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Meterse al agua…

Hace unos once meses, aproximadamente, me comentaste que ojalá cumpliera el sueño de escribir. Me diste un solo y valioso consejo, que solo se puede aprender a nadar echándome al agua. También me explicaste que gracias a ese consejo has podido escribir cuatro novelas y varios libros de ensayo.

Pues bien, te comento que esta gran admiradora de Beatriz, tu Beatriz, mi Beatriz, la que ilumina tu libro, “Demasiado amor”, ha comenzado a meterse al agua; en una alberca, rodeada de adultos que saben nadar, soy la única niña, pero en la orilla me siento segura; el tiempo me dirá cuándo puedo mudar mis miedos a una alberca más grande o posiblemente desprenderme de ellos. Comencé esta aventura el lunes 18 de abril, posiblemente el día lunes como inicio de semana, siempre los lunes son una buena oportunidad para transformarse, hay ganas de cambiar; pensé también en esperarme hasta el 1º de enero del 2023, un primero de enero, tal como lo hace Isabel Allende como tradición, pero no quise esperar tanto; llevo aún muy poco tiempo; el binomio entre tu consejo y mi apatía por hacerlo, me estaba pesando; después de tantos meses pude meterme a la alberca. Aún no puedo nadar, no sé nadar; estoy en la curva de aprendizaje, que puede ser lenta; falta tiempo cierta estoy; quiero que las manos me duelan por teclear con sentimiento o me salgan llagas en los dedos por hacerlo con pluma; he comenzado en computadora, pero quiero escribir con pluma indeleble, quiero dejar plasmados mis cambios, testar mis equivocaciones para después aprender de ellos; he comenzado a salpicarme y a mojar mi cara, muevo mis piernas y brazos de formas torpes para intentar aprender a coordinar braceo y pataleo; también dicen que mover la cabeza para la respiración es importante. De la inacción en que me encontraba hubo un gran salto de fe, traducido en la acción, con aún poco valor y mucho miedo. ¡Cómo se necesita el valor en y para todo!

Le envié mis escritos a un amigo que ha logrado alcanzar con perseverancia como director del cine un modus vivendi, después de una lucha de aprendizaje y experiencia que ha durado años; se disculpaba por el poco tiempo que tiene y que no ha podido leerme; mi respuesta después de pensar en ello fue, te envío mis balbuceos escritos, mi sopa de letras, con el único fin, no de que me leas, aunque me encantaría, sino para darme valor de enviar mis escritos. Busco dejar evidencia de este proyecto, de tu recomendación Sara querida, de ese aprender a nadar.

¿Es normal escribir y al releer no reconocer que tus dedos sean los artífices?, ¿Les pasará a todos? Me ha pasado recurrentemente. Pasa, siempre pasa, al momento, escribo, regreso la mirada, no transcurren más de 5 minutos; todo es nuevo y sorprendente, no porque admire necesariamente lo que escribo sino porque no lo hago mío, soy una cobarde en reconocer lo que expreso; mis manos niegan su participación, me miran y dicen no ser ellas las ejecutoras de esas palabras, ¿ahora imagina lo que pasa si ya han pasado horas? Imposible verme a través de mis palabras; es otra Yo la que escribe, otra Yo la que se lee. Dos personas que además habitan en mí y ninguna confiesa su autoría. El escrito está. La sorpresa también. Y muchas veces las ganas de borrarlo todo, también. Por ello debo de comenzar a utilizar pluma que no me permita borrar la huella de mis intentos. Quiero tener la trazabilidad de esta aventura, la historia, la evolución.

Este ejercicio, el escribir, también se torna de fe hacia uno, de reconocernos, de buscar en la lectura la seguridad de que las palabras se crearon en mi mente y se expresaron con mis manos. Un trabajo en equipo, se ha logrado. Las palabras bailan en la página en blanco y cuando ya se ha expresado un párrafo, uno se sorprende pensando que han recibido una orden; una orden que ha conseguido acomodarlas, fijarlas, centrarlas, en el lugar que mágicamente les corresponde.

Quisiera contar con tus consejos, pero no sé qué preguntar, el mejor consejo que me diste no te lo pedí y heme aquí, haciéndote caso. Quisiera me leyeras, me corrigieras pudiéramos comentar mis escritos, pero no se le puede pedir a nadie que te lea; la lectura es como la amistad, no se mendiga se toma, se asimila, se apropia; no como una petición de alguien, sino como una declaración unilateral, un yo afirmo que quiero leer(te), leer esto. Así la lectura, debe fluir la voluntad para. Si me preguntas qué me gustaría, te diría que me encantaría intercambiar correos por este medio, me gustaría leerte recurrentemente, aprender de tu experiencia, lo que en libros no se aprende; saborear tus respuestas, aprender de ti, para que como ósmosis pueda absorber el conocimiento y seguir con ello admirando tu escritura, tus formas, tu sensibilidad, a la pluma creadora de mi Beatriz. Y entonces poder sentir que la ruta que he elegido es la correcta, la de tomar el riesgo y tener el valor de meterme al agua y aprender a nadar. Tan fácil que se escribe, tan difícil que es, tan factible que es ahogarse.

El primero de muchos días… aunque no tantos…

Se comienza, hoy, entrenamiento para el “BMW Marathon Berlin 2022”… mi semana 1/18. Mi primer entreno de 124 días; el día 125 será “El Día esperado”. Hace unos maratones había tenido la intención de escribir una especie de memorias de esta preparación, preparación de mente, de cuerpo, de espíritu, de emociones; con sus contras, que siempre las hay; no siempre se está de ánimo para, el humor cambia, los días no siempre son tus aliados.

Me ha llegado el momento, escribir esto; antes encontraba pretextos para no hacerlo, hoy me siento obligada a compartirme esto, mis memorias de runner, a lo peor me servirán para el que siga, de seguro me servirán después para divertirme, preparo en un futuro buenas risas recordando esto. Después de dos años de posponer este maratón por pandemia; este año, al parecer, será posible. ¡Espera!… En las noticias se ha dicho que “Alemania ha detectado cuatro casos de viruela del simio; autoridades sanitarias de dicho país podrían introducir cuarentena”; ufff pienso…, comienzan las emociones; preparar una carrera de fondo es apostar a que lo que depende de uno; por un lado: los hábitos, horarios, sueño, desmañanadas, la alimentación; muchos hablan de sacrificios; por otro lado, alinearlo con la posibilidad de que el país al que acudirás, pueda permitir que se realice; viene a mi mente irremediablemente Tokio 2019, en donde nos alertaron que hasta las 5:00 a.m. del día de la carrera nos anunciarían si había condiciones para realizar o no el maratón; una tormenta de nieve, nos jugaba el suspenso a 50 mil corredores; pensaba cuando recién había llegado al aeropuerto Narita, ¿si se cancela?… la eterna pregunta que nos hacemos en estos eventos deportivos; la respuesta es simple, no pasa nada, se vuelve a intentar, lo complicado que se hace es el entrenamiento y ese ya se logró.

Las circunstancias en el mundo no se encuentran bien, históricamente no se han encontrado bien, desde hace mucho; me pregunto, ¿es posible de una forma egoísta encaminar esfuerzos para una meta, muy a pesar de todo lo que pasa?; virus, enfermedades, pobreza, guerras, sufrimiento, ¿se puede ser tan indiferente al dolor y solo correr?; pero pienso, el decidir correr o no, escapa de la solución a estos temas, duelen (sí que duelen), pero no paralizan; las cartas están echadas, se sigue con la mira en la nueva meta: maratón en puerta; piernas en preparación; mente alerta; emociones en subida y bajada; respiración más consiente; braseo adecuado para el movimiento de piernas; cuerpo ligeramente inclinado, según lo dicte el ritmo. La Puerta de Brandenburgo, que hasta hoy no conozco, es la imagen con la que despierto y me duermo. Lista estoy para reconocerla en algunos meses.

Visualizo ese día, 25 de septiembre; ya estoy ahí, mucha gente feliz, los nervios no existen, se quedaron en los entrenamientos; hoy es día de fiesta, celebración absoluta, de cumplir la meta; de revisar que tu entrenamiento haya sido el adecuado, de vivir el viaje, de conocer el país que nos recibe, de intercambiar sonrisas, de hacer cómplices que posiblemente no vuelvas a ver; de vivir la fiesta del logro, de un sueño más cumplido; de ver a los grandes maratonistas; de competir contigo mismo; de saber que eres un ganador, porque se ha logrado cumplir una meta personal más.

Comienzo este relato, estas reflexiones, sabiendo que un entreno de maratón es el símil de la vida; la meta está, pero los días que preceden a éste, los días que me faltan por, que, aunque no son tantos, podrían hacer la diferencia, incluso de la meta propuesta. Comienza hoy el entrenamiento de una etapa más de la historia de mi vida. Faltan muchos días, me digo… no tantos para desviarse en el camino, me contesto. Hoy todo sigue su camino. Vamos por ti Berlín. Por ti “Puerta de Bradenburgo”, por ti “Río Spree”, por la “Torre de la Televisión”, por el “Museo de Pérgamo”, por el “Reichstag”; comeré Berlín a través de ti “Currywurst”, “Eisben”, “Schnitzel”, “Bretzels”, “Kartoffelpuffer”, “Königsberger Klopse”, “Kartoffelsuppe”, “Berliner Pfannkuchen”, “Apelstrudel”. Te beberé y agradeceré tu hospitalidad a través de tu tan conocida cerveza alemana: “Köning”, “Weihenstephan”; “Paulaner”; “Schneider Weisse”; “Agustiner Helles”; “Weihenstephaner Korbinian”; “Bitburger Premium Pils”, “Franziskaner Hefe-Weissbier”; cerveza que hoy ya estoy saboreando… ¡Quiero probarlas todas!. Quiero comerte a mordidas Berlín!

