicos especiales…

Hay quien galantemente entrega flores, chocolates; detalles hermosos, pero comunes, lo convencional como posiblemente lo dictaría “el Manual de Carreño”, tan probablemente invocado por esa abuelita con su cabello largo, cano y trenzado que no conocí; a mí, fuera de ese lugar seguro y conocido; con riesgo y valentía, me trajeron “pan de dulce”, envueltos con esa bolsa inconfundible de papel. Quien me conoce sabe que es mi perdición. Mi droga. Trato con una voluntad que a veces flaquea, de no entrar a las panaderías; me alejo de esos olorosos lugares; se me antojaría comprar de todo un poco; comenzaría, entonces, con mis “permisiones”, con el autoengaño que me dicta llevar “surtidito” para todos; pienso que este pueda gustarle a D, este a V, este a M, este a Ma, este a K, a J; con engaños y supuesta preocupación me llevaría uno de cada uno. Sin lugar a dudas. Lugar donde confluyen mis más temidos infiernos, del que ya no me gustaría salir.

Recuerdo mis travesías en el Centro Histórico de la Ciudad de México con mi madre, me veo entrando por la calle de República de Uruguay, en una de mis panaderías favoritas: “Ideal”; podría, sin duda perderme en ese lugar por horas. Quedarme viendo los panes, con sus trajecitos típicos de colores azucarados con que se presentan en sociedad; mientras mi olfato se mantiene ocupado en esos olores mantequillosos (el paraíso); podría, fácil contemplar ensimismada la cara de la gente escogiendo sus panes (cazando su comida a la antigua usanza). Verme en ellos, compartiendo la emoción de escoger el pan, que de seguro los acompañará en esa cena o desayuno con los suyos. Mi vicio, te confieso, observar. Ver la cantidad de pan de dulce que ponen en la charola plateada (la típica de todas), uno puede darse cuenta si se tiene con quien compartir la vida, o si son personas solitarias. Esa charola con panes es nuestra carta de presentación. Es como la gran gitana que en la calle del Centro de Coyoacán quiere leerte las cartas. Así la charola y sus panes, nos hablan. Disfruto ver a la gente haciendo cosas simples, comprando el pan, es una de ellas. Imaginar sus costumbres, ver sus sonrisas (antes del cubrebocas todo era más sencillo). Soy una confesa adicta al pan de dulce; parte de mi terapia de autoayuda es “tratar” de no entrar a las panaderías; solo “encontrarme” con el pan de dulce porque llegó a mí, como las personas; no salir a buscarlo; no salir a conocer gente; solo esperar, si son para uno llegarán, así el pan (cual destino). Así mi relación con el pan de dulce. Al correr del tiempo y en el sentido literal de la palabra, he tenido que separarme de ese gusto que siempre me había acompañado desde pequeña. La edad, el ejercicio y mi árbol genealógico que desconozco por completo pero de lo poco que sé, sabemos que se ha llevado por mi estirpe una lucha a veces no ganada contra las cosas dulces y deliciosas. Así la salud que hay que cuidar. Sigo mi prohibición a regañadientas; “no te acerques a esos lugares con olores deliciosos”, me reprimo. El pan de dulce no es mi amigo, me repito; pero en eso, viene a mi mente como recuerdo esos olores que se desprenden del pan recién hecho; reviro en la sentencia y absuelvo, no son enemigos; son amigos con los que a veces te sueles portar mal, pero te diviertes. Reconoces que es una amistad un poco tóxica, también me lo digo, así que por nuestro mutuo bien, nos debemos separar y vernos esporádicamente. Nos alejamos.

Una de las estampas que tengo en mente es entrar y voltear a ver las vitrinas repletas de panecillos coquetos espolvoreados de azúcar que me dicen “cómeme”: barquillos, besos, banderillas, bigotes, bisquets, buñuelos, campechanas, chilindrinas, chinos, churros, colchones, conchas de vainilla y chocolate, conos de crema, corbatas rellanas y sin rellenar, cubiletes, cuernos, pan danés, empanadas, encuerados, espejos, estribos, garibaldis, gendarmes, gorditas de nata, gusanos, hojarascas, ladrillos, mantecadas, moños, niños envueltos, novias, ojos de buey, pan de muerto, panqué, pie de queso, piedras, piojosas, polvorones, puerquitos, rebanadas de mantequilla con azúcar, rehiletes, roles de canela, roscas de reyes y trenzas.

No entiendo cómo la gente puede entrar por pan de sal sin voltear a ver el paraíso del pan de dulce que se hace en México. Le llaman valentía o fuerza de voluntad al rechazo a ese gusto dulce y culposo que me parece maravilloso. Pienso en todos los lugares de México, no hay uno solo en que no nos deje sorprender el pan típico; siempre están, siempre hay, acompañados de nombres que distan mucho de creatividad; que por su mera obviedad y gran variedad nos divierten.

Soy fanática de las orejas crocantes, no las suaves que se desbaratan; de las rebanas de panqué con orilla de chocolate, donde pueda comerme primero como ritual las orillas; de los espejos de chocolate, que pueda partir en pedacitos y engañarme a comer de a poco, hasta que queden solo migajas; de las adoradas piedras, que cuando puedo llegar por fin a morderlas, me las reparto a mordidas durante todo el día; de los panqués de nuez, de nata, de elote, que me gusta únicamente la parte de arriba, la quemada; por último de las donas de moca, que me dejan sin palabras, porque la boca de seguro la tengo ocupada saboreando.

Me voy… el regalo aguarda por mí. Tengo cita en la cocina, unos panes de colores llamativos esperan por mí. Es el destino del que les hablaba. Yo no los busqué; llegaron, tocaron a mi puerta y entonces, los invité cordialmente a pasar. Domingo de manteles largos. Llegaron mis invitados especiales.

Tres meses ya de crucero 🚢🥳🎉

La cabeza me va a explotar, salen muchas ideas, convertidas seguramente en papeles pequeños, muy pequeños, minúsculos, de colores brillantes o mates, veo un rosa mexicano, azul rey, verde bandera, amarillo sol de verano, blanco inocencia, naranja atardecer, “confeti”, le llaman;salen de mi cabeza como piñata adornada de siete picos cuando en navidad los niños emocionados las rompen; sí, como colores suspendidos que significan algarabía. Así surgen mis ideas, muchas febriles, curiosas, variadas, diferentes, fijas, originales, malas, felices, tristes, falsas, vagas, revolucionarias, innovadoras, extrañas, absurdas, modernas, remotas, luminosas, terribles, filosóficas, confusas, creativas, geniales, ligeras, elevadas, locas, progresistas, tradicionales, absolutas, conservadoras, románticas, descabelladas, corrientes, disparatadas; debo ordenarlas; antes, siquiera, a ser escuchadas; temo sientan ese pánico que a veces me corroe cuando me leo, cuando cometo el error de releerme; miedo por la cantidad de ideas, por la falta de orden; muchas son, todas formadas, en línea;las veo como soldaditos verdes y cafés cuan antaño jugaba con mis hermanos, esperando su turno para jugar a ganar la guerra… ¡qué tontería, jugar a la guerra!, pero lo hacíamos; todos queríamos ganar, todos queremos ganar, no he conocido a nadie que apueste a perder y si se me acerca alguien así, sin duda me alejaré. Palabras que buscan trascender. Salir y posarse en una idea. Palabras que ruegan por ser escuchadas.

No sonrías, ni me felicites. No es virtud pensar así, menos debe ser considerado regalo divino, no soy especial… ¿maldición?, tampoco lo creo, porque me divierto mucho, no puede haber algo tan hermoso con ese dejo de maldad, debe ser bueno, algo muy bueno; es genuino, al menos; hay ideas que salen de las cuales me sorprendo, ¿dónde moraban?, me pregunto; de ¿dónde salen?, no hay respuestas, dejé de hacerlas. Ya no lo cuestiono, dejo que se me impregnen, son mi esencia, mi diversión, mi naturaleza. Entran en desbandada. Generación espontánea, le dicen. Se multiplican. Se amontonan, se empujan, por ello ese desorden. Todas quieren ser primeras, todas pelean, luchan por salir al mismo tiempo. “No corro, No grito, No empujo”, ellas sí lo hacen. Justifico con eso el desorden, el aparente caos. Amo el desconcierto. Lo vivo siempre.

La escritura sosiega, ordena, aletarga. Acomoda piezas sueltas cual rompecabezas. Separa piezas por colores y trazos para que quede un lienzo con vistoso color; colores que contrasten, que se aprecien, que inviten a verse. Muchas veces los trazos torpes pretenden asemejarse a un estilo de Impresionismo, Realismo, Fotorealismo, Expresionismo, Abstracto, otros de Surrealismo; al final arte, le dicen; así mis ideas pretendidas, plasmadas en óleo, acuarela, acrílico, gouache, pastel, encáustica, fresco, digital, no importa el medio, solo plasmar. Me reconforto, me animo, me aplaudo. Soy mi verdugo, me exijo, me regaño; otras, me motivo. No se piense que por la posible cautivadora sinfonía que creoerróneamente lograr con mi escrito, puedo sentir el éxito; mi victoria radica en que al emanar algunas ideas mal o bien logradas, no importa el resultado, se abre un espacio para que otras puedan avanzar, con la esperanza, no la pierdo, de que un día, un pensamiento cautivador me sorprenda, tan bueno sea que lo desconozca y pueda hacerlo mío. Me enorgullezca de lo que me he convertido.

Eso hago al escribir… Hoy cumplo tres meses de volar, de imaginar, de crear, de viajar. De navegar. Amo el mar. Sin duda, este es el crucero que siempre había soñado tomar… hoy la pluma y teclado me han llevado a él. Me veo en él.

Negociación mágica… 🧙‍♂️🧌

6:00 a.m. primer mensaje de felicitación. Después llegaron otros más. Varios más. Personas de las que no sabía hace mucho, pero que todos los años recuerdan esta fecha. Todos mensajes hermosos. El pretexto, el día del abogado. Tantas profesiones y actividades que se rememoran, el día del abogado tiene un significado especial que dista mucho de la profesión que hoy ocupo. He vivido desde que recuerdo en un mundo del abogado, aun sin saber siquiera cuál iba a ser mi inclinación de estudio, mi padre ya lo era, sin perder la objetividad diría que era un fregón, así de simple, no hay descripción. Escuchaba esa palabra recurrentemente “abogado”… que algunos le decían para pedirle algún tipo de “consejo”; él con gusto contestaba las dudas que las personas que se acercaban a él le expresaban; mejor aún, les dejaba otras tantas que ellos no habían considerado. Completaba un esquema de preguntas, respuestas, problemas, soluciones, que regalaba a las personas desde una visión muchas veces implacable, pero cierta; siempre con la mejor de las intenciones, resolver apegado a la norma, decía. Buscaba todos los espacios en donde pudieran llegar supuestos no considerados para tener una solución previa a que se tuviera un problema. Así fui educada, no para ejercer esa honorable profesión en la que caí como un lugar seguro para posiblemente sentirme cerca de él, de mi padre; sino para tener criterio y resolver. Recuerdo bien una entrevista de trabajo que tuve hace muchos años, me preguntaban con duda genuina el tipo de abogado que era; la especialidad, querían conocerme mejor. Yo sin especialidad, ni inclinación por materia alguna; me puse seria, le dije a mi entrevistadora con seguridad: “dame un problema y te doy una solución… eso es lo que hago, esa es mi especialidad”; la mirada de ella, mujer muy exigente, cambió. Yo me quedé en silencio esperando una risa o que me diera las gracias. No, no hubo nada de eso. Fui contratada inmediatamente como su asesora directa. Fue el inicio de mi verdadera carrera, de mi verdadera profesión, de mi vocación, de lo que sin duda mi padre hacía, de lo que él me enseñó, de lo que alcancé a aprender; aunque él además de todo, sí tenía una especialidad, era penalista.

Este día de no ser porque trabajo, iría al Bosque de los Duendes en Huasca de Ocampo, Hidalgo, México; caminaría por el bosque, tocaría a la puerta de su tierna y acogedora casa de madera, me pondría mis lentes especiales de vista cansada por tanto leer leyes, expedientes, oficios, misivas, libros, jurisprudencia, diario oficial, gacetas, correos electrónicos; no cualquiera puede verlos, dicen; con lentes mágicos puestos, preguntaría en la recepción del bosque por el duende más osado y travieso; de seguro llegaría a él después de varios kilómetros de búsqueda, me presentaría; diría, hola mi nombre no importa, soy abogada, estoy a tus órdenes; dejaría que revisara mis ojos y mi alma para que analice que mis intenciones no son malas; con sonrisa de mi duende en cara, me atrevería a ofrecerle mis servicios; sus travesuras de seguro lo habrán dejado al margen de mucha legalidad en su mundo mágico; necesitará de un abogado, ahí estaré para él; discutiremos sin duda mis honorarios, le diré que no trabajo por hora, sino por caso, que por favor no llore, que no se preocupe, que no quiero quitarle ni tiempo; menos aun, sus monedas de oro; entonces, él me verá con sus ojos grandes, café claro y pestañas enormes; me preguntará qué es lo quiero a cambio de su defensa; yo me atreveré por fin a decirle lo que necesito; necesito que me ayudes a ver que de mi padre hay en mí. Qué porcentaje de mi mundo abogadil tengo de ese hombre que tanto admiro. Confieso que a mi duende lo he sorprendido, no imaginó que alguien le pidiera eso. Ahora no sabe cómo ejecutar la petición de su hoy abogada. En eso se le ocurre algo. Cierra los ojos, me dice; bien cerrados y apretados; no hagas trampa, insiste. Durante 5 minutos verás muchas imágenes, ahí encontrarás la respuesta a la pregunta que te trajo hasta acá. Cierros los ojos y lo veo. Lo veo platicando con su equipo de trabajo, lo veo en juntas, lo veo con sus jefes, lo veo analizando algo, lo veo discutiendo, lo veo defendiendo, lo veo resolviendo, lo veo sonriendo, lo veo explicando, lo veo leyendo, lo veo subrayando…. Se acaban los minutos prometidos. Ese duende lo ha conseguido. La mejor paga recibida por mis servicios aun no ejercidos. Me despido agradecida con expedientes mágicos en mano, tanto que analizar para su defensa; prometo regresar pronto, le digo. Antes de irme, le comparto un recuerdo, una terquedad que hice; cuando mi padre murió me era tan importante que en su velorio le pusieran antes de su nombre su profesión, el duende cliente se ríe conmigo; discutí horas con el administrador del velatorio, le cuento; de mi rostro se escurre una lágrima de nostalgia, el duende amigo se entristece… ¡ganaste sin duda!, el duende para alegrarme me guiña un ojo. Le sonrío con complicidad emocionada, mi primer asunto vencido, le comento. Se sube a unos escalones, me inclino, nos abrazamos; me despido. Tengo un mundo mágico que analizar para tu caso, le guiño un ojo.

Posiblemente mala memoria…

Camino rápido, muy rápido, llevo prisa ¿a dónde voy? No importa. Dejó de importar. Una voz amable me habla, primero dudoso, después cuando se coloca frente a mí, adquiere seguridad. Se escucha un “Holaaaa” pronunciado, cantado. Su tono no es de aquí. Posiblemente español. Él no tiene duda de mí, sabe quién soy. Yo tengo todas las dudas. No lo recuerdo. Su voz suena alegre. Lo siento familiar. Volteo a todos lados, puede ser una broma. No hay nadie. Me trata de abrazar. No correspondo a las señales de ir a sus brazos. Doy un paso atrás. Me separo. Sigue sorprendido por el encuentro. Se siente emoción de su parte. Mucha. De mi lado, todas las interrogantes. Debo decirle que no lo recuerdo [tic toc tic toc]… han pasado 3 minutos. Trato de recordar quién es, no encuentro en mi mente ni voz, ni cara que me lleven a alguien que recuerde; dice un “hola” con menos emoción y más seguridad, “soy Gregorio”, tampoco reconozco ese nombre. Trato, para evitar verme descolocada, sonreír. ¿Dónde he dejado mi memoria?, me reclamo. Solo sonreír, es lo que puedo hacer. Sonreír con la mirada. Él sigue platicando. No quiero interrumpir. En su plática refiere a personas que tampoco recuerdo. Pienso que he borrado a mucha gente de mi vida. Segura estoy que los alejo, no los olvido, pienso. Dudo de mi memoria. Gregorio sigue platicando. Es tanta la alegría por haber encontrado a quien cree que halló, que poco a poco voy desistiendo de mis ganas de aclararle que no soy esa persona que cree haber encontrado [tic toc tic toc]… han pasado 6 minutos.

No sé cómo me llamo, para él, ¿quién cree que soy? Entonces lo dice: me gusta verte bien Rebeca, tanto tiempo sin saber de ti. El nombre no me pertenece. Debo hablar y disculparme por la confusión. No puedo cortar el hilo de una plática tan rápida. Tan fluida. Es más, me parece una persona divertida. Un monólogo bien escuchado. No escatima en palabras, ni yo en escucharlo. Me gusta el ritmo con el que se expresa. Refiere con tono nostálgico, “los amigos han preguntado por ti”, “todos te extrañamos” [ tic toc tic toc]… han pasado 12 minutos.