Apuesta al 33…

Hace unos días, desayuno de mujeres. Las más importantes de mi vida. Las que mueven mi mundo. La plática es sincera, reconfortante, catártica. Ver a la mayor de estas mujeres que siempre me acompaña y saber que aunque nosotras creemos que la cuidamos, ella sigue siendo la más fuerte de la manada. Sus consejos son sabios. Por eso le dieron ese papel, de líder.

Lugar delicioso; saliendo, caminata en parque lleno de colores, vida, corredores, vendedores, perros. “Parque México”, se llama. Perros felices corriendo en lugar especial para socializar. Me gustó. Mi nuevo lugar favorito. Lejos de casa. Muy lejos. Me gustan estos rumbos. Me falta conocer tanto.

Voy a comenzar a desplanear… a hacer cosas sin pensar… a desaprender lo que he sido.

Este día eso ha sido. Un eterno jugar a lo que no he sido y quiero ser. Me imagino sentada escribiendo, leyendo. Con un café. Viendo gente pasar. Imaginar su vida. Acariciar perros.

Cansada de aprender y aprender… busco redirigir mis pasos, todo va a cambiar… Desaprender a ser yo. Esa es mi nueva meta. Sonreír; nada más que eso. Jugar a ganar… jugar a ser feliz… ese juego estoy segura que no lo puedo perder. “Hagan juego”, se oye en la mesa… “Apuesto todas mis fichas al número 33!”, digo… Que si estoy segura?, pregunta el crupier…Sí!, lo apuesto todo. “No va más”… se cierran apuestas y el crupier anuncia el número ganador… sin duda, cierta estoy… será el 33.

Filosofía del helado…

El jueves es para muchos el “casi viernes”, se comienza a sentir en la oficina la brisa de la felicidad del fin de semana; nada cambia en el día a día, se sigue con el mismo trabajo, pero los ojos ya se tienen puestos en el mañana, en el fin de semana, en los planes, descanso, familia; en el fin de la monotonía de la semana. El jueves tiene un sentido especial, al menos para mí… es “día del helado”; intento desde hace algunos años, no importa en dónde se ubique mi trabajo, de ir con algunos amigos, colaboradores o quien se deje, a aprovechar la promoción del día. La organización no es sencilla; ¿quién se apunta?, disponibilidad de la dieta de los interesados, las ganas, el horario para ir, el sabor, el tiempo, reuniones, que haya poca línea por hacer para la compra, el topping que se va a pedir: con fruta natural, con cereal, chocolate suave o duro, mermelada, chispas de yogurt, granola, coco, cacahuates, muesli, crema de limón, fresa, rompope, panditas… un mundo de opciones y combinaciones; algo que parece tan sencillo, requiere una organización de expertos, ponerse de acuerdo es un verdadero arte.

El helado, mi helado de jueves, mi helado de jueves de promoción, en el que debemos encontrar pares que quieran sumarse al “proyecto glotón”, no es sencillo; todos le echamos ganas, tenemos un fin que cumplir: comer nuestro helado; para ello juntamos esfuerzos. Necesitamos un equipo, una dupla interesada para que se aplique la promoción.

Un interés individual, varios intereses individuales, que deben de sumar esfuerzos de equipo si cada quien quiere llenar su estómago con esa mezcla de yogurt espeso que te acaricia; ese frío dulce y apapachador que te dice que lo has logrado.

El jueves de promoción, jueves de organización, de suma de voluntades para lograr un objetivo que es saborear un helado y vivir ese día compartiendo toda la alineación de meter la cuchara al vaso rellenito de helado y sacar un poco de sabor de nuestra elección; helado en mano que nos hace evidenciar que nuestra disposición valió la pena. Esos mensajes desde la mañana en el que comienza el llamado al reto del helado, transforman el día; hay ahora un objetivo más por cumplir ¿llegaremos a comprarlo?, muchas cosas pueden salir mal en el día, pero se procura que al menos haya alguna en la que todos cooperemos sin las negociaciones en donde a veces siempre reina el “no” por delante; aquí no aparece la mala cara, sino el intentar el cómo sí; todos los involucrados somos hermanos de helado; el honor a dar la palabra para ser parte de ese par que se necesita para el 2 x 1, es irrenunciable; es de caballero, o dama, según aplique; Bushido, dirían en Japón. Se emite el sí y ese sí se sigue hasta ver el cómo ese tímido sí se transforma en sabor; entonces, levantar con orgullo el trofeo; a veces la victoria escurre y resbala tratando de escapar; nuestras manos, el calor y la emoción, hacen lo suyo; el objetivo planteado se ha conseguido. Comer un helado y sentir que, cada cucharada vale la mitad de lo normal, no tiene precio, se vuelve un juego del ahorro; un juego en el que todos cooperamos. Bueno, bonito y barato, nos decimos los ganadores; envuelto de azúcar y de risas, objetivo logrado, nos felicitamos. Sí, somos un equipo ganador, insistimos en decirnos…

He pagado… espero mi turno para que me preparen el helado: “mmmmm… si esta organización, coordinación y suma de voluntades se aplicara a todo… qué tan fácil sería conseguir las cosas!!pienso… mmmm… de pronto un sonido…se escucha la pregunta esperada y respondo: “el mío con cacahuate y rompope por favor”…

なんくるない…Nankurunaisa

De repente te das cuenta que debes tomar el control de tu vida, la estás perdiendo. La perdiste. Te dijeron que te auto engañas y engañas. Te cuesta trabajo. Debes entonces, volver los pasos.

Tomas el control, sabes que serás criticada. Pero ya lo eras. Entonces, posiblemente vale la pena.

Todo vale la pena. “¡A por ello!” ¿Por qué? No importa. Tampoco importa.

Estás tranquila, eso no tiene precio. El trueque valió la pena, El tiempo, paciencia, expectativas, cansancio, horas sin sueño, sinrazones, inmadurez, palabras, chats ausentes, pláticas, reclamos, silencios, conversaciones; fueron obstáculos. Óbices no superables. No se quisieron dominar. ¿No se podían? No se hicieron.

Ahora, observas, aprehendes, escuchas; ver, conocer y oír, ya no te es suficiente. No hay reintegro.

Tú eres el premio. El premio mayor es tuyo; es para ti. Eres tú. En hora buena. Ganaste. Hoy ganaste. Con el tiempo, todo se arregla. Nankurunaisa. También esto, pasará.

La Teoría del Pozole…

Me comenta un amigo querido que desde que se fue su mami no han comido su plato favorito. Él quisiera degustarlo de nuevo, porque cada cucharada lo haría recordarla, solían compartir esos momentos de antojo en ocasiones especiales, sería como tenerla presente, regresar el tiempo, ver la estampa de cuando ella estaba, las risas, la voz; su padre, por otro lado, no quiere, para él ese platillo ha dejado de existir; comió todo lo que debió de comer cuando su compañera de vida estaba con ellos. Me dice angustiado e insistente que su papi no accede. No sabe cómo convencerlo.

No sé bien qué decir en esos momentos… soy torpe para apapachar a las personas en la muerte, nunca hay palabras… pero le digo… Para lo que uno es necesario para recordar y honrar; para el otro no necesariamente lo es, puede ser hasta doloroso e impensable. El duelo se saborea de formas distintas, pero debe incluso gozarse, porque es parte de la sanación, los tiempos de purificación y recuperación, también varían para cada persona. Esto no te lo he contado amigo, aprovecho para hacerlo; Hace muchos años, mi madre escuchaba música en la sala con mi padre, recuerdo que cuando estudiaba hasta en mi cuarto se escuchaban los discos de María Dolores Pradera, los Tres Ases, Los Panchos, Julio Jaramillo, Armando Manzanero, Los Tecolines, Luis Arcaraz y su Orquesta, Agustín Lara, Los Tres Caballeros, Chavela Vargas y el Dueto Caleta… recuerdo tanto: La Flor de la Canela, Toda una Vida, Acapulqueña, Por los caminos del Sur, Toro Rabón, San Marqueña, Gema, La Gloria eres tú, Tres Regalos, Ódiame, Bésame mucho, Contigo, Bonita, Piel Canela, Tú me acostumbraste, Sin ti, El Reloj, Poquita Fe, Somos Novios, Cancionera, Usted, Perfume de Gardenias, Cien años, Un siglo de ausencia…