No puedo seguirle la plática. Primera vez que no sé qué decir. Dejo que él hable. No tengo que hacer mucho, él está emocionado. Este encuentro no se lo esperaba. La sorpresa ha hecho en él que su voz no quiera detenerse. Dejo de escucharlo para esperar que pare y poder aclararle que no soy yo. Pero el tiempo sigue pasando, sigo sin hablar. Sonrío. Me siento a gusto. Debo aclarar la confusión. El tiempo perdido, pedir disculpas. Reírnos un rato por la confusión. Presentarme. Pienso que eso debió ser en respuesta a su saludo. No lo hice por descuido, no lo hice porque al principio dudé en conocerlo. Dudé de mí. Dudé de si en verdad lo conocía. Conozco a mucha gente. No quise ser grosera. Morbo no fue, pero siguen pasando los minutos, me veo imposibilitada a dar marcha atrás [ tic toc tic toc]… han pasado 18 minutos.

Pienso que pronto llegará la despedida, ya no tendré que hacer la aclaración, pienso. Eso me tranquiliza. Pronto su amiga reaparecida, volverá a desaparecer. Es todo. Me reiré en mi casa por esta charla. Me habla con cuidado, como si fuera una niña, no sabe cómo voy a reaccionar, teme a mis reacciones; poco a poco su dulce voz se vuelve un tímido reclamo; pregunta por mi ausencia, me suplica que vuelvan a estar todos juntos, que nos demos una nueva oportunidad. No sé de cuántos habla. Se oye un grupo grande y unido. Suplica que lo intente. Que me aparezca de pronto, que todos me extrañan, que se van alegrar. Aman las sorpresas. Lo escucho, ya no hay marcha atrás, no veo la salida de aclarar que no soy yo, Rebeca ha salido de su vida, de la vida de sus amigos, y no sabe por qué [tic toc tic toc]… han pasado 25 minutos.

La curiosidad me posesiona, sé que ya no es tiempo de aclaración. Una posible equivocación ya no es pretexto. Me pregunto, ¿qué fue lo que sucedió con mi gemela perdida? Gregorio no dice más. Entre todo lo que ha dicho, ha sido cauteloso de no repetir lo que posiblemente me invitó a no regresar. A irme. Lo veo fijamente, lo escucho, trato de entender qué le pasó a Rebeca. ¿Qué le pasó para no querer regresar con sus amigos? ¿Qué la hizo desaparecer?, pienso ¿estará bien… seguirá viva?, me preocupo. Gregorio entonces comenta que el día de mañana se van a reunir donde siempre, la hora, refiere, sí cambia… es nueva, dice que será a las 7 pm por Antonio y sus ocupaciones; ahora viaja mucho, debe levantarse temprano, todos lo apoyan modificando el horario de la reunión. Ella escucha, sabe la hora, pero sigue sin saber el lugar. Gregorio alude cuatro veces “donde siempre”, un lugar con información encriptada que elijo ignorar. No pregunto. Mejor no saber. No necesito más [tic toc tic toc]… han pasado 32 minutos.

Quiero irme, mi táctica simple. Abrazar a Gregorio, sonreír y decirle que lo voy a intentar. Ya tengo mi salida. Mi pretexto. Mi fuga de esta obra de teatro. La voluntad está puesta. Al menos Gregorio informará al grupo de nuestro (re)encuentro y de mi disposición de ir. En afán de sensibilizar a la persona que represento por error, mi desconocido saca de su bolsillo el celular para enseñarme en aras de nostalgia una foto de mi supuesto Yo. Mi Yo hace unos 5 años. Parece una fiesta de cumpleaños. Casi caigo y conmigo el celular que detengo en mi mano derecha, la impresión es mucha. Rebeca es igual a mí. Yo soy igual a Rebeca. Incluso decirle a mi nuevo desconocido que no soy yo, sería una disculpa que no entendería. Trato de reaccionar para no verme sorprendida de mi clon. Ya no quiero huir. Me interesa la vida de Rebeca. ¿En dónde estará?, pienso. Pronto me despediré y quedará como una anécdota más de aventuras a mis amigos, no me van a creer. Parece ficción. Gregorio sigue emocionado, me tiene enfrente, me dice que me buscaron por todos lados, que mi teléfono se encontraba apagado, decía número cambiado. Entiendo que Rebeca es más parecida a mí de lo que pudiera pensar. Se me hace tarde, voy a despedirme, de pronto devela el lugar del “donde siempre”. Ya tengo el lugar de la tertulia. Una información que no quería. No me queda lejos. Todas las piezas acomodadas para el reencuentro al que no iré. Al que no pertenezco [tic toc tic toc]… han pasado 39 minutos.

Me despido, muchos abrazos. Me duelen las piernas de estar parada tanto tiempo. Muchos abrazos. Muchas palabras de bienvenida, no hay despedidas. Me he quedado en vilo. No recuerdo ni a dónde iba. Se los dije, no era importante. No era relevante. Al menos cuando salí de la casa rumbo a, lo era. Ya no tiene importancia.

Pienso en Gregorio, un amigo perdido. En el grupo de amigos que no tengo. En esa me reunión. En el lugar de la cita. En que queda cerca. En ese parecido terrorífico con Rebeca. En que posiblemente mi voz sea igual, porque no dijo nada que lo hiciera reaccionar a una voz no conocida en el cuerpo de la Rebeca usurpadora. Rebeca falsa. Rebeca cobarde.

Amanezco, día siguiente. Abro los ojos. Pienso. Pienso mucho en Gregorio. Pienso en Antonio y su viaje. En los amigos perdidos. Pienso en la charla de ayer. Pienso en mi cobardía de no hablar… Cancelo reuniones. Escojo con esmero mi ropa, mi maquillaje, mis zapatos. Día ocupado. Día importante. Noche de sorpresas. Nunca me gustó mi nombre, pienso … Rebeca es un buen nombre.

Sin duda, más televisión, menos lectura…

Nuevo proyecto. Nuevo compañero. Un libro, Guillermo Arriaga otra vez en mi camino, sorprendiendo, ahora con “Salvaje”, Premio Mazatlán de Literatura 2017, refiere en la portada, IMPRESIONANTE, sin duda. Las palabras forman un puente por el cual se va avanzando, unas veces con pasos lentos, otros más rápidos, hasta un ritmo trote. Se intercalan las emociones. Los ritmos. Galopan a los artilugios de las frases. A capricho del avanzar de las hojas. El ritmo no lo controlo. La historia me ha tomado. Secuestrada por un libro. Cierro y abro el libro. Abro y cierro. Intercalo lectura con otras actividades.

Nuevo proyecto. Nuevo compañero. Un libro, Guillermo Arriaga otra vez en mi camino, sorprendiendo, ahora con “Salvaje”, Premio Mazatlán de Literatura 2017, refiere en la portada, IMPRESIONANTE, sin duda. Las palabras forman un puente por el cual se va avanzando, unas veces con pasos lentos, otros más rápidos, hasta un ritmo trote. Se intercalan las emociones. Los ritmos. Galopan a los artilugios de las frases. A capricho del avanzar de las hojas. El ritmo no lo controlo. La historia me ha tomado. Secuestrada por un libro. Cierro y abro el libro. Abro y cierro. Intercalo lectura con otras actividades.

“La Tiznada”, “La Calavera”, “La Democrática”, “La fría”, “La Segadora”. Está presente. Y sí, horroriza pensar en la sorpresa con su encuentro. Nada es para siempre. Me aferro a lo que creo que es mío. No quiero que esta historia se haga propia. Es bueno abrir y más cerrar el libro a mi capricho. Al menos las doscientas hojas recorridas, han sido una carrera larga. Me estoy recuperando de las palabras asumidas. Las pienso. El libro ha cumplido la promesa no hecha, de cautivar con intriga.

No quiero que acabe, trataré de aletargar el final. Primer libro que me obligo a cerrarlo para poner la televisión. Se requiere un respiro de tantas palabras tan bien logradas. La pluma de Arriaga se escapa a la lógica del ser humano…; las palabras me las tomo como un café; no cualquier café; me refiero a ese único que le pertenece a las mañanas. Ese con el que respiras cuando ese sabor llega a tu garganta. El café que cura una mala noche y la crónica de un día posiblemente desastroso. Los libros de Arriaga se me resbalan. El segundo que descubro, debe haber más. Estoy intentando detener el agua con las manos, no puedo!, escurre en mis dedos el libro líquido, así las palabras, sus palabras.

Pienso en lo que debe costar escribir un libro, meses, años. La apuesta a tu libro. Días de investigación, escritura, rehacer, corrección, precisión, lógica. El juego de las palabras precisas en el lugar adecuado. Muchas frases, ideas, historias. Una enorme emoción, descubrir ese trabajo. Saborearlo. Vivirlo. Contarlo. Mordisquearlo. Es mío. Solo mío. Otro tema de pláticas. Muchas pláticas.

Una historia que invite a dejarlo todo por esas horas que un despistado lector invierte en adentrarse en esa historia. De hacerla suya. Ya soy presa de esa historia, sin duda.

Escritor, me pregunto, que es mejor, que te lean rápido o lento?, Será que leerte rápido es una afrenta para ti y el tiempo en que tardaste en escribirlo? cierta no estoy de eso, sí de que si hubieras pretendido que la lectura fuera lenta, no te atreverías a escribir de esa forma; forma que hipnotiza.

Ayer me descubrí con hambre, el estómago pedía consuelo, yo lo ignoraba, la lectura no podía parar. No podía salir de esa calle, de esa casa y de ese dolor. La comida puede esperar, el dolor no espera, entra por los huesos, te mantiene en vilo. No hay negociación para su huida. Llega, se asienta y no se va, no tan fácil se retira. El Salvaje brinda un boleto de vivir la tragedia, la tragedia real. Me veo en esa calle; con esos amigos; drogas, aludiendo la tan aclamada justicia; la sexualidad, el despertar; tristeza, trepando en azoteas, haciendo negocios, comprando mercancía, viajando a europa; discusiones irreales o muy reales con gente inflexible; peleando por lo que creemos; analizando la alegría pedida del duelo de unos padres; viviendo la diferencia de clases sociales; aspirando la hermandad; descubriendo la palabra “culpa”, apropiándome de esa responsabilidad, “maldita culpa” como fiel acompañante que no suelta, la culpa como sombra pegajosa, sentimiento que no permite disfrutar el presente. La Dama Delgada, La Patrona, La Patas de popote, La Tía de las Muchachas, Doña Osamenta. Sigue presente, es protagonista. No se ve, pero ahí está. Lo sabes. Siempre presente, la única certeza de la vida. Vida y muerte, aliadas. Siempre juntas.

Estoy leyendo, mientras absorbo las páginas como narcótico y hablo, suelo ser lectora silenciosa, hoy no; lo leído me hace hablar con Carlos, con el llamado Cinco, con esos padres, con el narrador; hablo mucho; reclamo más que hablarles, aprendo a tener calle. Sí que estoy aprendiendo. Muchas lágrimas que no se lloran. No cumplen su objetivo. Se sabe que es momento de llorar, el libro lo dicta en voz baja, lo cuchichea, insiste, la mal entendida valentía no los deja, no me deja, tampoco. Probablemente a su clase y no me refiero a la social, no se les enseñó a llorar; mucha soledad y muerte, sus perros de compañía. La Huesuda, La Pelona, La Cierta, La Triste, La Pachona, La Calaca, La Tilica; presente en su relato, sombra cosida con hilvanes no cuidados; parece que tatuaron con sangre las letras. Magistral el libro. Se siente el dolor. Se hace la comuna del dolor. Se calla por respeto. Se quiere decir algo. Se quiere reclamar al escritor… el dolor… ese dolor que se puede tocar mientras se lee, ese dolor que huele, ese dolor que deja estela de impotencia mientras lo aspiro. Junto al dolor, risas. Muchas risas. Me río del dolor? Posiblemente. Eso hace este libro. Dolor y risa. Risa y dolor. Dolor y dolor. Risa y Risa. Como cuando ves una flor natural y uno dice, es hermosa parece artificial. Lo mismo pasa con una artificial. Se dice que es tan bella como si fuera una natural.

Este libro tiene eso. El ingrediente de flor artificial. La narración te lleva de la mano tan natural como si fuera la vida misma. Así siempre ha sido. Una amalgama entre dolor y alegría. Todo el tiempo.

Me tienes es vilo. Me queda mucho camino por recorrer a tu lado. Debo, por lo pronto, ignorarte… prender la televisión.

Un mal de familia…

¿Han escuchado la frase? “No tiene desperdicio”, se oye fuerte, es una frase con soberbia. Con la seguridad de que no habrá alguien que diga lo contrario. Quien la dice, asume que no hay excepción. Que no hay alguien que vaya a pensar lo contrario a lo que uno, sin humildad alguna, está afirmando. ¿Es una recomendación? Parece más una orden disfrazada con atuendo de amabilidad. De un “te lo digo”, pero “como quieras”. Pero… “sería recomendable que lo hicieras”, pero… “como quieras”. Aunque es imperdible, pero… “como quieras. Te arrepentirás si no lo haces, pero… “como quieras”. La frase de orden, ataviada de mera sugerencia. 

Pues bien, sin querer hablar con el velo de la frase entrecomillada, ayer se comunicó conmigo una persona querida, un gran corredor que admiro mucho, entre la plática sostenida me preguntó si había visto una película llamada “The Art of Racing in the Rain”, en español la tradujeron como “Mi amigo Enzo”, yo tan alejada por el poco tiempo; no así por el gusto o mi edad, del mundo de Disney, ni si quiera había escuchado de ella, no estaba en mi mapa de películas pendientes; refirió que se había acordado de mí porque la película es de un perro. Alguna vez comentamos él y yo que mi corazón aparentemente de pollo, como algunos creen, es de perro. De perro grande, peludo, con ojos hipnotizantes. Por ello, entiendo su recomendación.

Pues bien, seguí la encomienda, me dispuse con palomitas en mano a relajarme en una noche de lluvia. Solo les diría, para no contar nada más de lo permitible, que el narrador de la película es un perro, Enzo se llama.

Me niego por respeto a todos a contar nada, quitaría con palabras que no pueda controlar, el factor sorpresa; factor que no puede ser arrebatado a un cinéfilo; es parte del juego del guion, de la dirección y de la comunión que se tiene como espectador con la pantalla, con los personajes, con la historia, con la dirección, la fotografía, el vestuario, ambientación; sin duda, parte de su aprendizaje. Las películas se sienten, se viven, siempre me lo digo; al ver una película observo el cómo se deja de ser para convertirse en otro. El cine hace eso, nos muta. Nos transforma. Solo si nos permitimos observarlo. Con todos los sentidos. Hasta, con el sexto. Sí, con el sexto sentido!!!!!

El tema parece aburrido, trillado, ya tan utilizado, que no invita a nada, la historia de un perro. La película que parece tan de niños tiene muchos temas de adultos que pudieran ser dignos de una buena charla, acompañada de un café o con más confianza con el interlocutor, de un mezcal. Muchos temas a analizar, envueltos de saliva y pelos, a través de la voz de la experiencia y unos ojos de un afelpado color miel.

Quien me recomendó la película comentó que le habían salido unas lágrimas; en mi afán de ser valiente, hasta apreté los dientes para ser fuerte mientras transcurría el tiempo. Llegó un momento que me acercaba a los últimos veinte minutos; pensé que la película era buena, la temática también, pero que no había logrado hacerme llorar o sentir algo de tristeza; no omito señalar que previendo todo, junto a mis palomitas acerqué de una manera un tanto dudosa una caja de pañuelos, solo por si las lágrimas me traicionaban, debía de cuidar el maquillaje, pensé. Como nada pasaba más que una tristeza constante que me era controlable, pude relajarme y mi mentón volvió a relajarse con esas pachoncitas palomitas que hacían su trabajo de servir como compañía en momentos de película; la película ya casi por concluir; se bajan las barreras de alerta, dejamos que nos conduzca a su final. A su inminente y tranquilo final.

De pronto, sucede en segundos, como todo en la vida; la tranquilidad que uno tenía se torna en angustia, tristeza, desasosiego; comienzan entonces, a salir lágrimas, de forma enfermiza, incontrolables, los pañuelos me eran insuficientes; de lágrimas se convirtieron a sollozos tímidos, hasta que comenzaron a ser evidentes, escandalosos. Quejidos. Estaba inconsolable, ese era mi adjetivo. Abrazada a mis perritas no dejaba de llorar. Fueron mi pañuelo, los que ya se me había acabado. Mi consuelo. Mi preocupación.

Me imagino tomando un café contigo; nos sentamos en un lugar apartado, mucho de qué hablar; el mío negro, diría; el tuyo posiblemente capuchino con leche deslactosada light o algo rimbombante que parezca todo menos café; antes de que me digas cualquier cosa, te diría… Vi una película… No tienes que verla, pero… sin duda… “No tiene desperdicio”.