A veces te confieso, me sorprendo con los audífonos mientras trabajo, escuchando esa música que antes me era indiferente o hasta molesta. Hoy me llevan a viajar a mi adolescencia en un fin de semana, no importa la época del año, ni el clima; yo en mi cuarto sola, de seguro estudiando, tratando de concentrarme; entre la música se escuchaba que esos dos enamorados no paraban de platicar y reír; mientras mi madre cocinaba, mi padre ponía música y le preparaba un coctel que disfrutaban como una pareja envidiable que siempre fueron, ¡dejaron la vara muy alta con su ejemplo!; Mi madre, por su parte, no volvió a poner esos discos ni a sentarse en esa sala, cual antaño. Nadie se lo ha pedido, nadie la ha forzado a hacerlo, nadie se atreve y es parte de su duelo, de su pérdida eterna. El mío, posiblemente, es escuchar toda esa música cuando estoy muy presionada, esas notas de guitarra me devuelven a mis raíces, a lo que soy, a lo que me convertí; te cuento un secreto, me sorprendo sonriendo; a veces, muchas veces, con una lágrima de felicidad, por lo vivido. Hoy me sé toda esa música que mucha gente de mi edad no conoce. ¿qué te digo amigo que no sepas ya? El dolor es fuerte… el olvido nunca llega… Ven… Te invito un pozole…, vamos sin que sepa tu padre… disfrutamos y celebremos con ese manjar a tu mami. ¿un blanco, verde o rojo?… Yo, como buena hija de guerrerense, uno verde por favor, con todo.**

*Dedicado a ti querido RCG y familia, siempre en mis oraciones…

** Mientras escribo… escucho y tarareo: “Por los Caminos del Sur”/Dueto Caleta. Compositor. Agustín Ramírez… La preferida de mi padre.

Panza llena, corazón contento…

Compartí con una amiga unas barritas de amaranto junto con temas que nos inquietaban. Recordamos sin duda la hora del recreo en que salíamos presurosos a comer el “lunch” que nuestras madres habían preparado para nosotros. ¿no les pasaba que generalmente siempre se les antojaba más lo que traía el de junto?… y no es que mi madre me diera un lunch desabrido; generalmente mis compañeros llevaban sus alimentos, de esos que se compran en tiendas; a esa edad, los ojos tiemblan cual nipona de anime, cuando ves en el de junto los productos que solían detener tu respiración ante los comerciales y que te decían “¡cómprame!”; mientras, de seguro, disfrutabas de tu caricatura favorita; a tan corta distancia, en un recreo, en verdad que te descontrola; los colores de lo desconocido, hechos para niños, sí que llaman la atención. Mientras escribo pienso que lo que usualmente llevaba de lunch era sin duda cocinado por mi madre, de seguro y contra mi voluntad, debió ser muy nutritivo, pero apuesto que también delicioso; no cambiaría ningún platillo de mi madre por otro ni en mis recuerdos y menos en el presente; afortunada soy, aun los disfruto. 

Esperábamos el recreo; posiblemente era algo en el que todos los compañeros al unísono estábamos de acuerdo; no recuerdo si era porque teníamos hambre, queríamos platicar, estábamos hartos de la lección, cansados de las clases, de los profesores, de la balanza entre el conocimiento-ignorancia; no recuerdo una razón precisa, pero era un derecho que como alumno pequeño teníamos y hacíamos valer; todos. Posiblemente en esos recreos es donde forjamos amistades que hasta hoy conservamos, o a lo peor tuvimos “grandes” ideas que a lo mejor nos han acompañado desde antaño. Era ese el momento para ver a nuestros amigos que año con año pedíamos a todos los cielos, ese cielo inocente que le concede todo a los niños, que se quedaran con nosotros, en nuestro salón.

El tiempo, la presencia, las risas, las clases se debían compartir en el momento, la comunicación como hoy de adultos, no se nos daba; entre muchas, la gran diferencia de ser niño a no serlo; cuando eres niño hay urgencia por compartir en la amistad, todo se quiere hacer con el amigo del aula; de grande, todo cambia, eso posiblemente es parte de la madurez; los amigos aunque sean inseparables, tienen sus vidas y buscamos el momento para compartir cosas, problemas, alegrías, no importa qué, solo compartir; temas que sucedieron en el lapso de nuestra ausencia, posiblemente prolongada, eso hacemos los adultos; ese día generamos nuevas experiencias que vamos sumando en nuestro jenga de amistad; sin embargo cuando niños, en caso de que nos hubiera caído la maldición de la separación del aula, a esa edad era una muerte pequeña y dolorosa, perdimos a un amigo; a menos que nuestras madres hubieran sido amigas o en su caso compartiéramos vecindad.

En ese ir y venir de amistades en nuestra vida, hoy tenemos la oportunidad de elegir a los amigos adecuados, aunque siempre siguen brotando como fuentes nuevas posibilidades de amistad; de conservar a los que ya se tienen; o incluso, a otros, darles las gracias y dejarlos ir. Por ello, el compartir un snack con una amiga de oficina, es compartir lo mejor de esa nostalgia de niños en dónde decidías abrir tu lonchera e intercambiar tiempo con tu amigo a cambio de un trueque de comida ya sea nutritiva o llamativa. El código de Intercambiar no era algo por la apariencia o el precio; se intercambiaba complicidad, secretos; disfrazados de botanas, cajitas de cereal azucaradas, chocotorros, dulces, fruta, frutsi, galletas, gansitos, gelatinas, panditas, pastelitos de chocolate, peperami, platívolos, pingüinos, sándwiches, squeezit, triángulos de queso, hasta verdura (zanahorias, jícama y pepino).

En la edad madura eso se perdió, desapareció; no el intercambio de comida que podemos seguirlo haciendo, sino ese tiempo que nos era designado de lunes a viernes como algo que nadie se cuestionaba; al sonar la primera chicharra, ese tiempo se daba, se exigía al profesor, se necesitaba; el tiempo que se designaba de 15 o 30 minutos para tener esos espacios para conocer gente, para cultivar la amistad con la boca y panza llenas. Posiblemente de ahí venga el dicho… “Panza llena, corazón contento”. Efectivamente, eran buenos tiempos, los minutos del día en que el alimento, sonrisas y charla; nutrían y enlazaban la panza y el alma. Después de tantos años… con amaranto en la barriga, una gran amiga y con pláticas catárticas; agradecida estoy de volver a vivir con nostalgia el recreo, este recreo… shhh… Suena la segunda chicharra… “el sonido indiscutible de regreso a las clases… hoy a las labores”…

Buongiorno principessa!!!*

Correr siempre ha sido mi despertar; mi nueva oportunidad para hacer mejor las cosas; no importa qué suceda en mi vida, correr se ha convertido en mi ancla, en mi tierra firme. Salgo temprano cuando aún hay oscuridad; te cuidas de los coches, perros, gatos, de todo lo que esté a tu paso, muchas veces te cuidas de las personas. 

Génesis… Cuando comencé a correr, hace ya unos veinticinco años, emprendí mi nuevo hobby siendo corredora taciturna, quiero defender mi mutismo en que iba concentrada en mis primeros pasos, pero ese silencio se extendió algunos años, muchos años, en realidad; se convirtió en un hábito, correr en silencio, corredora silenciosa; decidí, bajo ese pretexto “no molestar a nadie”, quedarme con la boca bien cerrada, solo corriendo. El único ruido, mis pisadas. Las hojas que pisaba. Los colores de las hojas iban cambiando de tonalidad con el tiempo.

Crisis… Poco a poco comencé a hablar, era una voz tímida, apagada, casi imperceptible, de un “buenos días”, posiblemente con la mirada hacia abajo, sin voltearlos a ver; sorprendida estuve en que la mayor de las veces no había respuesta; me preguntaba ¿porque la gente no contesta a un saludo?, pensaba; a mí que me cuesta tanto trabajo hablar con los extraños; ellos pareciera, que trataban de desmotivarme a seguir intentándolo; incluso contaba algunas veces a las personas que no contestaban a mi tímido saludo; 8 de 13; 5 de 10; 9 de 11 y así, el porcentaje no era alentador. Pensaba que si a mí me saludaran, jamás podría no contestar; “educación”, me decía, yo misma me recriminaba mi saludo… Parte de mi concentración en el entrenamiento se escapaba en mis buenos días y la nula respuesta. Mi eterna reflexión. Yo era el juez y parte; condenaba, sin dudarlo, la falta de educación de los que se cruzaban a mi paso.