Nota importante al margen: mi madre la vió y le pasó lo mismo, posiblemente sea un mal de familia…

Paraíso perdido… 😞

Me veo en el espejo, hay arrugas, muchas, dicen que son las pestañas de la experiencia; posiblemente tenga a cuestas mucha; ¿manchas? a lo mejor no tantas, pero comenzarán más pronto que tarde, ya las espero, hoy solo pecas, muchas pecas; la piel más delgada, sin duda; mi cuerpo ha cambiado, ya no es ágil como antes, nunca lo fue, hoy poco a poco se agota, no lo reconozco; mis manos, mi cuello, mis párpados, todo comienza a develar la edad; ya no será fácil ocultarla, se adivina con facilidad, solo quisiera que en ese juego de adivinar no se pensara que son muchos más. Me veo, me reconozco porque no he salido de esta piel por mucho tiempo; me hago preguntas, no encuentro respuestas. No las hay. No guardo evidencia de nada. He olvidado todo. Los momentos se me escurrieron de las manos, no pude detenerlos. No me di cuenta el instante en que crecí. Posiblemente todo fue paulatino, a pasos pequeños, a pies puntillas sin que haya tomado atención de algo. No hubo consciencia de nada. Solo dejé que todo pasara. No hay un antes y un después. Pero el antes, sin dudarlo fue mágico. Mis raíces. Mis valores. Mis costumbres. Mis recuerdos. Lo que atesoro. Todo viene del antes. La línea que separa estos momentos pasó de largo. La ignoré. Debí ser más cuidadosa. Escribir un diario. Lo debí haber hecho, me reclamo. Podría estar releyendo en qué momento mis pensamientos se tornaron a lo que hoy soy.

¿En qué momento fui una niña? No lo sé; ¿en qué momento dejé de serlo? No lo sé; ¿cuándo dejé de salir al parque a jugar… qué jugué la última vez? No lo sé; ¿cuándo dejé de jugar con corcholatas con mis hermanos para hacer carreteras para competir con sus cochecitos… quién habrá ganado? No lo sé; ¿cuándo dejé de jugar el avioncito? No lo sé; ¿cuándo me dejaron de celebrar mis cumpleaños con mis amiguitos de la escuela… cuántos años tendría? No lo sé; ¿cuándo dejé de comer pastelitos, sin miedo a engordar o a cuidar la salud? No lo sé; ¿cuándo dejé de ir a la tienda por golosinas… cuál habrá sido mi última compra? No lo sé; ¿cuándo dejé de disfrazarme… de qué sería mi último disfraz? No lo sé; ¿cuándo comencé a intentar ser responsable… lo soy? No lo sé; ¿cuándo sentí que mis opiniones eran importantes? No lo sé; ¿cuándo pude estar en una plática de adultos? No lo sé; ¿en qué momento comencé a cuestionarme todo? No lo sé; ¿cuándo dejé de ser indiferente a las noticias? No lo sé; ¿cuándo habré sido consciente de mi país? No lo sé; ¿cuándo aprendí a bailar? No lo sé; ¿en dónde bailé por primera vez… con quién? No lo sé; ¿cuándo comencé a preocuparme por el dinero? No lo sé; ¿cuándo comencé a ocuparme de las cosas? No lo sé; ¿cuándo dejé de hacer mi carta a los Reyes Magos? No lo sé; ¿cuándo dejé de ver los anuncios para hacer mi lista de regalos? No lo sé; ¿cuándo dejé de preguntarme si había sido buena niña en el año? No lo sé; ¿cuándo dejé de espiar a mi padre mientras él estudiaba? No lo sé; ¿cuándo dejé de querer escuchar consejos, porque pensaba no necesitarlos? No lo sé; ¿cuándo dejé de pedir ayuda, porque pensé que de grande no se necesitaba apoyo? No lo sé; ¿cuándo dejé de creer en ese gordo risueño que se atoraba en la chimenea? No lo sé; ¿cuándo ese roedor bigotón dejó de esconder billetes bajo mi almohada e intercambiarlos por dientes? No lo sé; ¿cuándo me dejaron de contar cuentos? No lo sé; ¿cuándo dejaron de revisar mi tarea? No lo sé; ¿cuándo comencé a gustar de la ropa y los zapatos? No lo sé; ¿cuándo alejé a mis padres porque ya me sentía grande? No lo sé; ¿cuándo me sentí independiente… lo soy? No lo sé; ¿cuándo dejé de pedir ayuda? No lo sé; ¿cuándo comencé a ayudar? No lo sé; ¿cuándo mi hermana se volvió mi confidente? No lo sé; ¿cuándo mi madre se convirtió en mi mejor amiga y posiblemente mi hija? No lo sé; ¿cuándo me acostumbré a vivir en una casa diferente? No lo sé; ¿cuándo comer sin el barullo de mi familia se volvió normal? No lo sé; ¿cuándo dejé de recordar la voz de mi padre? No lo sé y me parece imperdonable; ¿cuándo comenzamos a ocupar su lugar en la cabecera? No lo sé; ¿cuándo dejé de usar zapatos para usar zapatillas? No lo sé; ¿cuándo usé mis primeros tacones… de qué color habrán sido? No lo sé; ¿cuándo comencé a correr? No lo sé ¿cuándo me maquillé por primera vez? No lo sé; ¿cuándo me preocupé por usar cremas para prevenir arrugas? No lo sé; ¿cuándo utilicé por primera vez perfume? No lo sé; ¿cuándo me pinte las uñas… de qué color habrá sido? No lo sé; ¿Cuándo fue la primera vez que cociné algo, sin que me supervisaran por miedo a quemar la casa? No lo sé; ¿cuándo emití mi primera opinión… habrá sido buena? No lo sé; ¿cuándo defendí mi primera idea… qué habrá sido? No lo sé; ¿cuándo leí por primera vez el periódico… qué noticia me habrá llamado la atención? No lo sé; ¿cuándo decidí ser abogada y no estudiar arte dramático? No lo sé ¿cuándo leí mi primer libro… qué libro sería? No lo sé; ¿Cuándo me enamoré por primera vez… me habrán amado? No lo sé…

¿Cuándo terminó ese paraíso? No sé; ¿Paraíso perdido? Cierta no estoy… Perdido sería no haberlo vivido y sí que lo viví, me digo. Entonces, pienso, sigo “in crescendo” mi paraíso. Mi paraíso tiene nombre, es mi vida.

Nota final para que sea leída en voz baja. “Soy la puta ama del Universo”, me digo mientras me veo en el espejo; pero eso no lo puedo decir en voz alta, ni escribir… porque se oye mal, se lee peor; aunque sea a todas luces cierto.

Manifiesto de locura

Llenaste mi casa de plantas, de esas que buscábamos y de otras que encontramos sin buscar; de luces tenues, de comidas, de música, de orden, de ti, de sentir que mi casa está completa contigo, de juegos, de apoyo.

Llenaste mi tiempo de pláticas, de planes, de series, de libros, de risas, de helados, de tu voz, de nuestra voz, de un “tú qué opinas”, de un “te quiero contar”, de un “quiero estar contigo”.

Llenaste mi cabeza de nostalgia, del presente, de proyectos, de un jardín con perras corriendo, de pensar en un futuro por primera vez, de aventuras, de proyectos, de un “lo podemos hacer”, si solo sí, estamos juntos.

Llenaste mi corazón de certezas, de seguridad, de verme en tus ojos, de apoyo, de complicidad, de apapachos, de cursilerías, de arrumacos, de un “nada es suficiente” si estamos separados y de un “todo es posible” si estamos pegados cual lapas.

Llenaste mi vida de colores, de olores, de aventuras, de sueños, de un compartir con alguien, de un para siempre, de un tiempo que me queda a deber si no estás, de lecturas, de abrazos apachurrados y de besos espontáneos.

[…]

Ufff […]

Me inundaste con tanto en tan poco tiempo; sábete Tú receptor de la misiva, que la presente se torna manifiesto a una inminente locura de amor… esto es lo poco que pude escribir […] lo poco de mucho que me permití escribir.

Agradecimiento a un amigo poco común…

El silencio me cubrió. A lo lejos una música tenue se alcanzaba a escuchar. Me acompañó la lectura. Tus palabras. Solo un libro. Tú me acompañaste. El fenómeno de no poder dejar de leerte como si las letras fueran a desaparecer cuando se deje de tener en las manos. Se siente la necesidad de que me hables. Una voz con un ritmo cautivador. Sensual, sin duda. Eres una plática que no calla. No quiero que pares. Pocos libros han desestabilizado mi tiempo. Monopolizaste todo. Llevaba tiempo esperando encontrarte. No te busqué. Llegaste. Fuiste enviado antes de (re)aparecer la persona que lo obsequió. Eres la carta de presentación a un (re)encuentro. Te llamas “salvar el fuego”. Haces honor a tu nombre. Me salvaste de muchas cosas. Me salvaste de mí. Encaminaste decisiones. Me vi en el libro. En ti. Me ayudaste a decidir. Me recordaste a mi yo muy abandonado. Pusiste en letras parte de lo que nunca me he permitido pensar. Menos decir. Las palabras son placebos que necesitaba tomar. Tú me las diste. Me impulsaste a seguir escribiendo. Me cuestionaste mis decisiones. Me fortaleciste. Hice cambios en mi vida. Me hiciste sentir valiente. Lo fui. Me regresaste al camino de la lectura. Busco ahora lo que siga de ti. No será fácil el que llegue. Me motivaste a seguir con la escritura. Sigo en el intento. ¿Mi fuego? Ya no había fuego. Comienzo a arder en él.