Evolución… Llevo pocos días que comencé a correr en la calle, entre vecinos, conocidos; los de siempre, de hace años, con los que crecí, muchos nuevos, demasiados desconocidos; sigo saliendo en la oscuridad; mientras ya he dado unas cuantas vueltas a la colonia, comienzo a oler el despertar de los vecinos; alguien cocina rico en 3 casas; huele a chilaquiles, huevo, carne asada, tortillas quemadas (amo ese olor!), es el olor de la felicidad; en otras casas comienza a repuntar el olor a café, café fuerte y con cuerpo; en algunas otras despuntas risas y voces; salen niños con los papás con prisa rumbo a la escuela, se les hace tarde… en muchas; mujeres arregladas, preciosas, listas y concentradas para iniciar sus actividades (o continuarlas); hombres en traje, de seguro rumbo a una junta; gente caminando; personas que comienzan a salir con sus perros ansiosos; pues bien, retomé el “buenos días”, hoy ya con audífonos con un alto volumen, para ir escuchando mi respiración en el entrenamiento; voy repartiendo “buenos días”, solo controlando el volumen de mi voz para no espantar; ahora lo hago sin esperar respuesta alguna. Ya no me importa si reaccionan con mi saludo, solo intento, en verdad no espantarlos. Algo que hace tiempo me era importante, hoy ya no lo es. Hoy digo “buenos días” por querer decirlo. Es un regalo que se da, no a ellos; no al otro; es un regalo a nosotros; la evidencia de que estamos vivos, sanos, haciendo algo que nos apasiona, “correr”; con voz, vista, sonriendo, todo funcional; con ganas de regalarnos y regalarles, ¿a quién?, a quien se deje dar-recibir, esa oportunidad de vida; la oportunidad del buen deseo; el “Buen día”, que no se le niega a nadie; como el agua, el pan o una sonrisa. Un acto de envolver “la energía de las buenas intenciones”, meterla en una cajita pequeña, de preferencia elegante, pequeña, muy pequeña, incluirle la frase de “¡cuidado: frágil”!, delicado; envuelto con un moño color rojo de terciopelo, y así de “cute”regalarla.

¿Será que evolucioné? ¿será que me cansé de preguntarme todo? ¿será que ya no me importa nada que no encuentre una explicación? ¿será que algunos vecinos están sordos? ¿será que están de malas? ¿será que no han tomado café? ¿será que tienen problemas y efectivamente no es un buen día? ¿será que les sorprende un saludo de una desconocida? ¿Será que es muy temprano para socializar? Será lo que sea, es lo que es; muchas posibilidades, pero sé de cierto que este “buenos días” que antes me preocupaba tanto, hoy solo me ocupa; hoy me nace, solo me nace; es de mí para mí y de mí para quien lo quiera recibir o incluso replicar… me digo entonces… ¡Buongiorno Principessa*… la Vie est Belle!**

**Nota. Tan mágico puede ser el buenos días, como el limpiar los ojos con esa película.

*Buongiorno teoría

*Guten Morgen Theorie

*Teoria del bon dia

*Bonjour théorie

*Teoric dea-maidin

*Good morgen teori

**La vida es Bella/ 1997/ Roberto Benigni.

Cursilería

Qué tonto preguntar si me quieres. Si no me quisieras no preguntaría. Jugamos a saber lo que ya se sabe. El juego de arrumacos y preguntas de color pastel… Cuando uno deja de jugar… Cuando no hay preguntas…Cuando uno duda de la respuesta. Mejor no preguntar. Mejor ni hablar. La cursilería entonces desaparece. Se esconde… Volverá a salir? Dudar con certeza. Hermosa duda. Me aferro a esta pregunta. Amo preguntar.

Passport, passeport, reisepass, pasaportto

¿Vamos a viajar mucho?, preguntas esperanzado; ¡toda la vida!, respondo segura.

Viajamos diario: cuando platicamos, planeamos y recordamos; construimos experiencias, todos los días viajamos… eso es viajar, ¡sí que viajamos diario!. El pasaporte solo sirve para eso… seguir platicando, planeando y recordando; construyendo experiencias; la única diferencia es que es en otro país: itinerario, planes, maletas, hoteles, comidas nuevas, museos, cultura diferente, restaurantes, calles interminables, monumentos imperdibles, experiencia, conocimiento, gente interesante; diario viajamos juntos… Sí! Anda… pide el pasaporte con vigencia vitalicia. Nuestros viajes se prevén para toda la vida! Turismo a perpetuidad…

Viernes 13 de celebración (!)… Día de la madre(?)

A las mamás que nos acompañan:*

*Discurso para desayuno de celebración. Leído por una mujer.

Me gusta la fecha de hoy, viernes 13, un día que para muchos podría ser apocalíptico y de mala suerte, nosotros lo hemos convertido en un día de celebración, un día del “No Día de la madre”; ha pasado el 10 de mayo que todos celebran; este es un claro ejemplo que nosotros podemos hacer de un día convencional, el día de quien quizá sea la mujer más importante en nuestras vidas y poder celebrarlo, como hoy. “Día de la madre” un festejo que paraliza a todos, en México y en el mundo. La madre no tiene nacionalidad es el ángel, la compañía, la maestra, la cocinera, la doctora, la abogada, la amiga, la que todo lo sabe, y si no lo sabe, lo aprende; lucha, lucha todos los días. A veces, con solo vernos sabe irremediablemente lo que necesitamos y muchas veces la medicina inmediata resulta el abrazo; ya después, habrá tiempo para resolver lo demás. Pero primero, lo importante, el abrazo de una madre.

Les invito a que cierren los ojos por un momento y recuerden un día cualquiera en nuestras vidas, el más aparentemente simple, piensen en uno; si a ese día cotidiano, le sumamos el trabajo que desempeñan en esta Institución, la mente y la lógica no nos da para pensar cómo deben multiplicarse para ser mujer, madre y trabajadoras a la vez, todo en 24 horas que las convierten en 25 o 26. Son privilegiadas, porque han podido desempeñar con orgullo los roles de mujer y trabajadoras, sin descuidar la oportunidad y privilegio de dar vida, cuidar y educar a esos hijos que las hacen despertarse todas las mañanas como parte de nuestra motivación para ser mejores cada día; ahora ya no sólo por ustedes, sino también por ellos y ellas, por el buen ejemplo que quieren darles. Ser madre nos invita a la exigencia.

“Admiración”, es la palabra que viene a mi mente cuando pienso en personas que, como ustedes, suman esfuerzos en una institución como esta. Siempre decimos que esta institución es una gran familia. Y sí que lo es, lo es en gran parte porque ustedes como madres han sembrado valores que en lo individual tienen en sus familias. Dejaron de pensar en singular para sumar en plural. Fuera el individualismo; ustedes ya piensan en hacer equipo, piensan siempre en plural.

Siempre he pensado, y puede que sea tachada de exagerada y pido una disculpa si me excedo, pero, las mujeres somos como el mar que embellece el paisaje, que refresca en un día soleado; las madres son como las olas que mantienen en armonía el mar, ese sonido tranquilizador que siempre existe para los hijos, no hay día complicado si nuestra madre está; por último, las madres trabajadoras, forman tsunamis; sí, verdaderas y majestuosas olas, eso son. Son nuestros tesoros. Nuestras joyas que atesoramos y que hoy gustosos celebramos.*

*Discurso atemporal. Léase en cualquier día. Para celebrar el “no día de la madre”. Que es todos los días.

 

Una jirafa por favor

Ciento diecinueve pesos, aproximadamente, cuesta divertirse con adivinanzas ya desde el inicio perdidas, mientras se disfruta un sabor que no se encuentra en el postre más gourmet; llámenme básica, simple, de paladar no refinado; no importa, posiblemente lo soy, hablo de las galletas de “Animalitos”; azúcar, huevo, harina, manteca y esencia de vainilla, que en complicidad hacen de una bolsa aparentemente no llamativa, un manjar que encierra un supuesto zoológico a nuestro alcance, exquisitez heredado según sé, de Inglaterra. ¿Qué será lo que salga al meter mi mano? Posiblemente un bisonte, camello, canguro, cebra, elefante, foca, hipopótamo, jirafa, león, mono (con ropa), oso, oveja, pescado, puma, rinoceronte o tal vez un tigre; leí alguna vez, que ha habido 54 tipos de diferentes animales; hoy con el último agregado, un koala. Todas las galletas parecen iguales, podrían causar discusión respecto a su identidad; los expertos sabemos reconocer las diferencias disfrazadas de mal corte en la galleta que te conduce a un animal, cual seguro Picasso hubiera creado en el cubismo con composiciones fragmentadas y des construidas, que podrían ser vistas desde distintas perspectivas.

Buen reto, incluso para los que tienen vista perfecta. Los identificas y debes dar una razón del por qué ves a tal o a cuál animal. Las galletas podrían ser vistas como la metáfora de la vida. Todos vemos la vida según nuestra apreciación.Todos podemos ver un animalito distinto. Hay quien osa decir que todos son iguales. Esa es indiferencia por la vida, aléjate de esas personas que no pueden advertir las tenues diferencias que los hacen ser identificables: patas, cabeza, cuerpo, cortes, si hay melena o no, cola, los tamaños. Una vez escuché una canción que decía algo que me pareció ofensivo; después, me reí a carcajadas, decía: “eres corriente como galleta de animalito”, después en otro lado, leí como referencia a lo dicho en burla, la respuesta: “sí…, pero muy sabrosa”.

Y en esta alegoría diría, no soy sabrosa como galleta de animalito; corriente, podría ser, porque no soy excepcional, soy habitual, común o frecuente; no así extraordinaria, a veces un poco rara; pero pudiera ser una hermosa galleta de animalito que aparentemente no tiene muy explícita la forma. Decirme así, sería un cortejo, más que algo ofensivo; porque sin llegar a tener glamour entre la gente, entre las mujeres; sentiría que yo hago la diferencia, entre cualquier postre majestuoso que la vida nos pueda ofrecer en bandeja de plata engrasada y enharinada, a punto de meter al horno, previo a guardar en el santuario de las bolsas de plástico, en dónde se ofrecen al público versado en sabor. Mientras tanto… solo te pido me acerques la leche y me pases de preferencia una jirafa.