A treinta hojas me encuentro de cerrarte. Comienzo a despedirme. Pronto terminaremos esta charla. Busco el mejor momento para decirte adiós. El desenlace llegará pronto. Posiblemente hoy sea el momento. ¿me gustará tu palabra final? ¿tu cierre? Es algo que valoro en los libros. Dudo enfrentarme a esa disyuntiva, todas tus palabras han estado en su sitio. Las frases y las historias danzan en mis ojos, viajan a mi mente, se anidan en mi corazón. Ahora es más grande que cuando te conocí. Duele leerte tan rápido, aceleré tu fin. Te me estás escapando. Debí ser más lenta y leerte de a poco. No lo pensé. Hoy lo pienso. Ya es tarde. Dejarás de ser mi compañía. Debo buscar otras letras que me acompañen. Otro libro que me atrape. No tienes, hasta hoy, comparación. Mis ojos no mienten. Me brillan cuando te toco y me platicas. Sin duda, pronto nos despediremos. Mañana estaré buscando con qué sustituir tu partida. ¿Podré? Mi fuego regresó, con ello mi vida. Cumpliste tu cometido. Vivo abrasada en estas llamas por ti, salvando con éstas, mi entonces ajena vida.

Me salvaste, es indudable; me avivaste, también.

G R A C I A S

Jugar a imaginar…

Me gusta imaginarme como algo inanimado, juego a pensar en qué sería si fuera libro, si fuera un platillo, si fuera un lugar, si fuera zapatos, si fuera color, si fuera ciudad, si fuera clima, si fuera aroma. Tengo puesta mi aparente personalidad en cada una de ellas; con el tiempo, mi juego cambia; mis “qué sería si fuera…” se confirman las menos, cambian o se acumulan varias posibilidades, otras veces, mi cambio a “ser algo”, se debe a una posibilidad que a mis ojos parece ser mejor que la otra; este juego lo he tenido desde hace mucho tiempo, comenzó en la primaria, desde esa corta edad, recuerdo, me preguntaba en qué podría convertirme, cerraba los ojos y lo deseaba con esa inocencia que todo lo puede, quería ser algo y no alguien.

Desde pequeña he jugado en ser un libro, comencé por la “Rebelión en la Granja” de George Orwell; siguió esta pasión por la lectura y por el juego, con “Pétalos al viento” de V.C. Andrews; seguí con “La Columna de Hierro” de Tylor Caldwell; con “La historia interminable” de Michael Ende; también llegó “Kane y Abel” de Jeffrey Archer; me impactó “La Insoportable levedad del Ser” de Milan Kundera; “La tabla de Flandes” de Pérez Reverte, robó el lugar; pero llegó a mi vida “Crimen y Castigo” de Dostoievski; después un poco meloso “Sputnik, mi amor” de Haruki Murakami; Impactante fue “El perfume” de Patrick Süskind; “Diablo Guardián” de Xavier Velasco, lo fui por mucho tiempo; pero llegó “La Elegancia del erizo” de Muriel Barbery, que todo lo desbancó; conforme avanzaba en la lectura, preferí ser una “Ladrona de Libros” de Markus Zusak; después, “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura; un “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar; un “Demasiado Amor” de Sara Sefchovich y así, mis camaleónicas transformaciones, hasta convertirme en “Salvar el fuego” de Guillermo Arriaga, mi nueva novela favorita. Hoy si me preguntan, soy sin duda ese libro; mañana seguro seré otro. Aunque hasta hoy dudo que otro me atrape igual.

En los platillos tengo muchas aspiraciones, todos cocinados por las manos más hermosas, las de mi madre, pero si suelo estar fuera de su alcance, posiblemente sería la comida más sencilla, de ser posible separada, para probar en su pureza cada alimento, un sashimi mixto acompañado de un gohan podría ser un manjar, pero en eso pienso en un mole con arroz, unas tortas de plátano, un mole de olla y se vuelve todo tan confuso; si fuera un lugar, he cambiado tanto de deseos, sin duda voy y vengo, aunque siempre regreso a mi hogar, a mi hogar de niña, a mi hogar, que tiene nombre: los brazos de mi madre, ese lugar ha sido constante, regreso siempre a él.

Si fuera zapatos, sin duda sería unos rojos de piso, tal como los de Dorothy en el Mago de Oz o unas zapatillas con tacón coqueto, de preferencia con un moño, que haga contraste al color del zapato; un moño que demuestre un poco de la niña que aún queda en mí. Si fuera color, sin duda sería un rosa mexicano, un azul turquesa también, pero a veces pienso en el negro, el del respeto a protocolo, el del recogimiento, el de la seriedad, también puedo serlo y más de las veces lo soy. Si fuera ciudad de seguro sería una ciudad pequeña con hermosas casas, vista de fotografía, sin duda Praga sería una opción, también Valle de Bravo, Toledo, el Centro Histórico de mi Ciudad de México, No podría faltar Oaxaca.

Si fuera clima, de seguro sería frío, sin lluvia. Ese clima que se necesita estar con una taza de café, un vino tinto o un mezcal, sin duda, abrazada a tu piel en una ventisca y con ese pretexto quedarme ahí todo el tiempo. Mi aroma, de seguro sería el olor de las gorditas de la villa, de los frijoles con hoja de aguacate, de bolillo recién sacado del horno, de un libro nuevo, el olor de los huevos recién hechos, de chilaquiles con salsa verde y cebolla; hay tantos aromas en mi vida, que la decisión es impensable.

Nunca me aburrí, porque siempre jugué a ser algo. Tuve los ojos y la mente ocupada, observando, analizando y decidiendo todo lo que mis sentidos captaban para poder, según yo, soñar a ser. Cuando ya desde siempre fui. No lo sabía. Hoy, lo sé. Hoy soy todo eso que siempre jugué a ser.

ILLUMINATO

Como las margaritas cuando se buscaba la verdad a través del “me quiere o no me quiere”, me ha tocado el “no me quiere”. La escritura elige cuándo hay que callar. La página en blanco como el silencio dice más que las palabras. La no acción transmite, también tiene consecuencias y toca fibras. Cuando las palabras aun con la ventana abierta, deciden no salir, el clima aparentemente se torna grisáceo, pero si logras ver, son nubarrones que encierran figuras de dragones. Las palabras juegan, se esconden. También se han agotado. Descansan en pantuflas. Listas para deambular. Luego de unas horas, se encierran para entonces dormitar. [shhh]

Nuestro silencio tiene voz ronca, aterciopelada, seductora, con pericia en dicción; sus tonos de confidencialidad permiten que dancen murmullos que ajenos a labios se dejan escuchar. [shhh]

Escribo sin escribir. Me gusta. Soy buena callando. Callar cuando no hay nada que decir. Callar cuando no se tenga la intención de decir algo, aunque se tenga mucho qué decir, las ideas también se ocultan, se mimetizan. Enaltezco y me rindo a los pies del honorable dios del mutismo selectivo, que hoy me iluminó. [shhh]

Cambiar de piel

Parecer ser, sin perder tu ser. Ser otro, por un breve instante. Ponerte prestada la piel de alguien, quitarte, entonces el disfraz. Hacer lo que en tus días no te permitirías. Aprender diálogos que no reconoces como propios. Tener reacciones que nunca has experimentado. Fingir que tus movimientos son naturales. Gesticular el rostro de formas tales en dónde no han dejado huellas las arrugas; no son movimientos comunes en ti. Vestirte con esmero. Verte, sin reconocer tu silueta en el espejo. Hablar con ritmos disímiles; ritmos que advierten sonidos ajenos a tu voz. Superar constantemente ese yo molesto que estorba. Representar a ese otro que convenza a todos, que convenza a uno. Aceptar que el Yo obstaculiza la tarea. Limpiar costumbres. Barrer signos que puedan reconocer al Yo que se esconde. Gozar del privilegio a ser otro; la quimera de cualquiera. Dejar la piel colgada en el armario del que eras, pronto deberá volver a ser calzada por quien eres. Regresar a tu cuerpo, aspirar tu vida, la que ya conoces, en la que posiblemente ya no te esfuerces… ¿y si ya no puedes regresar? ¿y si al que aludes es más interesante? ¿si esa vida fue más generosa que la tuya? ¿si esa piel se ha pegado a tu carne?… Sin duda, la mejor actuación de tu vida.