Día de Strudel y helado de vainilla

No hay palabras, solo recuerdos, los mejores, ¿te acuerdas cuando me recogías de la escuela, muchas veces lloraba en las escaleras de la casa… te acuerdas?, ¿cuándo me regañabas?, ¿cuándo me ayudabas con mis tareas? ¿cuándo ibas a nuestros fines de curso? ¿cuándo esperabas que saliera de mis exámenes de mi carrera para saber si había pasado? ¿cuándo nos hacías fiestas de cumpleaños e invitábamos a nuestros amiguitos?, siempre espagueti, hamburguesas y pastel, todo hecho con tus manos hermosas, ¿te acuerdas? ¿cuándo nos íbamos de vacaciones? Esos son momentos tan de un tiempo determinado. Hubo una fecha, una hora, no tengo esa precisión, pero sí que lo hubo. Me gusta regresar a ellos, son un tesoro, mi lugar seguro.

Si te pregunto, ¿te acuerdas cuándo te hacía sentirte orgullosa? ¿te acuerdas cuando me has querido? ¿te acuerdas cuando me has perdonado? ¿te acuerdas cuando me has apoyado? ¿te acuerdas cuando te has reído de mis malos chistes? ¿te acuerdas cuando te cuento algo y me pones atención? ¿te acuerdas cuando concilias algo? ¿te acuerdas cuando me has tenido paciencia?… Esos momentos son nuestros, no puedo ni enumerarlos, ni ensuciarlos con palabras que no serían suficientes; existieron, desde siempre, nunca han visto el fin, sigues a mi lado. Trato de cuidarte para que así sea. Desde que tengo conciencia has sido una constante: un abrazo; una palabra; una mirada; un bacalao (el mejor… el único); un pollo con pasitas; un pollo con col; un mancha mantel; un caldito de pollo; un caldo de camarón; un mole de olla; un pipián; un mole negro; unas bolitas de masa; un pastel de harina de hotcakes; un pozole; unas tortitas de plátano, o de papa; un arroz rojo o blanco (que no te sale tan bien y que me encanta molestarte); un arroz con leche, una cena de navidad con su mesa bien puesta; una preparación de año nuevo (vienen todos tus hijos, debe ser perfecta); una celebración cualquiera, un cumpleaños, una comida de sábado o de domingo; un ¿qué necesitas?, un ¿estás bien? Un ¡ay hija me preocupas!… 

¿Qué te digo que no sepas?, hoy todo lo sabes de mí; porque te lo comparto, porque lo adivinas, lo investigas o sabes hacer las preguntas adecuadas, juntas piezas; nadie se escapa de ti; yo no, tampoco quiero escapar. Sin menospreciar el día, hoy me es un fin de semana atípico en el que nos reuniremos como un pretexto más, para saludarnos, reír, platicar de las series, pelis, las que vemos, las que recomiendan, de los chismes, de hacer cosas “normales”; se abre la oportunidad de molestarnos todos, quejarnos de algo, comer posiblemente pay de atún y ensalada; abrazarnos, decir tonterías, muchas; que, sin duda, suele ser nuestra especialidad. Es día de strudel con helado de vainilla. Sin duda eso es lo que hace al día diferente, una celebración. Todo lo demás de fiesta y algarabía para mí es de todos los días, nuestros sábados y domingos familiares.

Budismo… Causa-efecto

Cumplo veintiún días de haber comenzado a escribir, posiblemente se ha vuelto un hábito. Aunque tenga muchas cosas que decir, a veces los días no son buenos para escribir y menos aún algo que pueda publicar, pero los días malos pueden ser para cualquier cosa que emprendamos, simplemente no llega la inspiración y nuestro trabajo se torna torpe. Escribir me parece que no es el problema, es escribir sin que parezca que tienes voces que te gritan (muchas) ideas al mismo tiempo. No es una confesión de que escucho voces, es una declaración de tener, a veces, muchas ideas, peleándose por ser una peor que la otra.

No hay pena porque me lean; no hay pena de ver a la cara a la gente que me lee, aunque no siempre me gusta lo que escribo, tampoco siento vergüenza de releerme, algo que pasaba recurrentemente; antes de iniciar este proyecto, no había dejado que nadie me leyera, fue un gran consejo de alguien a quien quiero, solo salté y me dejé ir.

¿Se pueden acabar las ideas? posiblemente, deberían sobrar las ideas que surgen por día, las (des)aventuras que nunca faltan, pero el caso es que así evidenciamos la monotonía de la vida, ¿qué se escribe cuando siempre se hace lo mismo?. La escritura ayudará incluso a tratar de hacer cosas distintas. Mi mente que sea mi única prisión, incluso de esos días grises.

Hoy pasa nada fuera de lo común, ni en el café he visto a alguien del que quiera comentar, todo está en el mismo desorden de siempre, el aire; todo quieto, en armonía. Busco algo para recordar. Los recuerdos han ido cobrando dimensiones y posiblemente ahora esos recuerdos ya estén alejados de lo que es la realidad. Si el recuerdo es de un libro y tengo dudas, habrá que releerlo; si es una película, se vuelve a ver; pero ¿qué pasa si es del pasado, de nuestro pasado? Posiblemente no habrá testigos fidedignos de lo que realmente sucedió. Esto es recurrente cuando en casa platicamos, todos tenemos versiones en donde hay cambios sustanciales. Personas distintas participaron, se dijeron cosas que cambian el sentido, llegamos a distintos acuerdos, de ahí surgen otros recuerdos, otros temas, el hoy; pero siempre con la verdadera duda, ¿quién tiene la razón? ¿qué es lo que realmente pasó?

Viene a mi mente, irremediablemente, una película que vi hace unos meses; hace unos años la había visto; verla nuevamente me hizo pensar en este ejercicio de los recuerdos distorsionados, no solo porque cambió el cómo la recordaba; importa incluso con quién se ve, el momento en que se esté pasando, esa es la clave para abstraer ese recuerdo, todos los recuerdos. La película trata de cómo uno puede distorsionar los recuerdos, la razones pueden ser diversas: por falta de memoria, una muy recurrente; otras, los mecanismos de defensa para que ese recuerdo lo conduzca por el camino correcto en donde la estampa haga menos daño en un futuro, el hoy presente; daño menor del que causó en su oportunidad, te hablo de: “El sacrificio del ciervo sagrado”.*

Trata de las consecuencias de nuestro actuar, el Karma; en tener que elegir a uno de tus seres queridos para que sobre esta persona y elección, se pueda obtener el Dharma, y alcanzar con ello una nueva oportunidad. Lavar tus errores, ocasionando un caos en tu vida. Pero sabiendo que después de ello y sin poder volver a vivir, te permitas seguir sobreviviendo con culpa, no ya por el pasado, sino por la presente; expiando las culpas para ti y los tuyos del pasado con una resta que pretende ser vista como un aprendizaje de vida. Restas para sumar. Matemática confusa. Las culpas que matan de forma literal.

No la recordaba tan cruda, tan estresante; a penas que la volví a ver, me dejó una angustia, ansiedad; sin contarla, pero invitándote a; el padre debe elegir qué vida debe de dar a cambio para limpiar sus errores. La solución es fácil pero cruel. Su elección debe ser rápida; en caso contrario, no podrá proteger a los demás. Escribo estas líneas y vienen a mí imágenes de la película, sobre todo la escena del sillón; en la sala familiar se desarrolla la escena más alejada a la tranquilidad y seguridad que tantas veces se busca en ese lugar acogedor de la casa. En un pasado se sentaban a platicar, hoy se derrama la tragedia, la elección de la vida o la muerte; de la angustia o tranquilidad; la tranquilidad que es a lo que se aspira, a lo que yo aspiro. Para algunos sería fácil decidir, si en un camino hay una señal que dice muerte, lo más seguro es que nuestros pasos se desviaran al camino contrario; pero si en el camino en dónde una elección se debe de tomar, no es tan claro si es el camino de la vida o la muerte; nuestras elecciones poco seguras, se vuelven, entonces, balbuceos de voluntad en donde el tartamudeo de movimiento podría llevarte al camino incorrecto. De esto se trata. El camino que se elige desde el principio, para poder encontrarse con las opciones correctas.

Es una película que trata con actuaciones supremas de: aciertos, amor, compromisos, confianza, culpas, Dharma, desamor, desaprender, desconfianza, desesperación, discusiones, enfermedad, enseñanza, inocencia, intimidad, Karma, ligerezas, locura, más preguntas que respuestas, perdón, promesas, oportunidades, oscuridad, reflexión, remordimientos, responsabilidad, respuestas, salud, silencios, suspenso, verdades, valores y venganza, mucha venganza pensando que ello podría devolverte a tu ser querido. Sabemos que eso, ni nada, lo devuelve.

Fue tan desconcertante en su tiempo que decidí olvidarla, solo la guardé convenientemente como una película extraña que por sus metáforas valía la pena regresar a ella. Regresé, las consecuencias de nuestros actos se tornan Dharmas o Karmas según nuestro actuar, no importa lo que se haga, se dicta en la Ley del talión; a veces sin que se analicen las malas o buenas intenciones, las consecuencias son las mismas; la privación de un ser amado, no por ello dolerá menos si fue sin intención a con, la ausencia es la misma. ¿Qué tan importante es que siempre dirijamos nuestro actuar, si bien sin perder la espontaneidad, pensando en que se tienen consecuencias?, buenas o malas, pero consecuencias, siempre las hay. Somos resultado de esa gota que constantemente dejamos caer; hasta que el vaso se llena y sale el agua acumulada en libertad; agua que pierde su estabilidad y cae. Los esfuerzos se desperdician, dilapidan buenas historias disfrazadas de intenciones alejadas de maldad. Todo, gota dentro del vaso o gota que se desploma, que se desperdicia o no; todo tiene consecuencias. Dharma o Karma. “Para cada acción hay una reacción de fuerza equivalente en la dirección opuesta”. Veintiún días. La rueda de la vida. “Causa”, escribo; “efecto”, ¿ser escritora?…

*The Killin of a Sacred Deer. Directed by Lanthimos. 2017.

El arte de la reverencia de Japón…

Nada que decir, las palabras no salen. Mucho ir y venir, intentos, reclamaciones, malos entendidos, heridas que no alcanzan a cicatrizar y surge una nueva, la piel ya muy lastimada, hay llagas. No se ven señales de alerta; hay tantas, soy miope. Hay amor, sin duda, pero es suficiente? Qué tanto puede amarse a alguien que no comprende, no lo digo por el otro, lo digo por el uno. Entrar a un laberinto que difícilmente se encuentre salida, cada vez más obstáculos, pero se sabe que si hay amor todo se supera. Eso siempre lo hemos leído, tema recurrente en novelas. Se lucha con el tiempo, a contra reloj, se trata de corregir lo que no gusta, que son muchas cosas, cada vez más, se incrementan, se comienza a dejar de ser para tratar de convertirte en lo que él quiere, y sigues esforzándote, pero siempre cometes errores, muchos errores, pierdes seguridad, nunca había pasado, todo es insuficiente. Cada vez uno está más perdido. Pero lo intenta; sigue siendo uno víctima o egoísta, nada mejora. Todo empeora, todo roza.

Entonces se llega el momento, todo está claro, la línea del tiempo la fija uno, pero cada vez será más complicado, sin salida y sin que haya un “lo conseguimos”, no hay premio de consolación por seguir, el tiempo corre en nuestra contra, nada cambiará, nada mejorará, uno será peor para el otro, para sí mismo, hay peligro de lastimarse más. Siempre habrá dolor, en una despedida, siempre lo hay. Se despeja el final. La cancha está lista para seguir el juego. Doloroso sí, pero las alternativas de antes ya no existen, sabes que es humo, debes soltar. Las reglas cambian y lo que debe ser fácil, amarse, ya no lo es.

No importa lo que admires de él, no importa si es una persona buena, no importa lo que fue, la risa, las charlas, la historia; importa el hoy y la pregunta que nos debemos; la obligada de todos los días… eres feliz?

Si esa pregunta se contesta con el corazón, debe uno dirigir esos pasos, acelerar el fin, ser feliz; el corazón debe estar en ese lugar tranquilo en dónde debe latir, en el santuario en el que debe habitar; los altibajos deben ser excepciones porque siempre los hay, debe haberlos, es parte de la vida, del cambio; pero deténte si es parte de la generalidad; confundir excepción con generalidad es negar la realidad y sobrevivir, no vivir.

Quiero vivir, disfrutar, sonreír, compartir, sentir la libertad de ser yo; en el momento en que comienza uno a dejar de ser espontánea debería de sonar una alerta, una voz fuerte que nos diga, que nos grite: no es ahí, muévete. Estorbas. No ocupes un lugar que no te corresponde. Salte.

Dar las gracias por el tiempo compartido. Nadie lo toma a bien. Las despedidas se oyen a pelea, pero es justo de lo que se quiere huir. Las despedidas deberían ser fiesta, se reconoce que somos los suficientemente maduros para dejar que el otro, el uno, encuentre en su recuperación, aprendizaje; que sirva para que el golpe del dolor se convierta en agradecimiento porque fuiste parte de mi vida, fui parte de la tuya, lo intentamos, nos quisimos, nos respetamos y nos soltamos para seguir creciendo. Qué razón tenía mi padre cuando me veía llorar!, el tema es lo de menos, lágrimas de seguro hubo muchas; me decía, “el crecer duele”. Hoy estoy creciendo. Hoy duele. Coincidir es parte de nuestro crecimiento. La nostalgia del coincidir duele. Ha sido, sin duda, un verdadero honor, crecer contigo. Arigato*

*Gracias en japonés. 最敬礼 saikeirei (reverencia de respeto).

El mejor regalo… Gracias Papá.

Tengo poco tiempo, quisiera hacer tantas cosas, tantos libros por leer; acumulo en mi casa al menos cuarenta libros sin haberlos abierto siquiera; solía cada año en dos épocas ir a “relajarme” buscando sin saber qué libros o autores quisiera conocer; era importante para mí, encontrar al vendedor con el que pudiera platicar horas y horas, entonces cuando encontraba al indicado compraba, compraba mucho, de ahí la acumulación que he guardado cual tesoro.

Hace mucho había una librería muy pequeña en una plaza comercial en el sur de la ciudad de México, Perisur, estaba en la planta de abajo cerca del Palacio de Hierro, tonta de mí, nunca puse atención de su nombre, nunca le pedí los datos al dueño, que era un guardian de la cultura, sin embargo, iba regularmente a platicar con él; la librería era fascinante, sus vendedores no eran cualquier persona, no solo vendían libros, se comían los libros y parte de su misión era platicar sus libros con los clientes que como yo, llegaban sin saber qué leer; tuve muchas recomendaciones tanto del dueño como de sus cultos vendedores; un día, sucedió, antes de irme con mi compra del mes, me presentaron el libro de Marcos Zusak, la ladrona de libros; un verdadero libro.

El libro no es comparable con la película, tocan fibras distintas. Son dirigidos a públicos cautivos diferentes; recuerdo que al vendérmelo, el dueño comentó “te encantará el narrador”; llegué a casa fascinada tratando de averiguar sus últimas palabras, la muerte narraba; la muerte explicaba, la muerte con voz preocupada contaba la vida de Liesel Meninger; la muerte amorosa daba testimonio de la vida de esa hermosa niña. El libro lleva su nombre porque Liesel aun y cuando no sabía leer, lo cual va a ser como insólito, robarte un libro si no lo sabes leer; ella roba su primer libro por el momento que le significa, lo roba sabiendo que no sabe leer, pero que quiere aprender. Roba un libro extraño. El manual del sepulturero. La muerte que narra estaba ahí porque se estaba llevando en brazos a su hermanito menor.

Su padre adoptivo, al que ella ama con locura, con la paciencia que solo tiene un padre, le enseña a leer en contra y contra el tiempo que tienen, incluso contra una madre adoptiva estricta; en las noches niña y padre aprendían juntos a leer. El padre ya sabía. La hija no, quería aprender. El padre le hizo un libro y con ese, Liesel pudo aprender. Se huele ternura en esos capítulos y suspenso por la complicidad de sus desvelos.

Ya embelesada por la lectura, Liesel necesita leer, no tenía dinero, debía robar libros; generalmente de la destrucción o quema de libros que había en el régimen nazi. Impresionante pensar qué muchos tenemos la oportunidad de saber leer, es lo que sigue en nuestra educación, dentro de los grados obtenidos, no lo cuestionamos. Todo lo damos por hecho. Lo tenemos muy claro no hay otra posibilidad, somos almas privilegiadas. La oportunidad del aprendizaje, no tenemos que preocuparnos por trabajar, solo por estudiar. Ese libro consiste en eso, las personas que no tienen la oportunidad como la ladrona de libros de haber aprendido a leer, a pesar de todas las probabilidades en su contra, lo logra, aprende; se vuelve una devoradora de libros, roba libros y entre lectura y lectura, hay amor… amor de su padre a ella, de ella a él. Ese padre que enseña ese amor por la lectura, ese regalo inmaterial de amar los libros.

Libro imperdible. Lo he regalado quince veces, no solamente porque es un libro bueno, si no por que he hecho un experimento, el penúltimo capítulo es algo demencial, catártico, recuerdo la primera vez que lo leí, estaba animada con el libro embelesada con la historia, el papá, la ladrona de libros… de pronto el penúltimo capítulo y me pasaron dos cosas; por un lado, no podía dejar de llorar; por el otro, no podía cerrar el libro, sabía que lo que le debía a Marcus Zusak con esa obra de arte, era continuar y vivir ese hilo de la historia sin ponerle pausas, se necesitaba continuidad y valor. Se abrió una llave, en muy contadas ocasiones la he tenido en la vida, por un libro jamás. Recuerdo que los ojos se me hincharon, apenas entre sollozos podía continuar leyendo, terminé ese capítulo exhausta, avancé al siguiente que era el último y me tranquilicé, seguía leyendo pero sabía que la ladrona de libros estaba bien, sabía que a pesar de todo, la muerte no la agarraba de la mano, la cuidaba, era su sombra. La lectura a través de los ojos de ella y la muerte, la importancia de sostenerse ante la tragedia más vil por la cual mis lágrimas no encontraron retorno, no encontraban su cauce.