El ingrediente secreto…

Persigo la libertad, la busco, la necesito, la respiro. Me gusta flotar, volar, ser color. Si llega un temporal, me quedo pegada, no puedo salir, no puedo moverme, sufro, debo soltarme, no estoy bien, dejo de sonreír, no soy feliz. Me vuelvo sombra. No me gusto. Debo saltar. Me gusta estar bien. Me gusta gustarme. Mis alas se han humedecido, debo secarlas. Me ahogo. Busco salir a la superficie. Preparo el vuelo. Salto. Debo ser yo. Me gusta ser yo. Debo salir. Fluir. Brotar. No me gusta discutir, no me gusta pelear. Me lastimo las alas. Veo pláticas. olfateo conversaciones, detesto los reclamos. Me gusta construir. Me gusta que la gente esté dónde quiera estar y con quien quiera. Que las almas se acomoden como quieran. Que cada quien encuentre su punto. Que me dejen estar en el mío. Que sean felices. Que yo lo sea. Que, si no lo son, lo digan, lo acepten y vuelen. Que todos podamos tomar vuelo, ir y venir, con los suyos, yo con los míos; cuando puedan, cuando quieran; cuando pueda, cuando quiera. La libertad de amar a las personas sin ataduras, sin prohibiciones, sin razones, sin obligaciones; sin algo que no sea o deba ser. Amar por amar. Sin mendigar amor, sin buscarlo. Sin que lo exijan. Que se dé. Que se cultive.

Mi fragancia es floral, con notas de salida de lichi y fresa; con notas de corazón de magnolia, pimienta, jengibre, mandarina y jazmín; con notas de fondo de jazmín, almizcle y ámbar; con un ingrediente especial: notas cálidas especiadas de libertad; con acordes cítricos, afrutados y frescos de felicidad.

El olvido que nunca serás…

Irremediablemente me llevaste a recordarlo.* Ajena estaba a este día de celebración y entonces te vi. Apareciste como una recomendación de Netflix. Decía que había ganado muchos premios.** Los primeros minutos me dejaron pegada a ti. Pensaba que la vida familiar que yo conozco, parecía ahora de película, de esta película. Algo que podría verse como ficción, es a mis ojos una estampa de mi niñez.

Tanto buscar qué ver para distraerme de este día y aparece esa película que sin lograr el cometido me llena más de ti y de los míos. El cambio en la película de blanco a negro a colores es un sinsentido que cobra sentido al vivir la película. La diferencia de lo que conocemos supondría que el blanco y negro es el pasado. Aquí nada es convencional. Los colores significan los recuerdos. Así de llamativos los representan. Cuando llega el presente, que se conecta con el principio y a las tres cuartas partes de la película, se torna en blanco y negro. Alegoría, posiblemente que los colores, hoy sombríos, han cambiado por las vivencias. La vida ha golpeado. Golpeado muy fuerte.

La historia no es vendible. Su tema es común y aburrido. Un padre, una madre, muchas hijas, un hijo. Una vida acomodada. Mucha cultura, educación, amor, valores, religión. Nos llevan a un convivio desde una comida y sus pláticas, tertulias, canciones, lectura de cuentos de niños. Y ahí estaba yo. Disfrutando de esas reuniones. Haciendo mías las travesuras, las risas, las serenatas, las enseñanzas. Las actuaciones, la historia. El guión. La dirección. Me vi saboreando un helado de zapote con un Arzobispo. Escuchando de la enseñanza del grandioso pueblo judio. Aprendiendo lo que le decía a sus hijos, sobre todo al varón, escuchar lo que en un discurso los alumnos decían de él. Conocerse a través del otro. La enseñanza de aprender a cuestionarse todo. Tener criterio.

Hay una escena en donde el niño se despide de su padre y le dice que es “Héctor tercero”, se disculpa por decir “tercero” cuando debería decir “segundo”, aclara que su padre vale por dos, por eso él debe llamarse “tercero”. En pláticas con la monja que cuida a los hermanos pequeños. El niño afirma no querer rezar porque se quiere ir al infierno, previo a que la monja le había dicho enojada que su padre no iba a ir al cielo por no acudir a misa los domingos. El niño está resuelto a acompañar a su padre a dónde la monja crea que vaya ir. Cielo o infierno no importa. No importa si es junto a su padre.

Es una película de amor. Amor de un padre a su familia. A su esposa. A sus hijos. A ese pequeño único varón que rompía todo en él, el menor. A sus creencias. A su sobretodo los suyos. A su “trabajo en esto” porque creo en que siempre se puede construir algo mejor. A su amor desmedido por el otro. A sus ganas de dilapidar su conocimiento y tiempo, por el bien del menos favorecido.

Más de dos horas. Termino de verla sin poder abrir bien los ojos. Los ojos me han quedado de panda. Hinchados. No ven bien. A diez minutos de su término quise ponerle pausa y negarme a seguir viéndola. La historia fue y no puedo cambiarla con un control remoto. Aunque me encantaría, seguí viéndola. Fui por un pan para que las penas fueran menores. No lo conseguí, al menos comía mientras las lágrimas seguían saliendo y remojando en llanto mi pan, no tenía conocimiento que uno podía llorar tanto. Otro descubrimiento para mí.

Los detalles de la película como imagino del libro** al que hoy me veo obligada a comprar, que ya lo he hecho hace unos minutos y sin dudarlo a leer, fue escrito por su hijo. Ese niño del que se enamora uno. Los ojos puestos en su padre. La película está dirigida a eso. A los ojos. A los ojos de esa madre hacia su esposo. A los ojos de los hijos hacia ese padre. A los ojos de ese hijo que sigue a su padre toda su vida. Que lo lleva en la piel. Que quiere aprender de él. Que acepta sus regaños y los convierte en consejos. No deja de amarlo y admirarlo, pese a que la edad de los hijos muchas veces nos separa en pensamiento y comprensión de la edad de los padres. La curva de la falta de paciencia se separa mientras el joven crece y el padre envejece. Aquí se advierte, esa familia no es ajena a la realidad. No hay ficción a pesar del premio ganado. Hay en estas relaciones elementos constantes: entendimiento, empatía, respeto. Los valores que en su momento se inculcaron como hilos invisibles sin saber para lo que iban a ser necesarios, comienzan a ser visibles. Se ven, se utilizan, se distinguen de los demás.

Mi padre creía en la educación, en los valores, en la unión familiar. Esa fue su apuesta de vida. Su esposa, su elección. Sus hijos, su responsabilidad. Su familia, su pasión. Todo quedaba enmarcado en un estar juntos. Enmarcado en fotografías de viajes, muchos viajes; parte de la educación, decía. De fiestas, de diplomas, de recuerdos, de comidas, de pláticas, de regaños, de risas, de muchas comidas que significaban pláticas, de mucha gente que nos seguía, que seguía a mi padre, que lo admiraba. Me vi en esa película con mi familia. Me vi contigo en este día. Sin dudar, el olvido que seremos mientras tu familia te viva. Mientras yo te viva, jamás lo será. Ni tú, ni mi madre, ni mis hermanos, serán olvido.

Se despide tu “hija K… cuarta”, la menor de cuatro. Porque, sin duda lo supiste, lo sabes, si no con gusto te lo recuerdo; vales, en pasado, en presente y en futuro; por tres padres. Feliz día del Padre!!!!

*Película. El olvido que seremos/2020.

**Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana. Premio Platino a la Mejor Película de Ficción. Premio Platino a la Mejor Interpretación Masculina. Premio Platino a la Mejor Dirección de Arte. Premio Platino a la Mejor Dirección. Premio Platino al Mejor Guión.

***El olvido que seremos/Héctor Abad Faciolince/Alfaguara/2006

Probando… uno.. dos… tres… ¿me escuchas?

Apenas en una comida con gente de mi trabajo, nos presentábamos con “x” recién ingresado al equipo, alguien querido “y” que me merece absoluto respeto, comentó mi profesión y el área al cual pertenecía, pero adicionó a su presentación, antes que cualquier profesión, ella es maratonista y escritora. Se hizo el silencio. Les confieso que suelo advertir cuando alguien se ríe de uno, yo soy la primera que suelo reírme de mí. Y suelo con “y” reírnos mucho de nosotras. Reírnos de la una a la otra. Olfateo a kilómetros el sarcasmo, la ironía, el humor negro. Amo el sarcasmo, amo la ironía, amo el humor negro. Me confieso una perseguidora de esas pláticas. Las palabras de “y” no fueron seguidas de una risa, busqué una sonrisa torcida que me hiciera devolvérsela. No la encontraba. No hubo nada que diera un atisbo de burla inocente que invitara a los demás comensales a la broma. Lo dijo en serio, pensé. No tuve palabras para seguir en primera voz con mi presentación. Solo le sonreía a mi presentadora de una forma un tanto curiosa, no sabía si las comisuras de los labios fueron de sonrisa o de sentimiento. 