He regalado quince veces el libro, es un fenómeno curioso, cuando lo he regalado les pido que me digan cómo sintieron el penúltimo capítulo. Al primero que se lo regalé, el que me generó esta curiosidad o confirmó que realmente yo no era unas hormonas sacudidas por las emociones, fue mi hermano, mi hermano el mayor, es un lector como pocos, se da tiempo para todo, pero la lectura para él es sagrada, es con él con quien comparto la lectura, con el que comparto mis libros, libros van y vienen, libros de mi casa y de su casa; nos gusta platicar de libros y de series, encontrar alguien con quien pueda conversar de libros no es sencillo y es bueno que sea de la familia, lo tengo muy cerca; él fue parte de mi experimento, el primero; le regalé el libro, pensé, es ecuánime, centrado, no sé si sensible; leyó el libro en tres días; dijo que no podía parar de llorar, entendí que yo no era tan dramática y que él no era tan insensible; así que cuando veía que alguien le gustaba la lectura si se iba a acercar un no cumpleaños o una fecha cualquiera, donde yo quisiera hacerme presente, regalaba ese libro, sólo les pedía que me platicarán su experiencia; hay quien me decía que estaba espantado porque no podía parar de llorar, hubo quienes tuvieron que cerrar el libro, no se podían tranquilizar, todas experiencias conducían irremediablemente al llanto; libro qué aplasta almas insensibles, que te hace recordar ese amor, ese amor por alguien, ese amor filial, que se tiene y que no necesariamente tiene que haber un lazo de sangre, que no necesariamente tiene que ser un padre, puede ser a cualquiera en el orden del mundo, pero que ese cualquiera para ti sea una persona (tu) importante, (tu) todo.

El libro trata de lectura y el amor por la lectura, de dar gracias por lo que tuvimos, de oportunidades; que el narrador, la muerte a quien respeto y no puedo pasar de largo, con entonación pálida, refiere al amor, de ese amor que se le entrega a una persona, que anhela uno caminar juntos; no solamente es el amor de él hacia ella, de ella hacia él, con ojos de agradecimiento; que la vida es corta muy corta; la muerte no deja que lo olvidemos en el libro, si bien lo sabemos, el libro nos deja claro el cómo era ese amor en vida, y cómo el amor vuelca después de la muerte y entonces, qué queda?.

Sin duda de los mejores libros que leído, me lleva irremediablemente a mi padre y a mi madre; a mi padre quien me enseñó el amor por los libros, a cómo, al subrayarlos y glosarlos, los hacía míos. Recuerdo que trabajaba mucho, expedientes estaban en casa, hoy entiendo que era para estar con nosotros más tiempo; posiblemente no jugaba con nosotros todo el tiempo pero él necesitaba estar presente, que nosotros supiéramos que estaba ahí para no perderse nada; recuerdo algo que uní con ese libro, cuando estaba en ese penúltimo capítulo, se abrió una llave, una laguna, un mar, iba y venía el tono del llanto, cuál olas; recordé que tenía pocos años y mi padre se había llevado expedientes para estudiar, era noche, de puntitas bajé las escaleras, él estaba en el comedor trabajando, entrar a la cocina cerrada, con cuidado, no distraerlo, solo observarlo, ese era el objetivo; había una ventana alta en la puerta, yo era una enana traviesa, solo quería verlo, espiarlo, puse una silla y lo vi leer, trabajar; sabía que ese hombre yo lo admiraba; sabía que esta mujer quería ser como ese hombre, mi padre. Hoy amo las letras por ese hombre. Hoy la narradora de siempre, la muerte, se lo llevó, a cambio me dejó mi amor por los libros y esta pasión por escribir. Gracias papá.

*La ladrona de libros/ Marcus Zusak

Shhh!!!

El silencio tiene tantos significados. Precede a… o sucede de… “Abstención de hablar”, “falta de ruido”, refiere la Real Academia Española. No acostumbro cuestionar lo que ha decretado esa tan honorable Institución de la lengua española, que suele ajustarlas a las necesidades de la realidad, a la evolución. La palabra “silencio” en un mundo donde reina el ruido no debería ser parte de la normalidad del ser humano que per se somos estrepitosos. ¿Cómo definir algo que no existe?… Alboroto todo el día en todos lados, con todas las personas, en todos los temas, aspectos, momentos; en casa, en el trabajo, en la calle, celulares, voces… muchas voces… “Silencio” en una época en que hay redes sociales que impiden acallar al mundo, siempre hay algo que decir, siempre quien decida comenzar y quien asuma seguirlo. “Silencio” en una mente en que constantemente se piensa. Concepto “silencio” irreconciliable para esta realidad, pero con definción. El “silencio” tiene intención. El limbo del ruido solo existe en caso de que intencionalmente haya una pausa, un desconecte. Cuesta llegar a él, el nirvana. 

La meditación, se dice, pretende que, con ruido, música; sola, dirigida, acompañada; se logre llegar al lugar donde nuestra mente requiere estar, para su sanación. Vender un espacio de mutismo para detener todo y tocar base, cual antaño en la infancia se jugaba, sería la invención del Siglo. De la Era. Vender silencio y guardarlo en una fragancia, en una caja, en una botella, en tu casa; como coctel químico de olor a coche nuevo o de lignina, cual libro viejo.

El silencio tiene brechas, caminos, personas, situaciones; es una palabra en donde caben todas las preposiciones: a, ante, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, has, hacia, para por, según, sin, so, sobre, tras; todas acompañadas, no solas. Un sustantivo que necesita verbo y complemento, en la realidad. El verbo de (in)acción y el complemento de un “nosotros”.

El “silencio” acompaña a alguien o algo. El “silencio” no es una palabra carente de significado como la ausencia de algo, es más una acción que una inacción; a veces encierra mucho significado que se asemeja a ruido con el asegún que, carente de garantía de audiencia, de posible queja o defensa, no se pueda interrumpir. No hay con quien. El otro, está ausente o decide no romper el sonido del aire. 

“Silencio”, palabra que tiene más intención que olvido. En el derecho penal, por ejemplo, se diría que es un delito doloso y no culposo. El “silencio” se analiza inconscientemente, si se quiere. Y se regala a alguien. A alguien que se le quiere hacer daño, aunque lo quieras, es un regalo mal pensado. El “silencio” es una plaga que cubre los sentidos y te aniquila, dejas que conquiste la situación; usurpación que hasta que ya con mucho camino recorrido se olvida, no se detiene y se pierde; tanto el “silencio” como a la persona. 

Se deja de hablar con la gente. El “silencio” es en relación con ellos, pero el ruido sigue. El silencio guarda relación con el otro. ¿Será que el “silencio” no lo es tal, sino el castigo a uno, al otro, a los involucrados? O a lo peor, ¿será que el silencio es el resultado de la indiferencia?, porque es un “silencio” que cuando lo recuerdas, si es que te sorprende en mente, ya no hay retorno, efectivamente es la ausencia, la abstención, la falta del ruido. Entonces, ¡sí!, el “silencio” ha triunfado, ha cumplido su misión. El concepto de nuestra lengua española que ponía en tela de juicio, también.

Gasto o inversión

No soy una bailarina nata, gusto del baile, algunas veces me encuentro con los pasos apropiados, otras soy solo dos pies izquierdos que se divierten y descoordinados dirigen su propia danza; sobre todo si hay pena en hacerlo, mi cuerpo suele ser más torpe. Hace un lustro, cuando cumplí años, pedí un regalo, andaba con el mood turista, conocer mi ciudad, la Ciudad de México, ese era mi objetivo; había leído en una revista que era obligación si nos preciábamos de ser capitalinos ir al Patrick Miller. Recomendación que seguí, no porque su descripción me invitará a conocerlo, fui como parte de una planeación de vida; es parte del chek list de los pendientes que quería cumplir, antes de entregar el alma o mejor aún, colgarlos los tenis, como dicen.

Fui con un hermano y unos acompañantes. Un viernes, no podía ser otro día, solo los viernes abren. Ya eso invita a sentirse exclusivo. Nos estacionamos a dos calles de la calle Mérida, nos dirigíamos al número 17; llegando pensé, es broma, parece una bodega, nos van a matar, acallé mis temores, no quise espantar a nadie; nos precedía una larga cola por vencer, nos formamos, nos mirábamos, solo cumplían lo que yo les había pedido; mientras esperamos para entrar, en la banqueta a nuestro lado izquierdo, cual concierto, había puestos de ropas, souvernirs, discos; todo en alusión al lugar que visitábamos. El lugar que ya era per se, intrigante.

Entramos, pagamos un precio que sin despreciar el dinero diría que no vale la pena ni escribir, luces neón, bolas de espejo disco blancas y de colores, ochenteras. El tiempo detenido. Y no porque hubiera vivido ese tiempo y con nostalgia lo recordara, sino porque sabía que el aire que había dejado del otro lado de la puerta era distinto al que ahora compartías con extraños; extraños no solo porque no los conocías, sino extraños porque sí que lo eran, en su forma de vestir; aunque había un ingrediente en esta mezcla coctelera que no se advierte fuera de este lugar estilo granero; a todos, nos era inclusive la vestimenta, los peinados, la actitud, las tribus urbanas que transitaban, o el dinero que pudieras ostentar.

Sé que hablar de esto pareciera algo clasista y fuera de lugar, pero en verdad no lo era, no lo es, veía perpleja que en dicho santuario no había clases, hagamos a un lado las sociales; no había diferencias en nada de nadie; todos íbamos con un solo motivo, divertirnos; bailando o viendo bailar a los más osados, a los grandes; bailarines espectaculares que no podía dejar de ver; los ojos me dolían, necesitaba pestañear, no quería perderme un solo movimiento, no de sus pies que eran elásticos, de su cara, de su seguridad, de esos ojos que transmitían fuego, mientras bailaban y dejaban en ello todo. Formación de círculos para poder retar a un peligroso contrincante; las armas, los cuerpos que acompañados de la música transformaban unas paredes de aluminio en paisajes, en mi mente me transportaba al ayer, eso me pasó, nadie me lo contó, lo viví; el duelo era a morir, bailarín experimentado versus bailarín audaz, ¿quién ganaba si no había jueces, estilos? solo querían bailar. ¿Quién gana cuando no hay reglas en una competencia?, Nadie pierde, todos ganan, todos se divierten y dejan el alma en ello. Todos son extremos positivos, nadie negativo. Se palpaba armonía. Se respiraba sudor con aroma a diversión, a felicidad. 10,080 segundos para muchos asiduos al baile, en espera de su regreso a mover el cuerpo, cada viernes.

Mis ojos vieron niñas que hablaban con tono adinerado que traían velos simulando ser novias, comprendías que una de ellas se casaba, festejaban su despedida de soltera; enternecía pensar que habían decidido ir a ese lugar de todos los habidos y por haber, para disfrutar de esa noche, su noche; pachucos, onderos, punks, cholos, skatos, emos, chacas; preferencias sexuales, todas; no importaba; ahí estaban coincidiendo en el mismo espacio, con objetivos de diversión variada; envueltos todos por una bandera ondeante blanca en donde no había gritos, reclamos, líderes, profesiones, edades, delincuentes, inundaciones, terremotos, incertidumbre, hambre; no había carencias, todos escuchaban la misma música y tomaban los mismos refrescos, cervezas y si lograban ser osados, hasta red bull; se comía a cucharadas Paz.

Se podía ver en los ojos, el hambre de conquista, la satisfacción por haber logrado un movimiento mejor que el de al lado. Cuando las doce campanadas suenan se abre la pista y se encienden los juegos de luces que amenizan, que indican que todos somos iguales, tan solo o solo tan humanos como siempre debemos serlo, como unos y otros, no vale diferencia alguna; hasta novecientas personas tienen la oportunidad de vivir cada viernes ese socialismo no viciado y correctamente aplicado.

Terminó mi diversión a las 2:00 a.m., salimos felices con algunas cervezas que motivaban nuestro nuevo descubrimiento; busqué, entonces, el puesto de la entrada, quería un recuerdo de la noche, necesitaba comprar mi taza con el logo “PM”, iba a ser mi prueba fehaciente de que había sido parte de esa noche; me sorprendí, ya no estaban los “puesteros” que en su momento critiqué, dicen los que saben, que se acaban la venta temprano, venden todo el producto que llevan; nos dirigimos al coche, silencio mientras caminábamos; habíamos salido de la máquina del tiempo y regresábamos a las profundidades de la realidad cotidiana donde los cláxones de los coches y a veces gente desconocida que camina junto a ti a esas horas, te hace guardar respiración, rezar un padre nuestro, todo puede suceder, ya no estamos en un lugar seguro; entramos al coche, rumbo el camino de regreso a la realidad, lo normal, lo cotidiano. Ya no más ese castillo de la pureza, de las banderas blancas, de armonía, a pesar de tanto ruido que genera esa música que desconozco, música estruendosa que transforma el ambiente en armonía.

Sí, el Patrick Miller es la puerta al tiempo, de barreras, de torres de babel; lugar que te invita a meditar, con voluntad, pudiéramos hacer de una noche, de un día, de horas; momentos tales como los que en ese templo que se erige solo los viernes, se consigue; necesitas como contraseña para entrar a ese emporio, ya no una bodega, aproximadamente cincuenta o cien pesos; sin duda que en el mundo financiero sería el ejemplo certero del dinero mejor invertido, versus gasto. Ya regresaré a comprar mi taza, ejemplo inequívoco de gasto versus inversión.

Corazón de manos de café

Platicaba ayer con una amiga, atiende una cafetería con café gourmet de especialidades (manoscafe.mx), suelo, si el trabajo lo permite, tomar café con ella recurrentemente. El olor que se desprende acaricia, su plática y sonrisa lo acompañan. Suelo ordenar un “Café Salvaje”, así se ha tornado nuestra contraseña barista. El nombre no está en la carta. Ella sabe qué es lo que necesito, a veces me ve hecha trizas, el café que me ofrece, con el mismo curioso adjetivo, “salvaje”, es más espeso, más cargado, más aromático, que otras; mismo adjetivo distintas mezclas; ella formula por cortesía la pregunta, la respuesta siempre la misma; sirve el elixir que mi cuerpo y mente heridos requieren. Dar el primer sorbo me arranca una sonrisa, a veces un chillido porque suelo quemarme, ese error lo cometo, me parece que apropósito, las más de las veces, ya es parte del ritual; café negro con notas de frescura para comenzar, unas veces el día; otras, la tarde o las menos veces, la noche. Oportunidades para que el mismo sabor me impregne de forma variada. El café conquista, atrapa, cubre.

No sé si oler el sabor o saborear el olor, son los motivos que me llevan irremediablemente a ese brebaje, lo he intentado dejar, esfuerzo fallido, irremediablemente vuelvo a él; es un verdadero amor; me hace abrigar seguridad, mimetizar titubeos y las más, torna inseguridades en sensaciones de certezas, las necesitamos, siempre certezas. Certezas en dripper, chemex, prensa francesa, clever, aeropress, sifón japonés, espresso americano; ya sea en mezcla tipo gourmet que llevan nombres que atrapan, Amanecer, Dulce Armonía, Rayo de Sol, Rubí, Bermellón, Bambú, Campesino, Criollo, Chipilín, Cascada, Bosque de Robles, Niebla; pero siempre certeza.

Poder escribir con un café recién hecho se antoja un deseo alcanzable; las letras, con paladar bañado en café deberían por obligación transformarlo todo, transformarnos, incluso la ruta a tomar del significado de las palabras, tendrían otro peso, otro sentido; el cerebro inundado por el olor; invita, alienta, motiva, vibra, hasta a los dedos más perezosos. Me imagino entonces escribiendo en una cafetería. Pedir un café negro, mi café de diario, buscar una mesa alejada de todas, con visibilidad hacia los que comparten mi gusto cafetero. Sacar hojas, plumas, apuntes, computadora y entonces comenzar; comenzar a observar y escribir entre sorbo y sorbo lo que siento mientras observo, lo que escucho; los ruidos también dicen mucho y te conducen a caminos que construyen historias. La imaginación como buena aliada puede hacer un trabajo estupendo si le pides que acuda en tu ayuda, el café, bebida de dioses también ayuda. Imaginación, escritura y café charlan de la mano, hacen fiesta. Las imágenes, historias, sucesos logran crear lo que uno quiera, o incluso tomar control de nuestra corta o experimentada capacidad para trazar. La realidad nos limita, nos acorta la vista y los sueños. La escritura nos crea el universo ideal; la utopía, que aún no hemos hecho propia, la asumimos hasta que queda plasmada en papel. Entonces, el mundo que no existe a los ojos de cualquiera, se construye por el sabedor de palabras, proyectando cielos nuevos para todos los que se atreven a leerlo. Todo eso con una taza inocente de café.

Por ello antes de comenzar un proyecto, cualquiera que sea, tenga o no un café en mano, imagino una taza, de un tamaño suficiente que no permita que el contenido se enfríe; con un líquido aromático con notas iniciales de nuez, canela, vainilla y caramelo con sensaciones finales achocolatadas; que la bebida sea tan pesada que su cuerpo sedoso se permita iniciar un vals, mientras que las manos que lo sujeta, lo estremece al compás de tragos que con timidez lo invitan a danzar; el gusto siempre a la orden de esa algarabía. Mi eterna búsqueda, mi café de todos días que sirve de apaciguo en mi día y que, en lugar de alterar nervios sensibles, como suele hacerlo en muchos; pone de manera irremediablemente mi corazón en su altar. Olor, sabor, tacto, muchas veces compañía, escritura, lectura, charlas, todo eso encerrado en una taza del mejor café que hay, el que se toma solo o acompañado. Algunos refieren que tengo corazón de pollo, otros dicen, corazón de perro, pero están equivocados; mi corazón es de granos tostados y molidos de los frutos. Mi corazón no es espontáneo, se cultiva. Mi corazón es de un cultivo de café. “Café salvaje”, refieren mis amigos; en prensa francesa, de preferencia, por favor, ordeno yo.