Hoy cumplo dos meses de escribir, ininterrumpidamente, de hacer de mi escritura un hábito. He cambiado la visión que algunas personas puedan tener de mí, se siente. Se siente mucho. Se aprecia. Da sentimiento. Las personas advierten lo que ven. Ni yo lo veo. Me he volcado a ser una persona más humana. Qué contradicción. La abogacía nos aleja de ser vistos como “sensibles”. Uno tarda en ver. Uno tarda en verse. No nos gusta reconocer triunfos. Mi triunfo, si pude tener uno, fue cambiar el verbo de “quiero ser” por la simpleza de “hacerlo”. Me costó muchos años. La intención versus la acción. La potencia y el acto. El desear hacerlo y poner pretextos al momento cumbre de escribir. Escribir, un pasatiempo que me debía. Que le debía a mi madre, aunque no sé si me lea. Que le debía a mi padre que no sé si me vea. Que me debía a mí. Este ingrediente me faltaba para ser.  Para ser yo. Para ser lo que no sabía que me gustaba hacer. El escribir per se ya es un trabajo no menor, hoy ataviada de valentía, me sumo a la honestidad de publicarlo. Indefensa a la crítica. No pretendo que me lean. Escribo por escribir. Mi objetivo es trazar una línea de tiempo con mi yo anterior y mi yo que se está transformando.

Me falta vocabulario, salir de las zonas comunes, desarrollar temas, mucha imaginación, a (¿)veces(?) cordura, orden en las ideas, estudiar, cultura, tiempo, sueño, viajar; por otro lado, me sobra pasión. Mucha pasión. Mis dedos se siguen, aunque lo que escribo no todo sea publicable, la escritura no ha fallado un solo día. Hay días buenos, otros malos, muy malos para hilar ideas. Me sorprendo en pláticas, en juntas, en lugares, observando gente mientras tomo un café, situaciones; encuentro en ellos, la frase, el momento, las personas, los temas; todo, todo quiero escribirlo, quiero dejar huella de lo que percibo. 

Me gusta sentirme leída, con esos lectores sin rostro. No intento que tengan rostro. No pretendo atesorar lectores, pero si me lees te agradezco. La fascinación de no conocer los rostros, es timorata e intrusiva, me gusta. Pienso, ¿qué pensarán de esto? Me releo, sonrío. No quiero saberlo, me digo. Esto soy después de dos meses. Esta soy, me gusto. Hace mucho no me gustaba tanto. Dedos en un teclado, manos con pluma, frases navegando, historias sin contar, palabras formadas para ver la luz, memorias que no recordaba, posiblemente porque las invento. ¿Qué de lo que escribo es real?… Ni yo lo sé. Vida paralela. Invento un mundo, el que yo quiero. Escribir representa esas pláticas que no tendré con nadie. Escribo para ti, para mí. Un homenaje a las pláticas que me perdí, que no aproveché, pero cierta estoy, serían así. Posiblemente con una cerveza o con un café. De seguro me escucharías, lo tuyo era escuchar; después esperaría ansiosa esa voz con un análisis y consejo que me daría la claridad que necesito; lo tuyo era resolver. Lo mío era simple, ser tu hija; lo tuyo, una gran responsabilidad, ser mi padre. Lo mío fue observarte. Lo tuyo, educarme. Lo mío amarte. Lo tuyo amarme. Lo mío escribir(te). Lo mío imaginar que me lees. Lo mío escuchar aun tu voz. Lo mío crear en mi mente tu opinión. Lo nuestro tener este código de comunicación. No necesito wifi contigo. Nuestra conversación desde el más acá, hasta el más allá, es simple, sin tecnologías, sin redes sociales. No requerimos wifi para conectarnos. Solo escribo y estoy contigo. Solo escribo y de pronto ya estás conmigo.

springende Augen

100 Tage, damit meine Beine 42.195 km tanzen. Mein Wunschwalzer. Wofür ich normalerweise buchstäblich bis zur Erschöpfung probe und probe. Ich habe viel geübt. Die Choreographie ist beeindruckend. Ich trainiere den perfekten Tanz. Ich stehe immer früh auf, um Spaß zu haben. Für manche Menschen sehr schwer zu verstehen. Ich habe noch einen langen Weg vor mir, um dorthin zu gelangen, wo ich hingegangen bin. Ich sehe, wie ich eines Morgens im September aufwache, es eilig habe, zum Flughafen zu kommen, und mein Bauch schmerzt vor Aufregung. Der Pass, die Tickets, der Koffer, die Tennisschuhe, mein Sportoutfit … Ernst, sehr ernst. Das Lächeln verstecken, nicht absichtlich, meine Kabale, damit alles gut geht. Ich fange gerne an, die Intensität dieser sportlichen Abenteuer zu riechen. Ich atme und beruhige mich. Ich atme und sehe mich. Ich sehe mich an und lächle. Sehen Sie mich an diesem Tag. Der Tag des. Am Ausgang, vielleicht mit meinem inneren Monolog, der mir sagt, dass alles gut wird, dass es Zeit für Spaß ist. Ich sehe mich am Ziel angekommen. Da sehe ich mich am meisten. Ich spüre die Emotion, wenn ich die Ziellinie überquere … die letzten Kilometer einatme. Schnuppern Sie die letzten Meter. Spüre mein Herz in vollen Zügen. Nicht unterscheiden, ob es Müdigkeit oder Emotion ist. Fühle es einfach. Feuer in der Seele und in den müden Beinen spüren.

 

Ich sehe mich in einem bisher unbekannten Berlin genießen. Obwohl ich so viel darüber nachgedacht habe, ist es zu einem Ort geworden, an dem ich oft spazieren gehe. Es ist zu meiner Ruhestätte geworden. Mein Lieblingsplatz. Obwohl das Abenteuer vor einigen Jahren begann, verwüstete die Pandemie nicht nur Leben, sie verschob auch Träume oder machte sie sogar unmöglich. Dieser Traum schlief zwei Jahre lang. Ich dachte nicht, dass ich aufwachen könnte. Ich erinnere mich und es tut immer noch weh, die erste Absage, alle nach Hause, wir mussten uns selbst versorgen; die zweite, der Mangel an Impfstoffen. Das Ergebnis gleich. In der Vergangenheit kein Marathon vor der Tür. Er trainierte für einen Marathon, der nicht kommen würde. In der Gegenwart Marathon vor der Tür. Am Bradenburger Tor. Die Traumtür, nach ein paar Tagen.

 

 

Heute schon in der Stimmung zu warten, es zu leben, es zu berühren. Alles ist auf dem Weg. Ich gehe zu Ich kümmere mich um alle meine Sinne. Was ich höre, sehe und spreche. Ich kümmere mich um alles, was ich fühle. Es ist eine Voraussetzung für diese Vorbereitung. Kreise schließen. Öffnen Sie eine andere erforderlich. Vakuumenergie. Nur positive Energie. Positive Energie durch die Nase einatmen, negative Energie durch den Mund ausatmen. Kein Problem. Sie sind nicht erlaubt. Wenn dich etwas nicht glücklich macht, ist es an der Zeit, dich davon zu befreien. Lass es fallen Grenzen setzen. Manchmal ist es gar nicht so einfach zu merken, wenn etwas mit seinem Leben nicht stimmt. Viel Hektik im Leben. Training ist eine Zeit, um es zu erkennen. Dopamin und Serotonin maximal. Mit dem Wunsch, Dinge zu tun und mit dem Willen zu leben. Befreien Sie sich von Lastern, giftigen Menschen, unangenehmen Momenten, lästigen Antworten, wachsamen Augen, unangemessenen Gerüchten. Von Menschen, die dich an dir zweifeln lassen.

 

Die Beine haben gekämpft, die Ernährung ist geregelt, der Schlaf ist zeitlich und qualitativ anspruchsvoller. Die Trainingseinheiten waren wilde Herausforderungen, wenn man bedenkt, dass das Leben eines Athleten eine weitere Rolle ist, die täglich gespielt wird. Wenn ich ans Laufen denke, strahlen meine Augen, vor ein paar Monaten sagten sie mir: „Ich wünschte, deine Augen würden für ‚was auch immer‘ strahlen, genauso wie sie fürs Laufen strahlen.“ Ich wusste nicht, dass ich beim Laufen dieses Licht ausstrahlte, dieses Feuer, diese Augen. Und ja, ich denke an diesen Tag (am hundertsten Tag), meine Augen verwandeln sich, die Linien werden stilisiert, ich verliere anatomische Details, sie mutieren zu runden Formen, mit langen oberen und unteren Wimpern, mit Tiefe, mit Reflexen; ja meine augen leuchten. Wenn sie leuchten, verwandeln sie sich. Ich schaue in den Spiegel und habe Angst, ja, sie hatten Recht, es ist offensichtlich, meine Augen sind im avantgardistischen Anime-Kunststil. All das redet nur übers Laufen. Stellen Sie sich vor, wenn ich renne !!!